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José Marti

 

Honrar, Honra

 

Monumento al Apóstol José Marti

En el Parque Municipal de Orotina el cual lleva su nombre

"Parque José Marti"

 
Viernes 1º de agosto 2008 a las 9:00 a.m. se lleva a cabo el acto inaugural y exposición histórica en el Palacio Municipal; a las 10:00 a.m. festival de bandas en el parque José Marti... esto da comienzo a las actividades que se llevaran a cabo en el mes de agosto celebrando el centenario del Cantón de Orotina antiguamente conocido como Villa los Reyes de Santo Domingo donde el apóstol José Marti visito formando parte de la historia del Cantón de Orotina y de la Republica de Costa Rica.
 
Los "hombres cordiales" de entonces letrados y periodistas casi todos. Recibieron con entusiasmo a José Marti, Antonio Maceo y otros destacados hombres cubanos de letras y  machete. Hoy del ideario Martiano aprendemos su legado PANAMERICANO que nos permite definir la "Alternativa Martiana para Las America ALMA" como columna vertebral del movimiento PANAMERSA y base de los CLUBES MARTIANOS.
 
Como homenaje a los aportes de José Marti se a recopilado esta presentación denominada:

José Martí en Costa Rica

Joaquín García Monge

En: "Repertorio Americano". 39 (7): 97,98,11 de Abril de 1942.

Joaquín García Monge. (1881-1958) nació en Desamparados (Costa Rica). Obtuvo él título de

Profesor de Castellano en el Instituto Pedagógico de Chile, en 1903. De regreso a Costa Rica se

desempeño como profesor; en 1920 ingresó a la Biblioteca Nacional como director. A lo largo de

sus años hizo una enorme contribución a la cultura continental y universal publicando varias

colecciones de autores clásicos y modernos, entre los que destacan: Colección Ariel, Ediciones

Sarmiento, El Convivio, Autores Costarricenses, Autores Centroamericanos y su obra magna

"Repertorio Americano" (1919-1958). El Premio Nacional de Periodismo cultural lleva su nombre.

Declarado Benemérito de la Patria.

Como viador de libertad, José Martí estuvo dos veces en Costa Rica: en 1893, una semana del

mes de julio en esta ciudad de San José, y, más tarde, del 11 al 18 de junio de 1894, en el

puerto de Puntarenas. De esto habla en José Martí en Costa Rica (1933) . La causa de la

libertad de Cuba fue popular entre los costarricenses despiertos de aquellos años. En Costa Rica

vivió Antonio Maceo una temporada, con otros cubanos conocidos. En busca de ellos, a

coordinar esfuerzos, precisamente, vino Martí. Los "hombres cordiales" de entonces, letrados y

periodistas casi todos, lo recibieron con entusiasmo. Una noche dio en la Escuela de Derecho

una conferencia; el Colegio de Abogados y los estudiantes le formaron un auditorio selecto. A la

sala de la reunión entró del brazo de nuestro gran don Mauro Fernández. Se conserva en uno de

los periódicos de la época una crónica de tal suceso; la suscribe el poeta Emilio Pacheco. Martí

esa noche dejó huella imborrable en el alma de los jóvenes.

De su paso por Costa Rica, que yo sepa, quedan en espíritu una carta (julio 8) a Pío Viquez, su

amigo y director de "El Heraldo de Costa Rica", y unos renglones de aprecio por esta patria, al

principio del artículo "Antonio Maceo" (ver el Vol. VI de las Obras de Martí compiladas por

Gonzalo de Quesada). Por cierto que releo la carta a Pío Viquez en estos días trémulos de 1942

y la halló, como numerosas páginas suyas, tan previsora. Habla del "tierno agradecimiento con

que recordare siempre la bondad con que Costa Rica ha premiado en mí, viajero humilde y

silencioso, el amor y vigilancia con que los americanos, unos en el origen, en la esperanza y en

el peligro, hemos de mantener a esta América nuestra, sorprendida en su cruenta gestación, en

los instantes en que por sus propias puertas muda de lugar el mundo..." Y añade: "...no será

Costa Rica, entre las naciones de América, la que llegue tarde a la cita de los mundos, harto

próxima para no disponerse a ella, sin el desenvolvimiento y persona nacional indispensable

para medirse en salvo con el progreso invasor. Ya han caído los muros y el hombre ha echado a

andar. Quién no se junte a la cohorte le servirá de alfombra".

Y en las casas de sus amigos costarricenses ("hombres plenos y buenos de América", los llama),

se anduvo fijando si había libros. Ese cuidado tuvo Martí, lector asiduo: buscar libros, enterarse

si los había buenos, por ejemplo, en los caminos de las ciudades por donde andaba, si las

gentes los leían. Por eso tuvo razón Gabriela Mistral cuando en 1931, de paso por acá, les pidió

a los maestros de mi tierra nativa, Desamparados, que a la Biblioteca de la Escuela que lleva mi

nombre le pusieran el de José Martí. Y así se ha hecho. Otras salas de lectura con los años, en

Costa Rica y en América, han de llamarse José Martí. Compruebo lo antedicho con estos

renglones del artículo "Antonio Maceo": "De tomos de París y de lo vivo americano está llena,

allá al patio, entre una fuente y una rosa, la librería del hijo joven". Seamos fieles al testimonio de

Martí y no les tengamos miedo a las ideas cuando dijo recordándonos: “Y si hay justa de ideas

en un salón glorioso, apriétanse a la entrada, para saber primero, magistrados y presidentes,

sastres y escolares, soldados y labrador". Como que en estos años últimos, en eso de temerles

a las ideas, de rehuirlas, nos hemos encogido bastante.

De Costa Rica escribió primores: "De las gracias del mundo, Costa Rica es una". "La cáscara

aún la oprime, pero ya aquello es república."

Contemos ahora de que modo hemos correspondido al cariño y aprecio en que nos tuvo José

Martí.

Me he referido ya a un folleto de Jinesta. Señalemos también otro folleto: Víctor Manuel Cañas:

Martí o de la Patria, en que se habla con acierto y donaire de su vida y obra. Se publicó en junio

de 1935 como uno de los cuadernos de " La Escuela costarricense", lo que hace pensar que

círculo satisfactoriamente entre los maestros y que han debido leerlo con cuidado y provecho.

En 1914, edité, en la Colección Ariel, con el título de Versos, una selección del Ismaelillo, de los

Versos sencillos y Versos libres, cogidos de los Vols. XI y XII de las Obras de Martí servicio de

Gonzalo de Quesada. A esta selección, nuestro R Brenes Mesén le puso un prologo memorable.

En 1917 dí sobre Martí algunas conferencias en el Ateneo de Costa Rica, ante un selecto

auditorio. A ellas asistió - lo recuerdo emocionado - el prócer don Cleto González Viquez.

Impresionaron bien. En escuelas y colegios hace años que me vivo poniendo el ejemplo de José

Martí en su vida y en su obra. Para mucha gente nueva costarricense, Martí ya es familiar. Pude

apreciarlo una de estas noches; en un centro libre de estudios se me pidió que algo les contara

del otro gran antillano: Hostos. Revisaba el diario, las cartas, las ideas de Hostos y alguna de las

alumnas, con sus preguntas, obligaba a hallar ciertos parecidos entre la vida y el pensamiento de

ambos libertadores.

Por medio del Dr. Regino E. Boti y de mi amigo y colaborador Félix Lisazo, obtuve en 1921 del

bienamado Dr. Gonzalo Aróstegui un ejemplar de La Edad de Oro (Roma, 1905, edición de

Gonzalo de Quesada) que perteneció a su tía la noble poetisa cubana Aurelia Castillo de

González. El Dr. Aróstegui fue tan generoso y patriota que se desprendió de su querido ejemplar.

Lo aproveché para la edición costarricense de 1921, en dos tomitos y con dos ilustraciones. Fue

una novedad y un acierto editorial para los americanos del sur amigos de los niños y

admiradores de Martí. La edición se agoto pronto. Todavía la buscan.

También con el nombre de La Edad de Oro - bajo la influencia martiana, por supuesto -, saque

de 1925 a 1930 seis libritos de 160 páginas cada uno, con lecturas para niños. Ha sido la única

de mis publicaciones que ha hallado casa editorial, la poderosa librería Lehmann, y por falta de

apoyo en las escuelas y colegios oficiales, no siguió la empresa.

Digamos también que la presencia de José Martí en el "Repertorio Americano" ha sido de la

mayor importancia. No hay volumen - y ya son XXXVIII los publicados - en que de él no se hable.

Es mucha la devoción que le profeso a José Martí en el caso ejemplar y saludable de su vida y

de sus obras. He anhelado que América, la suya, arrime el oído al corazón de Martí y coja su voz

monitora. Martí, con Sarmiento, Bolívar, Hostos, es uno de los seis o siete profetas y

conductores de la América hispana.

Seguirlos, entenderlos (que es comprenderlos) es cuestión de tiempo y de cultura mayor. Es su

deber, si quiere crecer.

Un dato más: En nuestra Biblioteca Nacional están las obras de José Martí, según Gonzalo de

Quesada. Entraron como regalo de una de las hijas del Lic. don Pedro Pérez Zeledón, finado

ilustre.

Y concluyó: algunos jóvenes preocupados abrirán este año en Puntarenas un colegio que en ese

puerto hace falta. Han convenido en que se llame Liceo José Martí, que ha de ser, así lo espero,

seminario, plantel y casa de juntarse y de quererse para los estudiantes de Puntarenas. ¡Todo un

símbolo y una esperanza!: Un Liceo José Martí mirando hacia el Océano Pacífico, el espacio

abierto - en la previsión de Hostos - a la posible cultura Américo-hispana que estamos obligados

a crear.

José Martí en Costa Rica

Carlos Jinesta

Fue escrito por encargo de Joaquín García Monge; contiene un prologo de Alejandro Alvarado

Quirós (miembro de la Academia Costarricense, correspondiente de la Española) su edición

estuvo a cargo de la Librería Alsina, 1933, San José.

Carlos Jinesta (1900-1989). Nace en Alajuela su obra más significativa está relacionada con la

biografía: El gran reformador, Mauro Fernández (1921); Omar Dengo (1928); Juan Rafael Mora

(1920); Elogio: Claudio González Rucavado (1930), Epinicio: Juan Santamaría (1930) y

Evocación de Hidalgo (México en 1951) entre su vasta obra. Abelardo Bonilla considera que

estas biografías son ensayos de elevada formalidad lírica y de generoso espíritu, recargados de

metáforas a veces ingenuas, que sirven al autor de apoyo y fijación de la idea, lo mismo en el

detalle que en el conjunto.

José Martí visitó a Costa Rica dos veces; en julio de 1893 y en junio de 1894. Andaba en la forja

de un levantamiento en armas, para brindarle a Cuba vida y gloria libres. Nada de equívocos en

su demanda. La Isla no sufriría más servidumbre ni vejación. Quedaba un temblor épico tras el.

Aquí trabó amistad con ciudadanos de valimiento; les cobro afecto, nunca aminorado. Nuestro

país le fue hospitalario y acogedor. Aquellos tiempos y aquellos costarricenses, vitalizados por

un ideal aleccionador, fueron para Martí cálida simpatía: regazo y palma. Traía a los suyos

firmeza de independencia. A todos, como sustancia de su evangelio: amor. Ante la eternidad de

tinieblas en que se abismaba su patria, Martí encendía la antorcha. Fuego prometeico. Una

iluminación, en potencia, del Universo y de las conciencias. En los pechos amigos había latidos

patrióticos. De la tierra saltaba la espiga para el sustento; también el acero para romper yugos y

abatir ignominias. En determinadas fechas, hay designios cósmicos que se funden e

individualizan en una Vida. Martí espiritualizaba cercanas vehemencias, y su crucifixión era

axiomática. Espejo de magos de Thesalia quizás le había revelado su destino. De su heroicidad

y de su santidad, dejo resonancias. Es incuestionable que América ha sido rica en serpientes y

en verdugos. Pero no es menos cierto que las primeras van desapareciendo conforme se talan

selvas y se queman malezas; los segundos, al resurgimiento de la juventud que canta y que

castiga.

José Martí, de lo más limpio del Continente, de lo más gallardo de la raza, en ejercicios del

trabajo, del patriotismo, de la libertad y de la estirpe del corazón-, debe ser guía de pueblos, en

el decoro de nuestras republicas. Y Costa Rica, que no tiene diamantes con que constelar el

pecho del Apóstol, le otorga el gran premio, incoercible, de los pobres: su ternura.

En 1892 entraron en las pampas guanacastecas el general Antonio Maceo y otros legionarios

cubanos, que venían de Nicaragua: sus hermanos Tomás, José y Elizardo, Flor Cronbert, Juan

Rojas, Arcilio Guía y Pedro Pie. Nuestro Gobernante en tal época, José Joaquín Rodríguez dio a

los emigrados muy franca ayuda, para que se fundara una colonia agrícola, propulsada por

Maceo. Mas tarde se llamó La Mansión. Este es un distrito cálido, de todo en todo hermoso, de

Nicoya de Guanacaste, situado al sur de la cabecera de la provincia en un valle formado por los

cerros de Las Huacas, La Balsa, Los Leones y Jesús. Lo riega el rió Morote. El contrato No. VIII

de 133 de mayo de 1891 sobre fundación de una colonia en el cantón de Nicoya, entre Joaquín

Lizano, secretario de Estado en el despacho de Fomento y Antonio Maceo y Grajales, fue

aprobado por el Congreso en Decreto No. LXXIV de 21 de diciembre de 1891, con las

publicaciones hechas por el Poder Legislativo. Extraemos: Maceo se comprometía a traer al país

cien familias cubanas agricultoras para que se establecieran en terrenos denunciables de

Nicoya, y se dedicaran al cultivo del tabaco, caña de azúcar, cacao, algodón y café, sin perjuicio

de fomentar cualesquiera otras industrias. Los colonos, excepto uno, que en cada familia podía

ser mayor de cincuenta años, deberían ser menores de edad, varones la mitad de la colonia y de

raza blanca o mestiza en la proporción de setenta y cinco por ciento la primera y veinticinco por

ciento la otra. Maceo se obligaba a desmontar y quemar no menos de doscientas ni más de

cuatrocientas hectáreas de las diez mil que se determinaban; también a construir habitaciones a

los arrendatarios y dos edificios adecuados para el depósito y elaboración de tabaco, para

talleres de herrería, de carpintería y depósitos de instrumentos. Además, enseñaría a los

costarricenses que quisieran, el cultivo y beneficio de tabaco y algodón. El gobierno daba a cada

familia los gastos de pasaje, traslado y manutención desde Cuba a Nicoya; concedía a Maceo,

de veinticinco a cincuenta pesos, a juicio del Ejecutivo, por hectárea de terreno que preparase en

condiciones de labrar; trescientos pesos por todo alojamiento que construyera a los ocupantes;

la suma que fijasen peritos nombrados por las partes, por los edificios que enumeraba la

cláusula cuarta; cinco yuntas de bueyes; dos mil pesos destinados a compra y transporte de

semillas, las que deberían distribuirse entre los hogares en posesión de la tierra; un empréstito

de diez mil pesos que le serían entregados por partidas de noventa, pagaderas al

establecimiento de cada familia. El Estado cedía a la colonia: exención, por el período de cuatro

años, de impuestos de importación por mercaderías que se introdujeran en provecho de ella;

cada familia recibiría al instalarse en Nicoya, una superficie de dos a cuatro hectáreas de terreno

limpio, una vaca de leche, un caballo, utensilios de cocina, tres azadas pequeñas y tres grandes,

igual número de cuchillos y de machetes, un pico, un rastrillo, un albarda y tres hachas; quince

pesos reembolsables durante el tiempo del contrato, por hectárea que se desbrozara, hasta

completar una porción equivalente a la que hubiese percibido; derecho de explotar, libre de

tributos, hule, zarza y maderas en el perímetro señalado. A los colonos que se afincaran, en los

primeros treinta meses de su residencia el gobierno suministraría alimentos y vestidos. Esta

obligación no excedería de veinte pesos mensuales por cada persona mayor de veinte años,

quince por cada una menor de esa edad y mayor de diez, y diez pesos por los menores de diez y

mayores de tres. Otorgaba la propiedad a cada jefe de familia por la tierra que este sembrara de

tabaco, caña de azúcar, cacao, algodón y café, siempre que no pasara de cien hectáreas por

familia. En la cláusula IV del Contrato el gobierno pondría en uso común de la colonia cinco

yuntas de bueyes aperadas y dos carretas; serian aumentadas a ciento las primeras y a

veinticinco las últimas. Cuatro arados de surco grande, ocho de surco pequeño, un trapiche de

hierro, veinte escopetas con provisión de pólvora, tubos y pianos, ocho barrenos, media docena

de barras de acero, cinco redes de pesca, dos botes, dos canoas, una lancha de carga, una

maquina de aserrar madera, surtido completo de herramientas de carpintería y fragua con útiles.

Fuera de la yunta de bueyes, las demás cosas continuarán perteneciendo al Estado. Los auxilios

para alimentos y vestidos de los pobladores, el valor de la vaca, el del caballo y el de los bueyes,

eran hechos en calidad de adelantos y deberían ser restituidos. Con este objeto tenían los

habitantes que entregar el tabaco que obtuvieran de sus primeras cosechas hasta saldar la

cuenta. El cómputo del precio haríase convencionalmente y el gobierno pagaría, como máximo,

un peso por kilo. En la cláusula IX, dentro de la zona marcada a la colonia, se reservaría el

Estado un lote de mil quinientos metros por cada lado, en el punto que se designara, para el

levantamiento de una población. Asimismo, el Ejecutivo edificaría, cuando lo exigiesen las

necesidades del poblado, una escuela primaria de ambos sexos.

En la cláusula XI el gobierno tendrían privilegio sobre todas la parcelas para el pago de dineros

que los adjudicatarios le adeudaran. En la XII las concesiones del contrato subsistirían

solamente por el termino de cuatro años, contados desde su probación por el poder legislativo.

El 7 de enero de 1892, fue firmado el convenio No. XIX de aceptación por el concesionario.

El sucesor de Rodríguez, Rafael Iglesias Castro, de preclaros talentos, estimuló a los colonos.

Ambiente y aliento al cubano. Se instaló un ingenio. Producíase azúcar en grande escala, Se

levantaron comisariatos adaptados al clima. Meses después ingresaron en Nicoya Tomas

Carrillo, Manuel Amaya, Federico Montero, Ángel Noguera y los hermanos Santiesteban. En este

grupo sobresalía doña María Cabrales, mujer de A. Maceo, que asociaba, a las virtudes

hogareñas, cuán de veras!, brío patriótico. María -manifestaba Martí a Maceo - es la más

prudente y celosa guardiana que pudo dar a Ud. su buena fortuna. Indiquemos de paso. Esta

matrona, residiendo en Costa Rica en enero de 1897, recibió una esquela del general Máximo

Gómez: le informaba que Antonio Maceo había muerto en Punta Brava el 7 de diciembre de

1896, en un encuentro con la columna del comandante Francisco Cirujeda.

Luego concurrieron más insulares. Moreno, Suárez, Pretel, Milanés, Batista, Quesada, Abadía:

otros campeones. La colmena se acrecentaba a ojos vista; pero no había zánganos. Todos

tenaces, todos laboriosos en la empresa de cultivar la tierra, ocupados en encender los hornos,

para convertir la cana en azúcar que rutila y en licor transparente, sus fatigas y afanes.

Conquistaba pujanza la región. La naturaleza presentaba su abundancia y lozanía. En convivio

constructivo aquellos soldados veían desfilar los días, en regazo campero. Por las noches, en

ratos de esparcimiento, se dedicaban a tocar la guitarra, a jugar al tresillo y a tirar al sable.

Asistían a la lidia de novillos; al rodeo; o al herradero: en corrales eran enlazados y derribados

los becerros, aplicándoles de seguida el hierro candente, con la marca del propietario. Algunas

mañanas, la montería. Penetraban en el llano, guiados por mastines. En ramas cabriolaban

monos vocingleros. Guacamayos y chorchas refugiábanse en lo alto de cedros. Andar, andar. Al

cabo, ladridos de la jauría. Silbidos, voces, carreras, tiros. ¡Tiros certeros! Y regresaban los

cazadores, a la espalda un venado o con la cabeza de un tigre que horrorizaba a la vacada. Es

probable que, alegres cuál viento entre palmas, bailasen el "punto" con muchachuelas de camisa

de gola y vistoso pañuelo, y que echasen coplas brillantes, aunque punzadoras como las púas

de sus espuelas:

Yo prefiero los cartagos

porque son gentes aseadas,

paran y pintan ligero

y se alzan con las casadas .

Cantaban, y su canto era la expresión de su sueno. Recitaban, y su poema, desbridado y

ardoroso, lleno estaba de bizarras cyranadas. En el entretanto, el ministro de España en Costa

Rica, García Ontiveros, tenía en atisbo a los cubanos reconcentrados en La Mansión, temeroso

de una arremetida corajuda de los rebeldes.

Los domingos, al amanecer, se dirigían a la villa de Nicoya, -Neco Yaotl-, con el objeto de oír

misa en el templo construido en la esquina N. E. de la plaza. Iban a caballo, es fama. Calzadas

las espuelas. Bien endomingados; con la camisa más luciente y bayeta alrededor de la cintura.

Chanceros y alegres embromaban a los vecinos que ventaneaban y curioseaban. Travesura y

desenfado en el viaje. Eran pintorescas las cabalgatas, ruidosas de voces y de galopes. Los

corceles, todo nervio, de buena estampa, menudo el trote, oreja alerta y ojo perspicaz; de cola

anudada o esparcida; livianos para el salto; relinchaban curvando el cuello con donaire y

arrogancia.

Suenan allí, de tarde en tarde, las mismas campanas que escucharan cubanos y nativos, y que

antaño invitaron a orar a los chorotegas, encomendados a fray Manuel de Arroyo.

¡Campanas fundidas con místico afán, de tonos suaves; blasonadas de historia y de leyenda!

Nosotros las palpamos, en el propio andamio que las sostiene, muy cerca de la techumbre

cubierta de tejas que aprisionaron en sus poros las vibraciones de estos bronces. ¡Campanas!

¡Sonad como en viejos festivales, en la Nicoya circuida de selvas, animada de marimbas

indígenas que alzaban su cantinela, - "Amores de Guardia"," Nicoyanita",- por caminos en donde

asordaba el estruendo de las caballerías desbocadas!

Todavía quedan en La Mansión descendientes de los colonizadores. ¿No viven Quesada, el

decidor, y Arauz, el fogoso? Hay fluidos en el aire vivífico, que evocan cosas de Cuba, en la

jornada de la independencia. Se repiten anécdotas orladas de sangre de héroes. Mientras ayer

los isleños sembraban caña, ideaban el modo de darle libertad a su patria. Con sudor de

libertadores permanecen fecundizados aquellos acres costarriqueños. Se movía el ingenio de

azúcar, en medio de la paz que ofrece el trabajo; y asimismo, en intensas rumias, vagaba el

pensamiento de los antillanos, en rutas de liberación. Allí, entre el conjunto de emancipadores,

estaba forjada una como vértebra del empeño. Aun desfilan, en calles de La Mansión, antañeros

personajes que legaron hermosura ilimite, —de conducta americana, de fe, de virilidad,—a los

pueblos del Continente. Uno de los patricios, en 1878, antes de abandonar a Cuba, proscrito,

arrojó el sombrero en sus playas jurando volver a alzarlo. Ignoramos si algún escultor ha

recogido en mármol este gesto y lo ha perpetuado con la elocuencia del arranque. Otro valiente,

Calixto García, después de vencer en bélicos encuentros, posesionado de un soplo de ardor

romano, prefirió dispararse un tiro debajo de la barba a caer preso entre los adversarios de

uniforme de rayadillo y escarapela roja y gualda. Pero la herida no fue mortal y una cicatriz habló

de lo que era la disposición pudorosa.

Al declinar de un día, hermoso como la honradez, entramos en La Mansión. Visitamos el ingenio.

Esta en pie. Recorrimos sus departamentos. El edificio es sencillo, amplio. De madera y zinc. Se

levanta a la espalda de un arbolado. Alta suma de dinero se invirtió en la industria, si se

considera el coste de calderas, hornos, pailas, recipientes para el fermento, tuberías y

maquinarias. El material, de marca norteamericana, fue transportado al Guanacaste con ingentes

dificultades. En grietas se arraigan yerbas bravías y anidan lagartijas. Canos subterráneos,

ramificados técnicamente; por ellos pasaban jugo, mieles, vapores, todo bien distribuido, para el

buen resultado de la zafra. Sobre el techo, en horas de trabajo, humo en rizos. Los jueves y

sábados, en la molienda, habían desusada animación con el transito de carretas, envanecidas

de cana, cortada a ímpetus de machete, que al ser agitado dejaba en el aire un son de oro, un

trino de pájaro victorioso.

Antonio Maceo y compañeros se carteaban a menudo con José Martí, que residía en Nueva

York. Del norte, pues, recibianse consignas.

En carta remitida desde Nueva York, el 25 de mayo de 1893, al general Maceo, expresaba Martí:

"Mañana tomo el vapor con rumbo a Ud. —Costa Rica— aunque parándome por el camino a

arreglos previos, y espero, sin aparato y anuncio de ninguna especie, estar en Puerto Limón del

15 al 30 de junio". En efecto, el 30 de junio de 1893, Martí se encontraba en nuestra tierra.

El 1 de julio de 1893, en "El Heraldo de Costa Rica", el director Pió J. Viquez en, sección

editorial, con el título de Cubano Ilustre, saludo al visitante:

"Un hombre muy notable, un escritor y literato muy distinguido, está con nosotros desde ayer

noche. (Ingreso Martí en la capital el viernes treinta de junio). El señor don José Martí acaba de

llegar a San José. Aunque sabemos de memoria cuantos son los merecimientos y hasta donde

sube el precio de esa alta personalidad latinoamericana, no podemos decidirnos a tributarle hoy

nuestras frases de alabanza y consideración. Para decir de las personas que imponen respeto,

se necesitan mucho más tiempo, meditación y esmero. Ahora acabamos de ver al señor Martí, y

apenas hemos tenido tiempo para reponernos de la sorpresa causada a nuestro animo con la

presencia de ese enérgico luchador americano, por el triunfo del derecho democrático y la

cultura racional de los pueblos de América. El señor Martí es persona de nombre. En los mismos

Estados Unidos del norte, nación donde ha vivido y desempeñado oficios muy recomendables,

cuenta con muchos aprecios y admiraciones que lo enaltecen. Que el patriota cubano, tan

inteligente como culto, se digne conceder acogida al testimonio que le ofrecemos de nuestro

cordial saludo".

Hasta aquí el editorialista.

"El Diario del Comercio", que dirigía José Ma. Gutiérrez, del 2 de julio, en columna de honor,

consagro una salutación al huésped. Entre otros conceptos espumosos de simpatía, tiene este:

"En nuestras humildes regiones se le conoce, se le admira y se le ama".

El domingo 2 de julio, Martí fue obsequiado con un almuerzo, en el Gran Hotel. Hombres de

ciencia y letras ofrecieron al enamorado de la causa de la democracia, en irradiadora anfictionía,

esta demostración de aprecio. Al terminar, el homenajeado, calor todo el, hablo extensamente, el

idioma del Derecho y en manera particular la bienhechora lengua del idealismo neto, al decir de

la crónica inserta el 1 de julio, en El Heraldo de Costa Rica".

El lunes —tres de julio— Antonio Zambrana dio una conferencia en el Colegio de Abogados,

situado en esa sazón den varas al sur de la Iglesia del Carmen, donde hoy esta instalada la

Ferretería Rodríguez Hijos. Trato de la filosofía platónica; de Sócrates; del Logos y de Grecia. Su

discurso fue interrumpido por instantes como motivo de haber entrado al salón José Martí, en

compañía de don Mauro Fernández y del general Antonio Maceo.

Ascensión Esquivel, que presidía el acto, les recibió y les brindo a su lado un asiento. Zambrana

continuó enseguida su oración. La asamblea, al concluir el orador, rompió en un aplauso largo.

Datos estos extractados, para fidelidad histórica, de las publicaciones de la época, del 5 de julio.

Este día, Martí se traslada a la ciudad de Cartago. Julio hacia algodón en los limoneros.

Chicuelos, al presente de una mentalidad de brillo, oyeron su plática, en el club Punta Brava: los

hermanos Volio y los hermanos Sancho.

El viernes siete de julio, a primera hora de la noche, pronuncio Martí una conferencia en la

Escuela de Derecho, a instancias de unos cuantos jóvenes, dedicada a la Asociación de

Estudiantes. Concurrieron al acto Antonio Zambrana y Ascensión Esquivel. Sobre el disertante,

expresó Emilio Pacheco, el 9 del mismo mes:

"Vimos entrar a Martí al salón, pálido y ligeramente encorvado, apoyándose en su amigo el

doctor Zambrana, a ocupar lasilla que se le avía señalado. Martí esta enfermo: hace apenas tres

meses fue victima en Cayo Hueso de criminal asechanza, que no logro matarle; pero si

envenenarle la vida".

Efectivamente, se hallaba muy quebrantado de salud. Los pulmones le fallaban, y el corazón se

le quejaba. Antes de emprender viaje a Costa Rica había realizado una precaria escapatoria al

campo, —a los pinos de las Castskill,— para recuperar fuerzas pérdidas.

Discurrió el orador acerca de la palabra patriota. Habló con vehemente entusiasmo de la

juventud, del porvenir del Continente, de poderosas influencias extranjeras bajo las cuales se

desenvuelven y crecen los pueblos de la América Latina. Declare que los hispanoamericanos

tenemos vigor bastante para no vivir dominados por la vida y la literatura francesa y española. Se

refirió a España; a su arte, a la decadencia sufrida después del Descubrimiento. Al finalizar, con

enfervorizado acento, recordó a Cuba, su patria. En el hermoso poema de la independencia de

América, hay un verso enlutado: Cuba esclavizada. El conferenciante, "incansable a pesar de

sus energías debilitadas, aparentaba agotar en arranques de suprema elocuencia el fuego divino

de su inspiración, con frases ora impetuosas y robustas, ora suaves, dulces y llenas de

encantadora poesía".

Así, con la sinceridad artística de una fecha que redondea los cuarenta años, comentaba el

cronista.

Por espacio de dos horas le oyeron más de cuatrocientas personas. Gran número de

admiradores, de ahí a poco, le acompañaron a su domicilio. Muchos le vitoreaban. La Asociación

de Estudiantes redactaba un periodiquito, "Picio", escrito a mano. La edición alcanzaba a cinco o

diez ejemplares. En él, reseñas festivas, versos humorísticos y caricaturas. Fabio Baudrit se

iniciaba con las finuras y sonrisas de sus escritos. En el "Picio" sé público una crónica de la

disertación de José Martí, Para despedir al Independizador, en párrafos epilogales, expreso

Zambrana en "El Heraldo": "cómo conozco en lo íntimo, y quiero con entrañable amor, la

inteligencia singular, el carácter afable y viril, el corazón de oro, el espíritu sublime de mi ilustre

paisano, gozo con su gloria, y hago constar, con delicia, mi nueva deuda de gratitud a Costa

Rica por haber colocado un laurel fresco, en la corona de Martí", (11 de julio de 1893).

El sábado ocho de julio, Martí partió a las siete de la mañana, con dirección a Nueva York. En

una gacetilla de "El Heraldo" aparecieron estas letras:

"El señor Martí ha sido entre nosotros objeto de innumerables muestras de respeto y cariño.

Desearíamos que el ilustre cubano, conserve de Costa Rica el recuerdo de los buenos deseos

de sus amigos".

En el "Diario del Comercio" —8 de julio,— Manuel Arguello de Vars dio su adiós a Martí, en

desbordada efusión. Dijo del hombre enfermo, de cutis muy pálido. En su semblante se

adivinaba el rastro vivo que había dejado una intensa labor intelectual y física, y una

abrumadora, constante pesadumbre moral. Era una persona que conversaba con voz tímida y

serena; de ancha frente y hundido pecho; inclinado hacia adelante como si el peso de su cerebro

le impidiera mantenerse erguido; de cabellos y bigotes negros, caballero de exquisita educación

y cultísimas maneras.

Así Martí, el año 93. ¿Se parecía al retrato pintado al óleo del natural por el sueco Herman

Norman? Añadamos que Martí queda patentizado, en este su primer viaje permaneció nueve

días en Costa Rica, del 30 de junio al 8 de julio de 1893.

De la conferencia de Martí, algunos concurrentes recuerdan aun períodos martianos, con el

encanto de la añoranza. La sinceridad y manera unciosa de la palabra, atrajeron desde el

comienzo simpatía y admiración del auditorio. Conceptuoso y firme. Para Martí las razas india y

negra son bondadosas y sumisas. Las desfiguran o desdeñan solo los malvados. El tiempo

confirmó la estima de Martí por esta gente, de generosidad nativa. Fue hombro para ellas. Las

alentó; las ensalzo; las protegió. Quísolas para orgullo de su vida. Por temperamento de su

naturaleza; por colmar, hasta los bordes, de licor de bien, en impulse virtual de un intimo clamor,

las ánforas de sus ideas. En La Edad de Oro —1889— hay un cuento: " La Muñeca Negra".

Resbalan en él perladas gotas de amor. Del amor de Martí para el hermano negro. ¿En México,

Pedro de Alba, no se ocupa en escribir ahora "Martí y los Negros?” Montalvo, en "El Espectador",

exclama: si mi pluma tuviese don de lágrimas, yo escribiría un libro titulado El Indio, y haría llorar

al mundo.

El paso de José Martí por Costa Rica adquiere, dentro del valor histórico y de los destines fastos,

un significado del todo lumínico, Momentos de solemnidad, aquellos. Fecundadas por el

patriotismo, las horas se enorgullecieron; los costarricenses realzáronse con la visita de un

señalado, que congregaba a sus coterráneos disperses a lo largo de los Andes, que admiraban

sus fervores y el evangelio de su redención en marcha. Vino el discípulo de Rafael María

Mendive, sin pompas, humilde en su grandeza, de puntillas si se os antoja, a la conquista de

corazones. Abrió sus brazos. Le vieron alas en el alma. Era un ave con nido de llama. Gorjeaba

para consumirse en la lumbre de su aspiración. Fueron de él los hombres de espada y los de

sentimientos. Y en el sosiego de nuestra tierruca, manaron aguas más cristalinas y abundantes.

Tal vez nuestros volcanes —esos profetas que escriben versículos con lava y ceniza— adrede

no retumbaron para oír en su cabal majestad, el verbo del romero, espejo de la raza.

A la Humanidad, cuajada de mortales chatos, —¡oh, las turpitudes de los fofos!—, Dé tiempo en

tiempo la deja en cinta lo Desconocido y nace un ser superior, que irradia gallardía, abnegación,

fortaleza. Costa Rica acogió a Martí. Le brindo su espíritu, su paz. Por eso él quiso servirla corno

hija. Nuestra patria arrullo, como madre, a Martí.

En aquella ocasión, el pasado de Costa Rica estaba en relieve en los símbolos cívicos de

nuestra historia monetaria. El 10 de mayo de 1823 salían de los troqueles, monedas de oro y

plata que mostraban en el anverso una estrella con la leyenda: Costa Rica Libre. En el reverso y

al centre una palma cruzada por fina espada y fúsil con bayoneta; debajo de estos un cañón. El

19 de marzo de 1824 se acuñaron monedas que llevaban en el anverso una cordillera de cinco

volcanes. El Sol comenzaba a descubrirse por detrás del muro de montañas. En la haz opuesta

traían un árbol, emblema de libertad, con la inscripción: Libre Crezca Fecundo. El 27 de octubre

del mismo ano el Poder Ejecutivo procedió a la amonedación de piezas de oro y plata. Esta

moneda ostentaba en el anverso las armas del Estado. En noviembre de 1838, por disposición

de Braulio Carrillo, presentaban al reverse, un árbol que figuraba al café, en monedas de oro; y

al del tabaco, en la plata. Se autorizo nueva acuñación de monedas por Ley de 29 de septiembre

del 48. Al anverso, una india en pie, armada de arco, carcaj y flechas. Y en septiembre de 1864,

se ponía una guirnalda de laureles, en la pieza.

Estrellas y palmas: soñaciones e idealizaciones. Espadas, arcos, saetas estremecidas: defensa,

vigilancia, heroicidad. Volcanes para vivir como ellos, con altivez. Astros para alzar el

pensamiento hacia la inmensidad. Laureles dignos de Dame. Árboles que invitan al trabajo, a la

riqueza; signo de arraigo al surco y a la heredad. Y mujeres autóctonas, aljaba al hombre, bellas

de autonomía.

En escrito dirigido a Serafín Sánchez, de regreso a Nueva York, —julio 25 de 1893— declaraba

Martí que Antonio Maceo no le puso el menor obstáculo; le llevo el mismo al presidente de Costa

Rica —era D. José Joaquín Rodríguez;— se libertó Maceo del contrato que lo entrababa, y dejó

ajustado con Martí su modo especial de ir. En este viaje Martí había logrado con tacto

restablecer las relaciones de Máximo Gómez y Antonio Maceo, quienes estaban distanciados por

cosas volanderas.

Costa Rica, excelente. Para nuestro país, siempre tenía conceptos laudatorios. Llamábala

industriosisima colmena, inspiradora de cariño por la cordialidad de sus habitantes (de "los

hermaniticos", como en Centro América se nos distingue), y respeto por nuestra laboriosidad e

industria.

En los días en que vivió Martí en San José colaboraban en nuestros periódicos escritores de

valer. Antonio Zambrana, cuya pluma fue dicha de luz; Pió Viquez, de estro relevante; Mauro

Fernández, todo ingenio en las disputas en que se espacia el vuelo de dialécticos y águilas;

Justo A. Facio en las calidades de su técnica y la pulcritud de su dicción; Manuel Arguello de

Vars, que conocía las briosas ascensiones del espíritu; Buenaventura Carazo, aficionado a

cuestiones hacendarias; Rafael Iglesias, cual heráldico gallo de bien firme ala, sorprendía a la

multitud, en alardes tribunicios, con la diana de su verbo, José Ma. Gutiérrez, hacedor de

camafeos, admirable por el indeficiente garbo de estilo; Emilio Pacheco, en suma, insusceptible

de confusión por su semblanzas y acuarelas donde se externaba la belleza. Además,

reproducianse meditaciones de Hugo. Rubén Darío acababa de abandonar el país, camino de

Nicaragua. Se abrían paso, en animado aprendizaje, las corrientes nuevas de la filosofía y del

Derecho.

Tal el medio, en el escenario de nuestra nacionalidad. Aires favorables, para el cubano.

A Martí le rodearon varones de escogida superioridad. En torno de él los inteligentes y los

pundonorosos. Por manera que fue comprendido y amado.

Nuestros compatriotas sabían que debemos honrar al que nos honra. No vive vida de hombre

sino el que sabe, advirtió Baltazar Gracian, para el corazón de los tiempos. La juventud solicita

su palabra que señalaba rumbos y deberes, hacia los impulses afirmativos de América.

Nuestros valores de fuste, en las milicias del pensamiento, lograban ardorosas victorias, no solo

en los esmaltes y juegos de forma y en el modo de colorear de fantasía páginas de arte, sino

también en el dominio y difusión de ideas alboreantes. Credos de libertad, se propagaban.

Diarios y universidades invitaban a pensar en problemas de altura, para, con el entusiasmo de la

acción, hacer ambiente a lo que implicaba religión de anhelos. Por eso Martí y acompañantes

encontraron en nuestra Republica hospitalidad como no otra. Al talento, reverencia. A la rectitud,

devoción. Al proscrito, abrigo. Al cruzado que pedía patria, las dos manos. ¡ Manos efusivas, al

Hermano!.

Cuando Martí llega a Costa Rica apenas había trasmontado los treinta y nueve años.

El 8 de julio de 1893 José Martí, al alejarse de San José dirigió una carta a Pió Viquez, su amigo

muy querido, publicada el nueve en "El Heraldo de Costa Rica". En ella los párrafos chispean.

Costa Rica fue para él "tierra que siempre defendió y amó, por culta y viril, por hospitalaria y

trabajadora, por sagaz y por nueva". En nuestro seno vióse tratado como hermano por los que

casi no conocían su nombre. Brillaron a su alrededor la inteligencia enérgica, la palabra discreta,

la lisonjera amistad de quienes no la hubiesen acordado de seguro a quien no trajese al sagrado

de su hogar el miramiento del huésped y el corazón limpio. Tuvo cerca de sí a hombres buenos

de América. Y este ruego; "Solo de un modo puedo responder a esta merced grande: y es pedir

a Ud. y a mis amigos de Costa Rica que me permitan servirla como hijo".

A decir verdad, fue hijo de nuestro terruño, porque admiro el libérrimo espíritu costarricense,

porque exaltó en el exterior las ejecutorias republicanas de aquí, porque en su alma hubo frescas

de cariño para esta nación. Cuna en que esculturamos con el cincel de la voluntad empeños de

resalte. En ella reposa el preceptor que nos lego conocimientos y siembra el labriego de cejas

encenizadas que en la calle pueblerinario nuestro dicho. Hogar bueno. En el se yergue aún la

casuca, chiquita lo mismo que un corazón, morada del condiscípulo que nos brindo amistad; y

vimos, cuando éramos inocencia, el portal que nos convido a sonar y recibimos la primera

amargura y asimismo, el goce primero.

¡ La patria! ¡La patria!

Costa Rica, para alabarte resultan rusticas las palabras: nada puede alcanzar a embellecerte de

manera acabada; pero a ti, el amor de tus hijos, envuelto en un trueno de glorias.

A la llegada de Martí a estos países, los puertos se orlaban de emigrados. Hombres enteros,

pujantes, lucidos, de médula de león, aquellos. Las adhesiones a la causa se hacían visibles. El

allegamiento de recursos se acrecentaba. La estructura educativa del anhelo, en medio de tanto

riesgo, le rodeaba, por doquiera, de cordialidad. Hechos posteriores comprobaron la santidad del

movimiento. Dábale el Apóstol tono y fisonomía a su credo. Martí ya había dicho, para galanura

de la verdad: escribo con sangre y muero. Marzo de 1894. En esta fecha no deseaba el viaje de

Maceo a Nueva York. En caso de urgencia, Martí se daría el gusto de abrazarle en Costa Rica, si

una entrevista se estimaba indispensable. De Nueva Orleáns, el 30 de mayo de 1894 escribió a

José Maria Aguirre: "Me embarco al amanecer, con el hijo de Máximo Gómez por compañía —

Francisco Gómez Toro—". El 5 de junio siguiente, a bordo del vapor noruego "Albert Doumois",

(capitán, Horgen), avisa a Alejandro González: de Puerto Limón, donde vamos a entrar, le

saludo. "Va conmigo Pachito, el hijo mayor del general, y con él voy allá a verle". Salud ni fortuna

venían con él. De este viaje, en realidad, se sabe poco. Los periódicos registraron datos breves.

En " La Prensa Libre" del viernes 8 de junio de 1894, se lee; "Ayer tarde, procedente de los

Estados Unidos de América, Ilegó a esta capital el ilustre orador don José Martí, delegado de la

revolución de Cuba. En su primer viaje dejo numerosos y gratos recuerdos, principalmente con

su admirable conferencia en el Colegio de Abogados. Reciba el notable huésped nuestro atento

y cariñoso saludo de bienvenida". Martí, en San José, el día 7. Se hospedó en el Gran Hotel, El

domingo 10, " La Prensa Libre" rindió en Notas y Noticias otro saludo para Marti, visitante que

"sintetiza la suprema aspiración de todo un pueblo hacia su independencia".

El lunes 11, en la mañana, partió para Puntarenas.

El 18 de junio de 1894 salió del país. Siete días, en nuestro Puerto del Pacífico. Saludo a los

mensajeros de la colonia de La Mansión y a Flor Cronbert, de quienes se separó "sin una sola

duda ni lastimadura". Conversé con José Maceo, Juan Barracoa y León Castro. En carta dirigida

a Antonio Maceo, de Puntarenas, se refería a la posibilidad de hacer en Tortuguero una

embarcación, con el propósito de realizar sus planes. Los más de los cubanos estaban

reconcentrados en Mohín y Nicoya. En Puntarenas supo de la muerte de Pardo y Perozo. Fue a

la ceremonia de un vapor nuevo, y mostró deseos de describirlo a Pió Viquez; pero le

imposibilitaron contrariedades inesperadas.

Los puntareneños le festejaron y regalaron con excepcionales atenciones. De Puntarenas —

observe— cuánto cariño. Convites, visitas, servicios. Del costarricense llevaba "toda especie de

gratas memorias".

El 22 de junio, en Panamá. De allí escribió a Eduardo Pochet, a Enrique Boix, a Loynaz. (De

Estados Unidos, el 4 de mayo de 1894, Martí mando a Costa Rica a Enrique Loynaz del Castillo).

El 25 entraba Martí a Kingston. Se detuvo en México y por último siguió con rumbo a Nueva

York. Anhelaba el regreso para desarrollar un plan rápido y simultaneo.

En este su segundo viaje a Costa Rica permaneció catorce días: del cinco al dieciocho de junio

de 1894.

En San José pidió auxilio a los que no habían contribuido, y fue asunto de horas, con resultado

auspicioso para el desenvolvimiento de la revolución. A José Dolores Poyo advertía Martí que lo

que se recogió fue sin súplica excesiva, sin dolor de la dignidad, con gozo de los contribuyentes.

Mencionaba el esfuerzo de los cubanos de San José y el respeto de los costarricenses. Los

antillanos que residían en Panamá y en Jamaica, respondieron, asimismo a su solicitud.

José Maceo y Flor Cronbert, por disensiones suscitadas, ibánse a batir en duelo. (Sobrevivientes

de La Mansión reservan el nombre de una guanacasteca, linda como una flor; — el ojo

adoselado; de alas de pirausta, los labios—). Era necesario evitar este lance. No debía

derramarse sangre entre los hijos de la patria que les reclamaba por igual. Enterado a tiempo

Martí de tal conflicto, un día, día de sorpresa, se trasladó a Puntarenas, —junio de 1894-. De los

señoríos nicoyanos vinieron Cronbert y José Maceo. Martí, con frase amorosa, provocó

reconciliación y armonizo a los duelistas, quienes, después de hacer un juramento ante la

bandera cubana, en un abrazo reanudaron su camino al unir sus corazones, al ruego martiano.

En aquella ocasión los cubanos tuvieron pensamientos más puros que nunca, come cuando se

reclina la cabeza en hombro de la madre o en pecho de hijo.

Vuelto a Nueva York, en carta para Antonio Maceo, aparecen estos renglones: "De Pochet, ¿por

qué no he sabido? ¿0 esta bravo con quién tanto tiene que agradecerle como yo y le quiere y

estima tanto? Enrique, ¿adonde se quiere ir? Le escribo que se quede, a no ser que desee Ud.

otra cosa. Pongo unas líneas a Flor, por Boix. El sábado escribo a José y a Nicoya,"

El 3 de noviembre de 1894, puso a Maceo este recuerdo: "Veo claro el camino. No-menos claro

que aquella tarde hermosa en que vi alejarse por el agua del golfo (de Nicoya) e bote cargado de

mis bravos amigos".

El 17 de noviembre de 1894, en despacho enviado desde Nueva York, Martí preguntó con

ansiedad a Antonio Maceo sí era cierto que estaba herido. Había acaecido lo siguiente el general

Maceo, con varios connacionales, - Loinaz del Castillo, Casimiro Orúe, José y Alberto Boix -,

asistió la noche del sábado 10 de noviembre del 94, a una representación de la comedia "Felipe

Derblay" de Jorge Ohnet, por la compañía dramática Paulino Delgado, en la capital de Costa

Rica. A la salida del Teatro Variedades, fueron atacados los cubanos por algunos españolas,

ofendidos por un editorial de Enrique Loynaz del Castillo, inserto el jueves 8 en " La Prensa

Libre", periódico que redactaba este general en San José. Él -epígrafe "Bandolerismo en Cuba".

Contestábase una publicación de " La Estrella de Panamá" sobre e incremento del pillaje en

Cuba. En la noche del viernes nueve, en La Cabaña de Tomás Soley se celebró una reunión

para protestar del artículo. El párrafo mas violento, expresaba: "Vamos a responderle a La

'Estrella de Panamá' con la elocuente realidad esas enormes rentas que alcanzan en el

presupuesto a veintinueve millones de pesos oro, sin contar los inmensos caudales que cobran

los gobernantes españoles en la sombra, sirven de hartazgo a esa 'nube de empleados', legión

innumera de vampiros, que viene cada año a América para vivir del sudor y de la sangre de los

cubanos. El buitre vive de lo que su garra apresa. ¿Y que han sido desde 1492 los

conquistadores de América, sino buitres?". Prosigamos. Loynaz del Castillo iba con tres amigos;

y adelante, a una distancia de quince varas, el general Maceo y cuatro personas más. Detrás de

estos, un grupo de españoles que sumaban quince. (Entre ellos Subiros, Feo, Incera,

Chapresto). Al pasar por el almacén de D. Juan Hernández, provocó Chapresto a Loynaz del

Castillo. En la refriega, que principió en riña a palo y puno, resulto muerto el español Isidro

Incera. Una bala le perforó la cabeza de parte a parte. Se cruzaron diez tiros. Maceo recibió una

herida por la espalda. Alberto Boix un balazo en uno de los hombros.

En casa de Eduardo Pochet atendieron a Maceo los doctores Durán, Uribe, Calneck, Céspedes y

Ulloa. El choque lo buscaron los peninsulares y el proyectil mortal salió de cañon cubano. El 15

de noviembre Loynaz del Castillo se alejó de Costa Rica. Partía al destierro. En carta pública

dirigida al presidente Iglesias, el 14 de noviembre, anotaba Maceo: "Cualesquiera que sean mis

opiniones políticas en los negocios de mi tierra, he respetado y respetare siempre de un modo

profundo la hospitalidad de este país, y he mantenido y espero mantener cordiales relaciones

con muchos miembros de la Colonia Española tan respetada aquí por su laboriosidad y sus

virtudes. Para las cuestiones de Cuba no puede ser Costa Rica, sin duda, un campo de batalla."

El 25 de noviembre, Martí escribió a Maceo: "Al fin supe de Ud. Sé que por su noble herida me lo

quieren más. ¿No me ha sentido en estos días cerca de Ud. al lado de su sillón?".

Siempre Martí, por sus amigos, se preocupaba. Y quería más a sus compañeros si el dolor les

atenaceaba. Incontaminadas tradiciones morales, le hicieron hidalgo. Alma abierta al horizonte

de una humanidad dignificada. Por esto los isleños le comprendieron, y a su voz se aunaron, con

la impaciencia de los que se disputan la estima y confianza de los superhombres.

Enfermedades, pobrezas, le asediaban. A menudo, quisquillas de localidad; disposiciones

hostiles del gobierno de Washington. Sufrir, callar. Impulses malogrados. Insinceras

obsecuencias. En el convencimiento de deslealtades, disimular, olvidar. De los cincuenta que se

apuntaron en un monte —recordaba Martí— a que fue para abrir a la cumbre una vía nueva,

llegamos cinco. Yo no conté con los cincuenta, sino con los cinco.

El trabajo, recio. Discursos, articulaos, correspondencia; clases traducciones(1), calculo de

facturas en la oficina Lyons & Co., Visitas, viajes. Sometido a una inhibición de recreo.

Penas por la familia ausente. Veinticuatro años vivió lejos de Cuba; en ese lapso solo dieciséis

meses permaneció en su país, sumado el tiempo de los tres viajes realizados. Echaba leña en la

hoguera; el ideal reclamaba combustible. Llenaba de claridad las vidas. Resquebrajado de rayos,

su orbe interior; como mar cargado de tempestad, la mente. En adquisición de armas, custodia,

cautela y sigilo. En la tarea cien brazos como Briareo; un Argos en el avizoramiento. Con la una

mano cuidaba de sus siembras cívicas, con la otra se defendía de la ignorancia espesa lo mismo

que barro. Actividades centrifugas y centrípetas, al par. Su faena, en beneficio del hombre. Todo

empuje, este carácter. Todo lumbre, el hijo de Mariano Martí. Todo acción heroica, este dador de

dignidad. ¡Y era nervioso, de pardos ojos vivaces, delgado y pequeño este gigante que creo un

deslumbramiento de esperanzas americanas!

En servicio de su causa ofrecía pedir limosna de rodillas. De Martí idas, venidas y retornos en

busca de fondos. Solicitaba cuotas a los paisanos, primero; a los hijos de América, enseguida.

Necesitaba poner armas en brazos corajudos. —Rémington calibre 43, machetes Collin 22,

cuchillos Haning Knife,— y disponer del condumio diario.

Los libertadores, por lo general, efectúan su obra con ayuda de los pobres. De estos viven los

pueblos; por los pobres realizan su misión los genios. El rico subsiste para sí. Le importa un

adarme la cristalización de la justicia. Con dinero —razona— se reside a cuerpo de rey en los

términos todos del planeta. Por ello es insensible al reclamo de la libertad. Apellida loco, archí

loco, al que empuña la espada y marcha en defensa del prójimo. ¿Quiénes colocaron recursos

en manos de Bolívar? A Martí, ¿cuántos le socorrieron para la hermosura de su empeño?

¡Hay tantos que niegan por negar!, Reflexionaba Mariano José de Larra, comentando el egoísmo

de sus contemporáneos.

Las mujeres, al llamado patriótico, vendían sus joyas. Ramón Ortiz, en Costa Rica, compró

anillos a varias damas, entre otras a María Cabrales de Maceo.

Martí no perseguía créditos ni famas. Humilde, en su labor. Pero imperioso de esfuerzo. Brega

de principios jugosos; de supremas convicciones. Es suya esta frase, que para entendimientos

que penetran el sentir e intensidad de las palabras, están henchidas de alboradas: "Si me dan

diez mil pesos para la revolución, salgo desnudo en mulo". De su parte, vida franciscana. Comía

en lugares donde fuese más barato; los amigos le prestaban trajes con que presentarse

adecuadamente en la tribuna. Hacía en tercera o en segunda, sus viajes incesantes.

De regreso en Nueva York, en septiembre, anduvo Martí cuatro días buscando quien pusiese

dinero, por cable, en Costa Rica. Las áreas, escuetas. Estuvo a pique de fracasar. Le halló

después de mucho ruego y fue remitido a Antonio Maceo.

En noviembre, dijo Martí a Maceo, en una página de su correspondencia: "Siempre supliqué a

Ud., por mayor seguridad, y para, evitar la zozobra y el cansancio, que la gente allá siguiese en

sus labores hasta el último momento, y de ellas se deslizaran al punto de embarque. Y así creo

que lo habrá logrado Ud. a no ser que las cosas hayan hecho salir de ellas a los compañeros".

En sus cartas, con insistencia, preguntaba por Flor Cronbert, Boix, Pochet y Palacios.

Caso no incurioso. Esta Martí preparando la guerra, en colectas de fondos, en adquisición de

armamento, en atisbo de lo que comporta avance en el pronunciamiento, en propaganda de una

lucha orgánica y homogénea, mano a mano y pecho a pecho, y se preocupa por los fueros del

idioma. A Juan Fraga avisa que ira con puntualidad a la junta. "El no emplea él termino meeting -

anota-que es lo mismo que junta o reunión en castellano. Y no vaya a interpretar esto de regaño

-agrega- sino de cariño, por el placer de travesear con Ud. A Eva Canel, observa: deseo que

tome en paz su lunch, -¿por qué no lonche?" Y a Gonzalo de Quesada, refiriéndose a su labor

literaria, le manifiesta que prefiere verle entrarse impaciente por el castellano, tronchando con el

gusto de la vuelta una que otra flor, a verle de mendigo de las literaturas extranjeras, fatigándose

en vano por acomodar a un molde exótico el alma criolla. Proclama: El vino, de plátano; y si sale

agrio, ¡es nuestro vino!.

Es Martí el revolucionario que, arma al brazo, o en caballo caracoleador, afila el lápiz ansioso de

darle matiz, lustre y legitimidad a las palabras. Quiere patria. Quiere asimismo, inviolabilidad y

propiedad de lengua, para esa patria.

Sus versos son fragmentos de su vida. cada estrofa, encendida de emoción, es un trozo de

historia. Versos Sencillos reflejan naturalidad y sencillez. Martí recuerda episodios de juventud.

Algunos poemitas palpitan de énfasis, de nervio y de riqueza verbal. En Versos Libres hay

osadías de versificación precursora y transiciones nítidas. En ellos, rebeldías de lucha, bravas

ideas en los años de campaña. Se oye el paso de escuadrones de altivez, firmes de dignidad. Se

siente el estremecimiento de las selvas, bajo la trepidación de la tierra. Ismaelillo dibuja su

intimidad espiritual. Lo dedica a Pepito. Ternezas de padre para el hijo. La cuna en brazos de

Martí. El subjetivismo que le domina es teresiano, por la suavidad de sus embelesos; Martí es

gracianesco por la hondura de pensamiento y novedad de sintaxis.

Sus cartas están aperdigadas en tres o más volúmenes. Las terminaciones, no infrecuentemente

son de un brillo total. Fuerzas del músculo y calor de su sangre, en sus frases. Juegos de alma,

en arquitectura de panal, en ellas. "Junte a su casa en un abrazo". "Nuestra alma entera: el

agravio olvidado y la fe encendida". Para sus ansiedades, he aquí resumido su civismo:

"Valgámonos a tiempo de toda nuestra virtud, para levantar, en el crucero del mundo, una

república sin despotismo y sin castas".

Tiene Martí visiones de su fin: "Caeremos y nos refuerzan. Esto lo he leído en el cielo, y Ud.

llevara una cinta de mi caja vacía; pero moriré dando luz". Y una muestra de los dulzores de su

humildad: "bajo la cabeza y bendigo".

Este eximio libertador, con la mano en la conciencia, blindado de franqueza, traza en esquelas,

para reserva de la amistad, lo que le dicta su meditación honrada. Es la suya honradez de alba:

un despliegue de resplandores. Forma, para su alzamiento victorioso, tropas de luz, cuyo pecho

es capaz de resistir balas y maldades.

No engolosina con promesas. Conjura el engaño, la falsía, la encrucijada de envidias. A los

pequeños, de temor pueril, de preocupaciones enmohecidas, a los arrimadizos y segundones,

desdén. Sin esperas ni melindres, a los bravos, a los leales, presenta un convite a la muerte, en

comunidad de propósitos, a cambio de una patria desclavizada digna de su historia.

Cuando se acerca el impulso inicial de la rebeldía, expresa: "crece la hora grande". Y estotro,

meduloso: "Óiganme con sus corazones. Y a un camarada. Dígame que lo he conocido, que

vemos él.

"En busca de óbolos para fortaleza de la causa: yo insisto, yo argumento, yo me arrodillare, yo

no dejaré nada por hacer. En cierta ocasión, en conceptos rutilantes, videntes: "yo me llamo

conciencia"

Ya en el estribo del vapor, camino de la guerra, envía estas letras a su madre, el 25 de marzo de

1895; "Ahora bendígame, y crea que jamás saldrá de mi corazón obra sin piedad y sin limpieza.

En Cuba, presto a entrar en combate: la divina claridad del alma aligera mi cuerpo".

Manifestaciones arcangélicas, hay en Martí.

Quiere con todas veras morir el primer. Aguarda con gozo el sacrificio. Escribe con frescura de

viento de cumbre: "nos caemos riendo", cuando el y Máximo Gómez suben rocas, rifle en mano,

al encuentro del enemigo.

Produce con la naturalidad con que cae sobre musgos un rayo de sol de la mañana. No

obstante, Aurelio Mitjans tacha a Martí de ingenio amanerado. Lo corriente. Criticas inevitables.

A Sarmiento le encuentran descuidado; a Rodó, retórico, fraseólogo; a D. Juan Montalvo, afecto

a rebuscamientos; a Darío, preciosista, ¡Qué se ha de hacer! El egoísmo es así: guarda gusanos

en la sangre. ¡Oh Envidia, en balde echa toneles de veneno en el Océano! Naciste de los

estercoleros de Belcebú, y no hueles bien. ¿Sabes? Te pareces a la raposa, la ladrona.

Martí se siente puro y liviano y descubre en él algo como la paz de un niño. Incrustado, dentro de

sí, lleva ese alado anuncio de una muerte venturosa, prodiga en revelaciones. Casi nunca fecha

sus cartas. Afirma que vive un día que no termina sino con la emancipación de Cuba, Él escribe

"para siempre". Así Tucídides.

Por Rafael Maria Mendive, su maestro, Martí daría a cada momento su vida. ¿Semejante

devoción no consagraba Bolívar a su mentor Rodríguez? Blanca de Montalvo, niña sonrosada y

rubia, asomada en Zaragoza a una ventana de la casona de Platerías, es su primer amorcillo,

ingenuo "como el césped al margen de los ríos". De su novia Rosario de la Pena — 1875, meses

de amor y rosa en México— no quiere apartar sus pensamientos; la llama numen pudoroso, la

pide que le despierte a la exaltación y alas esperanzas; mujer suya es mas que mujer común. A

María García Granados, su adorada de Guatemala, hubiera querido "colgarle al cuello esclavos

los amores", Fermín Valdez, amigo de infancia y de juventud, es su mejor hermano. ¡Oh, la

mañana de su niñez, cuando tiene él un juguete de pluma: el gallo, diestro gladiador, que le da

Lucas de Sotolongo! Leonor, Carmen, Amelia, Antoñica y Ana, sus hermanos, son como lirios

para su alma, que hunden las raíces donde las tiene su vida. De este mundo desea llevar la

copia que hace el pintor Manuel Ocaranza, de Ana, la hermanita que muere a los dieciocho

años. En Carmen, su esposa, y en su hijo, por transfusión prodigiosa, esta el calor de sus

afectos; en vano él busca su espíritu; Queda en ellos. Es cosa de huir de si mismo esa de no

tener cabeza de hijo que besar en el destierro. Cuando manda un abrigo y un sombrero a su

"dueño" a La Habana, gasta Martí en salva de amor sus últimos cartuchos. Su libro Ismaelillo lo

publica —1882, Thompson y Moreau— por ser mariposa que echa a volar para que se pose en

el hombro de "su reyecillo". A su madre, matrona fuerte, mucho la necesita; mucho la ama. Es

nobilísima. Hereda las virtudes de su suelo; Canarias. El día que es urgente despedirse de su

viejecita, ella le va detrás de un cuarto a otro y el va huyéndole. Su padre, de cabellera de plata,

valenciano de cuna, asmático desde mozo, es de temple enérgico, de aptitudes extraordinarias,

de excelsos, raros meritos. Martí olvida, por siempre, las intolerancias e irritaciones de su padre.

Las justifica, las perdona.

Hay palabras qué tienen alma: selva. Qué aprisionan matiz: rosal. Qué poseen acento: beso, que

es el amor hecho música. Qué arrastran los corazones: Hijo, Madre; que son salud del mundo.

Otras, saturadas están de santidad cívica: Martí, Sarmiento; que se incautan de las fuerzas

virtuosas de la Humanidad. Un razonamiento montalvino, resume el valor de estos últimos

términos: fuego, santo fuego, arde en el pecho de los varones ínclitos, llámate locura, y fomenta

los desvaríos que son la gloria del genero humano.

En el recuento de estas germinaciones de arrojo, de coraje, echemos en olvido la hora solar,

dentro de una filosofía de efectividades humanas, y reconsideremos la hora mental, que

preconizaba un acontecimiento, hacia lumbraradas sin fin, de la evolución de la raza. Asequible

era el propósito. Concurrían naturaleza y tiempo. Dominaba lo rojo. Cada época y cada tiempo

se distinguen por su color. El brío de los átomos, en el éter, tiene resonancia en las potencias

terrenas. Cosas creadas e increadas, de las posiciones celestes y de los dominios de Adán, se

asocian, en momento dado, y estampan personificación a una voluntad redentora. Intervienen lo

invisible y lo impalpable. Hecho este escarceo, digamos que Martí, representativo de la Libertad,

fue esencia de energías universales.

La honradez caracterizó a Martí. Pero preocupación, no inconstante, en negocios de rectitud.

Honradez en sus múltiples aspectos: respeto por lo ajeno, culto a la verdad, consagración al

trabajo, desprendimiento en el servir, alteza. Su epistolario esta nutrido de sinceridad. Mina esta

en donde se palpa la excelencia de sus arrestos íntimos y de sus virtudes patricias. A Miguel de

Unamuno, lo que le reveló un singular escritor, en José Martí, fueron sobre todo, sus cartas. Con

su mano por mesa, —sus maluqueras le obligaron a meterse en cama,— o en el borde de la silla

o en el estribo del tren o al pie del vapor, trazaba sus epístolas porque no había tiempo de

reparar en comodidades. Lujoso de cariños, sin veleidad, en misivas escritas desde Nueva York,

en el cuarto piso de una casa vetusta y sombría con escalera de hierro, 120 de la calle de Front,

comunicaba con sus lugartenientes, regados en América Central y Sudamérica. También

pergeño sus esquelas en el bohío, —¡oh, sus letras hechas con tinta morada!— a la luz de una

vela fija en ventruda botella, mientras cerca se oía el tecleo de la batalla. Del estudio de la

escritura de Martí, realizado por Rael Fakir, redactor de la Sección grafológica de "El Mundo" de

La Habana —enero 29 de 1933—se deduce que fue un emotivo.

Caballero en el sosiego del hogar: caballero en el combate. Transparencia en actos:

perspicuidad en pensamientos. De oro su vida: impulsada en sendas de bien.

Moralidad, entereza, en cifra y resumen, aureolaron su nombre. En su sentir, la amistad era

dulzura única de la existencia. Útil fue a su país; necesario, por sus generosidades, a sus

semejantes. Desde pequeño abrió un cauce amoroso. De almohada: la muerte. Nada de

maculas ni de desvíos. Luchó sin desmedro de la dignidad. Como un niño, —advertía a

Fernando Figueredo,— me voy limpio, a la tumba. Grande hombre este que hizo horas grandes

de una época grande. Patria y libertad y perdón y amor. Para escribir la biografía de José Martí

es precise internarse en un huerto pintado de frutos, de flores incomparables, de pájaros de

Zorrilla de San Martín, adonde descendiesen, de cuando en cuando, águilas vestidas de

relámpagos. Miel y seda para celebrar sus ternuras; ala y garra y golpes de tempestad, al

rememorar sus empujes épicos y sus empeños tras el logro de la emancipación de su pueblo.

En América muy a menudo atrapa el poder caciques de una tribu desconocida, si gustáis, porque

sus métodos de mando son tan primitivos que evocan la edad de piedra. Ya en el gobierno

proditorio, principian a consumar destines a diestro y siniestro. Leen mal y escriben peor.

Cuentan con los dedos. Unos tienen predilección por bueyes y terneros, —¡oh Facundo!—; otros

se pirran por los caballos, —¡oh, Ignacio Veintimilla!—. A los mas les obsesiona el juego, —los

Ezeta en Centro América—; todos se embriagan, todos... son Guzmán de Alfarache en el

merodear. ¡Su vocablo favorito es p...!; se rodean de poetas pilongos y farfantones.

Entran en la iglesia con el sombrero encasquetado hasta las orejas, clausuran universidades y

escuela, mandan a pegar fuego a las imprentas, violan la correspondencia, destierran, vapulean,

encarcelan, castran, envenenan, degüellan.

Si el pueblo exterioriza un sentimiento airado, el cacique, nombra el derecho, da sus alzacolas y

pelafustanes, —mozos de cuerda o gomosos de cabo de barrio,— saca a la calle ametralladoras

y tala el cuerpo de jornaleros y mujeres y acribilla de balas el pecho de niños que van tras sus

padres, los ojos levantados al cielo y fundida en una plegaria, su devoción patriótica.

El cacique nada realiza al disimulo. Es toro para la embestida. No rehuye responsabilidades. Él

es él. ¡Muy él! Dictador, déspota, hiena: lo que se quiera. Dueño de sí y de su pueblo. Altanero

con la naturaleza y la Humanidad. Constitución, justicia, paz, son para las baratijas en la ratonera

de su país. A veces, en cualquier festividad, un orador turiferario hace el parangón y compara al

tirano, —el feroz Machado—, con tal cual genio. Entonces recuerda el gobernante que alguien a

quien él dispuso matar, le llamó ilustre perverso. Echa a correr, acude al cementerio, abre la

tumba, y rabioso y dementado, el sacapotras golpea el cadáver del gran rebelde yaciente, honor

de la patria y de la libertad.

América necesita hombres de la contextura ética de Martí. Nuestros conductores de pueblos, por

lo común, no son de pensamiento integro, de alma Integra, de acción íntegra. Bastardías,

falacias, latrocinio, crueldades, en ellos. Irrespetuosos con las leyes; inescrupulosos con los

bienes del Estado. Se rodean los politiqueros del Continente, de dogos y de espías. Pagan el

dolo, la traición, el robo, el crimen. Se adueñan del mando, con artimañas, con amaños; saturan

el aire de pólvora y de picardía. Con sangre apagan su sed, ya por falta de luces y de cordura, ya

por sobra de malicia. En recompensa, de Europa reciben condecoraciones, a voleo. ¡Premios

que ofrece la Civilización a la Barbarie! El vicio les fascina. Juegan a los dados; son mujeriegos.

Beben; riñen a tiros. Comerciantes en tierras, si les viene en gana venden su patria; y se meten

al bolsillo, junto con el fajo de dólares, decoro, soberanía, porvenir. Todo, todo. ¡Y se ríen con

toda el alma, los monstruos!.

No nos cansemos de pregonarlo: varones de la talla de Marti, ha menester, permanentemente,

América, para seguraza del mañana. Gallardos de corazón. Diáfanos de ideas. Límpidos en su

vida hogareña y pública. Con una veintena de republicos de tal estatura, se harían luminosos

estos nuestros tiempos y la naturaleza misma estallaría en un alumbramiento de promesas.

Es conveniente trasladarnos al pasado. Reconstruir con prolijidad acontecimientos en el pretérito

que presencio esfuerzos de resalte, de horas de lanza, de energía y de Asunción. Ver los

preámbulos: el fermento de ánimos que antecede a la acometida. En la guerra de 1868, jefeada

por Céspedes, se inicio una era de lucha, contra la Corona y los capitanes generales. Los

sublevados quemaron sus ingenios y sus zonas de caña. Nueva vida, para sus hijos. La

metrópoli desatendía el desarrollo de la cultura. No había mas que la tolerada por la economía

de los burócratas extranjeros. Actividad educativa, pues, nula. Eran abrumadores los impuestos.

El pillaje administrativo llegaba al exceso. El convenio del Zanjón — 1878— fue una tregua del

movimiento libertador, para combatir con eficacia el poder coercitivo de la monarquía. Los

discípulos de José de la Luz lanzaban sus llamas de decoro. Se buscaba la estructura de una

democracia capaz de producir un despertar de espíritu ciudadano. Por sus cálculos, los

dirigentes semejantes ser, en punto de detalles, ajedrecistas en ciencia militar. Ingeniería,

matemática, en los estudios. Los insurgentes extendían el mapa, e indicaban un rió, una cumbre,

un escondite en costas escarpadas. Sorpresas aquí, en perspectiva. Barricadas allá, en atisbo

de cualquier revés. Reorganización de caballerías allí donde cabía un alarde de centauros, en la

embestida. Escogimiento de voluntarios de hierro. Prevenir, encarar situaciones, hasta en sus

meandros más ocultos. Resistencia a prueba de

emboscadas y sinsabores. A falta de triunfo, ni un desmayo. En la acción, tenacidad. Sobre el

fracaso, el rehacer; sobre tropiezos, calma, destreza, ingenio. Ulises y Marte en entendimiento

enjundioso. Y en América toda, mujeres, chicuelos y ancianos, a ratos en oración, en ocasiones

en el quehacer. Artesanía santificadora. Zurcían morrales; preparaban venda; componían armas;

mientras esposos, hermanos e hijos, por la emancipación de Cuba, la adorada, pegaban fuego a

los reductos del opresor, y caían cubiertos de bendición y de inmortalidad; o vencían, halagados

por los rompimientos matinales, del porvenir.

En diciembre de 1894 Martí envió a Alejandro González a Costa Rica. Avisaba a Maceo que en

embarcación por arribar cerca de Limón mandaba armas disfrazadas de herramientas de

agricultura, cuatro barriles, tablones para una balsa de desembarco, y botes; uno de treinta pies.

El barco cargaba carbón para veinticinco días y provisiones abundantes. También hachas para

romper algunas cajas en tierra y un mapa de la costa sur de Cuba.

En enero de 1895 Antonio Maceo y Flor Cronbert debían salir de Costa Rica en el barco

"Amadis" hacia Santiago de Cuba, con el objeto de invadir la isla. La expedición marchaba del

puerto de Fernandina, en Florida. En el barco "Baracoa" iban Serafín Sánchez y Roloff. En el

"Lagonda", Máximo González y José Martí. Pero este plan fracasó por la denuncia y malignidad

de Fernando López de Queralta.

Estaba listo para zarpar el "Lagonda", rumbo a Centre América, cuando el Departamento de

Hacienda de Washington ordenó la detención y registro del vapor.

Intentos fallidos, como se desprende, que implicaban doblamiento de trabajo.

Se acercaba el arranque de la rebeldía. Independencia o muerte, el dilema. Martí aprontaba lo

necesario, sin tardanza. El tiempo, breve. Martí veíase obligado a nuclear la revolución, a ratos

desmigajada. Tenía que descabezar intrigas con frecuencia. Desdenes de ánimos

matusalénicos, innoblezas del adversario, le cercaban. A veces era conveniente atemperar a los

atribularios. Algunos sujetos sobrado injustos le acusaban de sonador. Precise era trasladarse a

todas partes. Pensar a escape. Cablegrafiar, en clave, al vuelo. Y darse prisa en el desempeño.

Estar presente allí donde surgiera una dificultad o una felonía de cualquier descastado. En su

taller de almas, no cabían quietud ni descanso: la obra se fraccionaba. Dentro de plazos

improrrogables, Martí, sopesando sus responsabilidades, esforzabase por imprimirle dinamia,

unidad y eficacia a la insurgencia en gravidez.

Para hacer el bien, a cada paso se encuentran dificultades entre los mismos que van a disfrutar

del beneficio. Se oponen a la libertad los que dejaran de ser esclavos. Martí conoció este

encrespamiento de obstáculos, residuo de ignorancia, de ruindad. ¿No intentaron envenenarle

con falso vino de coco, dos infelices? ¿No le traicionó Queralta?

Sarmiento, profundizador de la sicología de estos países nuestros, manifestaba que no se

renuncia a la lucha porque en un pueblo haya millares de hombres egoístas que sacan de él su

provecho; indiferentes que lo ven sin interesarse; tímidos que no se atreven a compartirlo;

corrompidos, en fin, que conociéndolo, se entregan a el por inclinación al mal, por depravación;

siempre ha habido en los pueblos todo esto, y nunca el mal ha triunfado definitivamente.

En febrero de 1895 estallo la revolución en Cuba. Los emigrados principiaron a tornar, en sigilo,

al suelo nativo. Les congregaba el clarín de la grande hazaña. Soberbio, aquel regreso de

hombres que llevaban la honra de su país. Martí remitió a Maceo seis mil pesos, para que se

embarcara con sus bravos, en una cáscara o en un Leviatán, pues urgía su contingente. La isla

estaba en guerra. Martí encareció abandono de todo; menos de la idea de subir al tren y mar.

Los ciudadanos residentes en San José debían bajar a la costa. A Julio Lassús, cubano

empleado con puesto importante en la aduana de Puerto Limón, se le mandaron en tres cajas,

veinticinco equipos.

De antemano Martí aconsejó a Maceo: "La tarea de Ud. por allá (Costa Rica), fuera de tener bien

escogido el puerto y los detalles de llegada de la embarcación, será tener los hombres

preparados, y sin salir del trabajo hasta el instante último".

Antonio Maceo y sus hermanos, Flor Cronbert, Valdez y Rodríguez se embarcaron hacia Cuba,

Marchaban veinticinco independizadores.

Revolución que aspira al bienestar de todos, es revolución que acendra. Rebeldías de esta

índole germinan en corazones divinos. Arrancan de cuajo árboles de crueldad, de iniquidad. Son

arados cuya esteva se adentra, ¡varios codos!, en la tierra; se quiere gleba nueva y nueva

simiente. La siembra es proficua, con abono de sangre de mártires. El planeta siente, en su

entraña, una renovación vital. ¿Quiénes se oponen a estas agitaciones saludables? De los

redentores,¿cuales abominan? Los que nacieron para malquerer. Los que son sombra de una

sombra; garra y demencia. Demencia de hachas. ¡Picaras hachas! Bribones! ¡Vergüenza sois de

todas las latitudes, de todas las razas!

La América que esperamos, —aclara Reyes, no sin razón—cuando brote de cada uno, habrá

brotado al mismo tiempo de todos.

La corpulencia del pensamiento designa un rumbo: unidad varonil para la vida de la honra.

Revolucionar, —jóvenes visionarios en crisálida,— es disponer una sucesión de amaneceres, en

lo porvenir. Aire, espacio, patrimonio de destellos, para el futuro de los que deben heredar, de

sus mayores, recaudos de virtud, y ejecutorias, muy diáfanas —como el éter del señorío de los

dioses— de Pundonor.

En el triunfo no improbable, ya Martí hacia ante sus conciudadanos juramento de desinterés.

Pasada la guerra, cuando disfrutaran sus coterráneos de los atributos de la Republica, el, con

religiosa ansiedad, educaría al indio, instruiría al guajiro. El Versos Sencillos -1891,— quería

echar su suerte, "con los pobres de la tierra". Contestaba: ¡Bajarse hasta los infelices y alzarlos

en los brazos! En La Edad de Oro —1889— al igual de Amicis, brindo su primicia a los niños de

la escuela. El proclamo: "Se han de reclutar soldados para el ejercito y maestros para los pobres:

Debe ser obligatorio el servicio de maestros, como el de soldados: el que no haya enseñado un

año, que no tenga el derecho a votar". Rodó afirmaba que nacionalidad que soñaba Martí era

libertad, era superioridad, era paz; pero era también inteligencia, cultura e idealismo. El pensar

rodoniano es exacto, si ahonda la vida martiana Solemnemente rechazaba la designación de

presidente de la Republica, como recompensa: de sus desvelos. Martí, con probidad, se opuso a

los ofrecimientos. "La patria necesita sacrificios, —reflexionaba—. Es ara y no-pedestal. Se la

sirve, pero no se la toma para servirse con ella".

Sometíase a disciplinas aceradas. Se adelantaba, así, a prejuicios y malquerencia Entraba en la

contienda, libre de pasiones. Su predica, pues, asentada sobre rectitud. Sus actos, frondosos de

hombría de bien. Su obra, pulida por el sufrimiento. En tal fragua se plasmó su vida procera.

Casqueado de fe. La duda o la malicia de los otros quizás le exigió todavía más. Sin embargo, la

posteridad le cobijo con todas las banderas, y en la misa de libertad, se levantan plegarias que

reverberan en su memoria. No en vano la poetisa chilena le compara con Ezequiel, el profeta

que crepita. Y Ventura García Calderón le llama el último santo de la libertad. En Cayo Hueso las

tabaqueras cubanas, para despedirle, le regalan una cruz de plata. En ella estaba el sentido de

la vida de Martí.

Once de abril de 1895. Picado estaba el mar como una catilinaria de Montalvo. Martí saltó en la

Isla. La noche había contado sus cuatro primeras horas. Le acompañaban cinco patriotas.

Avanzaron a pie, con gran carga de parque, hamacas, medicinas, un saco con queso y galletas.

Subieron espinares. Atravesaron ciénagas. Corría un recio temporal. Caminaban sobre lomas

resbaladizas y pendientes de breñas. De pronto, encontraron hermanos. Encendieron hachones.

A la luz de aquel fuego, a distancia, ellos se veían igual a mosquillos en pecho de hombre. Ríos

a la cintura; jolongo al hombre; revolver y machete al costad Dormía en cuevas, en los montes

de Baracoa; o encuclillados, al abrigo de árboles. De almohada, la capa de hule. Comían

plátanos asados, frutas, miel de abeja; a veces, gallina entonada. Para almorzar, volcaban un

taburete y se sentaban dos revolucionarios. Edifican hermandad. Martí lucía su traje de guerra.

Es decir, sus ropas de fiesta. Pantalón y chamarreta azul, sombrero negro y alpargatas. En

ranches de yaguas él curaba al herido y enfermo, cuando había tregua en la pelea. Antonio

Maceo y Flor Cronbert y Cebreco iban adelante. Desembarcaron el primero de abril. A las dos

horas de estar en tierra, combatieron con bravura, en la manigua, y diezmaron las filas

contrarias. En los fines de ese mes, Flor cayó atravesado de un balazo en el pecho. Capitán

general de Cuba era Arsenio Martín Campos.

Martí, entrañado con su destino, le tomo el pulso a la Hora.

Nos imaginamos este dialogo, esculpido en llama:

— Marchemos a la victoria compatriotas.

Y los soldados:

— Tú a la gloria, Martí.

Y placentero:

— Vamos a morir.

El Maestro, prodigioso de visión:

— Para vivir.

En efecto, en el crisol de la muerte se funde la Inmortalidad.

El 19 de mayo, en Dos Ríos, cesó la latir el corazón de José Martí. Bala española segó sus días.

Poco antes había hablado a los defensores de su patria, en Vuelta Grande. Le acompañaban

Máximo Gómez y Bartolomé Masó, "Quiero que conste —fueron su palabra— que por la causa

de Cuba me dejó clavar en la cruz. Expiro en la vecindad de un matoja. Casi en brazos del joven

Ángel de la Guardia, a unos veinte metros de las tropas enemigas, comandadas por Ximenez de

Sandoval. Al morir tenía las pupilas azules... Bordeaba los cuarenta y dos años. Otro grande de

América, Bolívar, al desaparecer frisaba con los cuarenta y siete.

En pasaje espumado de una crónica colonial, se cuenta que un rayo, al caer sobre una ermita,

en el frenesí eléctrico fundió la cruz que se levantaba en sus más erguida torre, dejando intacto,

con pasmo del villorrio, el soporte de madera. ¿Por eso termino el signo de hierro? Sí para el ojo

terreno. Afirmativa es la respuesta del que considera imprescindible lo que se palpa. Sin

embargo, la cruz continúa girando en el Cosmos, en la perennidad del arrebato. Martí,

sacrificado en el estrépito de una porfía, sigue revibrando en el hondón de los siglos.

Aquella muerte, como haz de truenos, perduró en los imperios del dolor. Seguramente se

ocultaron las estrellas cual si los Ángeles las hubiesen recogido con bolsa de cazar mariposas,

para recibir, en plenilunio de dulzura, al cruzado que llegaba, hecho poema, de la Tierra. Subió a

Dios por la compasión y por el sufrimiento, expreso la voz rubénica.

Héroes y propulsores de mucha nota, voluntades cimeras, sin duda, condujeron a su culminación

la autonomía de Cuba, pero solo Martí, de estirpe atlántica, en el prodigio del designio, fue el

genio de la gesta heroica. El tenia a su cuidado esta cosa maravillosas: El destine de su pueblo.

Él asumía las responsabilidades de la Hora. Sustancia de los anhelos, jugo de las ideas, en

Martí. La Madre América, en su corazón. En el espíritu había trasfundido savia del Continente;

trasmutando alientos de la raza. Espejo ustorio que reconcentro rayos del patriotismo suficiente a

reducir a pavesas una nave de esclavitud. Apretujado de ordinario por urgencias del instante,

supo de arideces de la brega. Sin embargo, al cabo dificultades y agresiones se curvaron a sus

plantas. Estaba escrito. Algo estelar, dentro de Martí, le hizo triunfar de tanta ceguedad. Ese algo

que impone un ritmo a la vida, que orienta el proceso de la humana especie, que gobierna el

impulse de las esferas.

Con el transcurso de las décadas, la figura de Martí alcanza mayor magnificencia, hasta donde

se remontan las líneas y parábolas de la superioridad humana. Magno, el Mago. En él se aúnan

valor inteligencia, estudio, pureza. Para el negro tiene palabra balsámica; al indio quiere

alfabetizarle, estimularle en la vorágine de la civilización; al oprimido, exprimido y deprimido, da

su pluma, su verbo, su brazo. Idea obsesora mantiene sus entusiasmos, atiza la hornilla de sus

afanes. y entolda, en horas de ardor y de aspereza, con palmas, con palmas sonreídas de

viento, la avenida de su ansiedad. Desea la independencia de su país. La Isla con alas.

Fomenta, a su vez, la autonomía de Puerto Rico. En su oportunidad, las Antillas menores serán

libres. Es patriota; pero es ante todo americanista. No aconseja la anexión de Cuba a la

Hermana Mayor. Los pueblos de América son mas libres y prósperos —expone— a medida que

más se apartan de los Estados Unidos. Predica sin descanso su Inquietud, que es propósito de

sus compatriotas. Debe irradiar en su plenitud, el sueño libertario. En la vida, el pecho ancho. En

prosa desmelenada propaga su doctrina; en frase de sol, la pregona Ambula de pueblo en

pueblo. Le oyen Norte América, México, —fue en esa tierra tan amada como el para ella

amante,— Costa Rica, Guatemala,— robusta y próspera,— Santo Domingo Venezuela,— urna

de glorias,— Panamá. A golpe de palabra y a fuego de idea se abre campo al decir de Darío. No

turba con actos ni impresiones la paz del pueblo que le acoge. En los Estados Unidos organiza

centres. La colonia cubana —animadora de fábricas y talleres— contribuye a la causa. Es cónsul

de la Argentina, del Uruguay, del Paraguay, en Nueva York Y continua en su campana. Y

renuncia a estas posiciones, cuando el deber se lo prescribe. La obra esta en gestión. Los

bronces que agita Martí en América resuenan en su Cuba. "Libertad, libertad. Los que te tienen,

¡oh, libertad!, No te conocen — expresa el Apóstol—; los que no te tienen, no deben hablar de ti,

sino conquistarte".

La revolución nació a fulgor de sonrisa. Fue florón de luz, en cumbres de la conciencia La

revolución, alzada sobre corazones, avanzó a ojos vista, con aplauso de las fuerzas cumbres de

América. Un ideal embellece una época. Impregnada del movimiento cívico queda la edad. A su

tiempo, los machetes relampaguearon de justicia; las rancherías vistiéndose de oriflamas; de los

bosques salieron libertadores, de cabellera selvosa, barba al pecho, ufano el porte. Batalladores

de redención. Les concitaba una voz de bien. Vibro Cuba, al unísono. En los estribos, el pie del

guerrero.

Un incendio de comunes aspiraciones cubrió de lampos de Isla.

Heroicidad y fiesta, en la Era epopéyico.

¡Rugidos, en la Antilla!

Cuba, a la postre, resultó pequeña para la obra de Martí. Independizador que pidió espíritus en

apoyo de su empresa; que desde el ostracismo echaba a volar un beso que llevase el mensaje

de su fe a las mentes comprensivas del mundo; que reventaba en rosas para e hermano pobre,

descalzo y bueno; todo aroma en el querer y todo llama en el realizar, que supo morir en la

demanda con la fidelidad de sus principios, y vivir, por siempre, en el troqué —diamante y

maravilla— de su probidad; Tiene por pena el regazo americano; por dosel, la infinitud de los

espacios.

José Martí —Llegaba apenas al linde de los dieciocho años—durante su prisión impuesta por el

gobierno que regía en su tierra, arrastro grilletes. De estos, su madre hizo construir una sortija de

hierro —de hierro era el recuerdo— que conservó Martí hasta su último segundo, en Dos Ríos.

El anillo, que representaba esclavitud, en la sombra y en la sangre del régimen que se

gallardeaba en la Isla, a la muerte del Libertador se transformo, al mandato del conjuro, en leve y

dilatado aro con alas que elevo a Martí vestido de gloria, a alturas de Armonía, de Silencio y de

Serenidad.

¡Luz eres, y en luz habrás de convertirte!

En la capital azteca, según ultimas referencias, Martíhizo la traducción de Mis Hijos de Víctor

Hugo, publicada en México —1875— en la "Revista Universal". También Misterio, novela de H.

Conway, 1886, en Nueva York. Nociones de lógica, por W Stanley Jevons y Ramona, novela de

Hellen Hunt Jackson, 1888, New York. D. Apoleton & Cia, editores

______________

1) En la capital azteca, según ultimas referencias, Martíhizo la traducción de Mis Hijos de Víctor

Hugo, publicada en México —1875— en la "Revista Universal". También Misterio, novela de H.

Conway, 1886, en Nueva York. Nociones de lógica, por W Stanley Jevons y Ramona, novela de

Hellen Hunt Jackson, 1888, New York. D. Apoleton & Cia, editores.

José Martí, Escritor

Roberto Brenes Mesén

Prologo a la edición de los Versos de Martí, Colección Ariel, García Monge editor (San José,

Costa Rica, 1914).

Roberto Brenes Mesén (1874-1947), nace en San José. Recibe su diploma de "Maestro Normal"

en 1892. Parte a Chile en 1897 donde ingresa al Instituto Pedagógico de Santiago. Inicia

estudios de filología, sicología, pedagogía y latín. Por esta época mantiene relaciones epistolares

con Darío. De regreso a Costa Rica se desempeña como profesor en varias instituciones e inicia

labores periodísticas. Fue secretario de Instrucción Pública, embajador de Costa Rica en

Washington y profesor de español en instituciones universitarias en ese país. Entre sus obras

destacan: Gramática histórica y lógica de la lengua castellana, La Voluntad en los

microorganismos, folleto de Critica Religiosa: Piedra de Escándalo y la Solicitación. Con su obra

se inicia el modernismo en Costa Rica. Declarado Benemérito de la Patria.

Héroe, quede para un Plutarco, para un Gracian, para un Carlyle de Hispano América.

Poeta, venga a mí porque así le amo; porque cada poesía suya es palmera en flor y árbol de

sándalo para los bosques de mi alma; porque es despenado torrente de sierra su niagarada

elocuencia; porque es plata de manantial en valle, bajo el rumor del álamo, la voz de su Piérides

encantada; porqué un genio bello, en arreos de arcángel, guarda a la puerta del edén de su alto

Meru, sagrado y sellado para pies profanos, la entrada a los más; y a poder de impetrar y de

imprecar, benigno me ha sonreído el genio y me ha conducido hasta la fragua de oro, en donde

a luz y a ritmo, elaboro Martí la forja de su gloria.

Poeta, venga a mí, porque fue oda a la libertad su vida, y canto heroico su morir en campos de

batalla. Amó el galope de relámpagos de su pensamiento, y la glorieta galante de su amor en el

jardín de sus reposos.

Y cómo así le admiro y así le amó, así le estudió.

I

Ha corrido fogosa, dolorosa, angustiosamente su existencia amarrada con los eslabones de

bronce de su poderosa voluntad, a las crines rutilantes de un Ideal en fuga. No vuela una tarde

junto a Martí sin regar desde su altura un trinar de esperanza en la redención de la Isla. La vida

suya, como la magnética aguja, solo se inclina, con los brazos abiertos, hacia una palma, sobre

la palma, hacia una estrella y sobre la estrella, hacia su cielo. Como el tallo del banano, todo

saturado de agua, así el alma de Martí, toda saturada de patria, como de un perfume divino que

pervade cuanto pensamiento reverdece en su mente y cuanta palabra enflora sus labios. Por

donde quiera —que no sea la patria— es pálido el cielo y turbio el mar, y sin rumor la playa, y sin

majestad la palma. Solo el hombre es su hermano en todos los sitios del mundo. Solo son bellas,

sobre el orbe de la tierra, la Humanidad y la libertad. No es como la Venus de Milo, manco su

Ideal. Abraza, madreselva en olorosa flor, a Cuba, y a la América, y al mundo. Su abrazo es de

amor para su patria porque "solo las flores del paterno prado —tienen olor! Sólo las ceibas

patrias—del sol amparan!" ("Hierro" en Versos Libres). ¡Su amor no es para mujer. "Oh verso

amigo, —muero de soledad!, de amor me muero!— No de amor de mujer; estos amores—

envenenan y ofuscan... Es de inefable —amor del que yo muero, del muy dulce— menester de

llevar, como se lleva —un niño tierno en las cuidosas manos, —cuánto de bello y triste ven mis

ojos". (Id. Id.) Es Martí galante; para él, fragante y encendida rosa de premio y laurel de triunfo,

es una frase de mujer. De Heredia, dice: "Cuando pasa él, las cabezas hermosas se juntan y

dicen bajo, como él más dulce de los premios: ¡Ese es Heredia!". Ese es, para el amor, ¡Martí!

"Se de brazos robustos —blandos, fragantes;— y se que cuando envuelven —el cuello frágil,—

mi cuerpo, como rosa —besada, se abre— y en su propio perfume —lánguido exhalase". Hay un

temblar de plumas en las despiertas aves de su alma. Pero váyanse los brazos fragantes para

que inocentes brazos de lino encollaren su cuello: "Lejanos de mi por siempre,—brazos

fragantes!" Las ascuas de lo heroico purifican el alma donde se encienden. Cuando, como

llamas de incendio, se levanta en nuestro pecho un grande y luminoso amor de patria, gloria, o

ideal, fúndense los metales ruines de los amores sin alas. Así Martí; por unos infantiles brazos

Males deja los redondos, fragantes brazos, y porque aten la armoniosa torre de su cuello brazos

de patria en libertad, él deja en el azul de la bandera la luz de sus ojos; y entre las canas

quejosas, el acento de su voz; y en las aguas del rió, sangre de su vida.

Invisible casco de luz, cayéndole de lo alto de supremo entendimiento, le apoloniza el rostro y su

viril belleza enciende y lanza saetas de amor. Martí llega, os habla y le admiráis. Pero mujer que

adora es, a veces, trasfiguración tan sólo de mujer que admira. Puesto que muchas le admiraron

no podríais pensar que pocas le amaron. Más él lleva embridada la majestad de su amor por

entre avenidas de ennoviados, virginales azahares, bajo la mirada casta del monacal respeto.

Busca, sin cruel anhelo, amor en la mujer, "porque el es la fuerza de la vida y su única raíz";

Porque cordial aplauso de inteligente dama es corona de laurel sobre las sienes; si de mujer que

ama, reventar de besos en los labios, como en la playa espumas.

Ama y nos lo dice: la trasfiguración del mundo amor la engendra; si os pinta trasfigurado el

mundo es que ama y callándooslo conviértase el Universo en arpa y en salterio para loar su

amor. Allí esta la maravilla del arte: la emoción sube cantando hasta el atalaya del alma, y

señoreando los horizontes de vuestra vida, se calla su nombre: siervos sois sin conocer al amo!

Leed la pieza XVII de Versos Sencillos: es prodigio tallado en jacinto, por su doble refracción de

la luz. Todo es Eva, os dice: pangineismo inspirado en el amor, que en la Naturaleza, como

disuelto, halla el objeto amado.

Y su pecho, grande, quiere hacerlo más vasto para recibir en el más hondas heridas, porque

entonces serán más hermosos sus cantos. "Pero guardaos de decir mal de mujer, Denostad al

tirano, vejad el error: no digáis mal de mujer, aunque muráis de su mordida" (Pieza XXXVIII,

Versos Sencillos).

Abrid para los ojos del alma de Martí el bazar de la más bella joyería; poned en urnas joyas del

corazón, y reliquias de la memoria, y camafeos en ópalos de en sueno: su certera mirada elegirá

la mejor: la mano amiga de un amigo sincero. (Pieza I, Versos Sencillos). Por encima del amor,

la amistad, que es de oro más puro que el amor. 'Tiene en los montes su abrigo el leopardo y la

mushmé su cojín de arce del Japón, tiene el conde su abolengo y fontana en su jardín el

presidente: Marti tiene un amigo" (Pieza XLIV, Versos Sencillos). Cultiva la blanca rosa para el

amigo franco y para el cruel que le atosiga el corazón, cultiva la rosa blanca (Pieza XXXDC,

Versos Sencillos).

¡En donde hallaréis alma mejor? Rosas para el amigo, para el adversario rosas; rosas para él,

porque nos cine, con valladar de zarzas, el sereno y oculto sendero hacia lo alto. Él sabe, porque

lo tiene visto, que el águila herida tranquila se remonta al cielo mientras la víbora, en el cubil, de

su propio veneno muere. (Pieza I, Versos Sencillos).

¡Ni le habléis de penas! Mientras haya montes que escalar y no haya purificada el fuego lo que

puro tiene de ser, no le habléis de sus penas! la servidumbre del hombre es la gran pena del

mundo! Y este inmenso amor del hombre cubre el abierto horizonte de su vida, como descogida

cauda de cometa, y le pone triste, cuando tras el ensueño de su hijo, cruza las roncas aguas del

mar, porque en los mares que nadie puede derramar su sangre; los cielos y los mares ya no

tienen esclavos.

De las ricas y nobles canteras de su alma, parte el oro de un sentimiento de amor para todos los

seres humanos y cava en las vetas de diamante para verter sus fulgurantes aguas en las

inteligencias humanas. No hay un solo generoso sentimiento que no haya encontrado vibrante su

corazón, como una cuerda de lira; al que no haya prestado su lengua la más noble expresión.

Rayo de sol, un rasgo heroico se le entra por los ojos hasta el manantial de las lagrimas. "Un

anciano de setenta y tres anos, que ya había peleado por su patria diez, vino a decirme: Quiero

irme a la guerra con mis tres hijos. La vida seca las lagrimas; Pero aquella vez me corrieron sin

miedo de los ojos". Es que para el oído de Martí, el gentilísimo timbre de lo heroico tiene el

mismo dulcísimo timbre del amor de la patria. "Nosotros, —dice—no sabemos si es bella la vida.

Nosotros no sabemos si él sueño es tranquilo. “Nosotros solo sabemos sacarnos de un solo

vuelco el corazón del pecho inútil, y ponerlo a que lo guié, a que lo aflija, a que lo muerda, a que

lo desconozca la patria!" Es en ese pecho estrellado, tan hondo su afecto por la patria que para

hablar de ella quisiera hacer de las palabras entrañas. "¿Con qué palabras, que no sean

nuestras propias entrañas, podremos ofrecer otra vez a la patria afligida nuestro amor, y decir

adiós, adiós hasta mañana, a las sombras ilustres que pueblan el aire que esta ungiendo esta

noche nuestras cabezas?" Un gran pintor, para modelo de un dios, le pide el hijo: "Para eso ¡no!

¡Para ir, patria, a servirte los dos!... ¡Hijo, por la luz natal! Hijo,! Por el pabellón!... Vamos, pues,

hijo viril: —vamos los dos: si yo muero, — me besas: Si tú... ¡prefiero— verte muerto a verte vil!"

Y cuando con aldabón de plata sonora vienen a llamar a su puerta los honores, el no piensa en

lo grande de la honra, ni en la mujer que le adora: él piensa en el humilde artillero, en el soldado,

en el obrero, piensa en la tumba desierta.

Su ideal inmediato es la liberación de un pueblo; con eso suena, por eso trabaja, habla, escribe,

batalla; por eso también muere. Ningún caballero mas hidalgo, ningún soldado mas resuelto,

ningún orador más elocuente, ningún poeta que mejor haya vivido la noble vida de su poesía

heroica. Canta el amor de la patria, pero a ella le consagra la vida; celebra los mas nombres

sentimientos, pero con ellos ha construido el marco de su existencia. Martí no escribe poesía, es

poeta Martí: piensa, siente, vive poeta.

Recorro a mi sabor toda la extensión de su alma. Allí encuentro las montañas como pliegues del

manto colosal que un gran dios, remontándose al Empíreo, dejó sobre la tierra; allí la estrofa se

columpia en la mar o sube, como virgen con su cesto de rosas, por escala tallada en arpegios,

hacia la nube flotante; allí esta sonriente, la admiración, tejiendo coronas para los triunfos

sagrados; allí la amistad, enjugando el llanto del amor; allí la elocuencia encendiendo el fuego

divino en el altar de la patria; y todo esta en claridad y en día, porque no existe en esa alma,

vasta para contener montañas y tempestades de mar, un solo rincón sombrío, ni taciturna

venganza, ni odio con mirar de soslayo. Todo franco, todo del fino acero del valor heroico; sí

delicado, como de piel de rosas.

El torrente del amor, despenándose en cascadas sucesivas sobre su alma, la dejo empapada,

como para una gran siembra de laureles y de olivos, como para una ideal cosecha de inmortales

flores. Solo no amó el amarillo rey de los hombres: "Yo he visto el oro hecho tierra—barbullando

en la redoma—prefiero estar en la sierra—cuando vuela una paloma". Y dísele al hijo: "Más si

amar piensas— el amarillo—rey de los hombre,—¡muere conmigo!— ¿Vivir impuro?— ¡No vivas

hijo!” Y pensar que su elocuencia de fuego, fundiendo áureas vetas avaras, troquelaba todo el

oro necesario para fletar de pechos y pertrechos los barcos de la revolución!

Pero amó demasiado la libertad del alma, para comprometerla en un concubinato con el oro. "La

libertad —dice— pone alas a la ostra". "Levantaos, poetas, porque vosotros sois los sacerdotes.

La libertad es la religión definitiva. Y la poesía de la libertad, el culto nuevo. Ella aquieta y

hermosea lo presente, deduce e ilumina lo futuro y explica el propósito inefable y la seductora

bondad del Universo.

Como todo gran poeta, mondando las cosas de la tierra ha descubierto, como en el cuarzo el

oro, lo espiritual imperecedero. "Y el poeta esencial y absoluto —dice— en la visión de la

espiritualidad superior, padece suavemente, como la mirra del incensario, y se da al aire repleto

de vida, a que lo lleve."

Como gran poeta, el también intuyo la honda significación del dolor y dice: "Cada pena trae su

haz, con qué se nutre la hoguera de la fe en lo espiritual y venturoso de la vida culminante del

Universo, adonde todo asciende por la prueba, y de que es esta vida mere retazo y áspero

preparativo..." "Porque el que renuncia así, y se doma, entra desde esta vida en un goce de

majestad y divino albedrío, por donde el espíritu, enlaza con el Universo, pierde la noción y el

apetito de la muerte".

Esta noble vida de Martí por la tierra cruzó cargada de aromas, como de especias y de resinas

del Oriente las viejas naves portuguesas, para quemar en homenaje teúrgico a los divinos

hombres. Porque él concibió el Homagno, el Homo Magnus, el Superhombre, el gran visionario

que trasciende todas las cosas, todas las formas, todas las épocas. La bella y colosal cabeza de

la Creación la toma en sus corpulentas manos y la interroga acerca de sus grandes misterios.

Pero es su espíritu el que interroga al Numen celestial, de ojos de sol y respiración de océano.

No es la forma humana la que levanta su palabra, como no es el aljibe el que refleja y canta, sino

el agua del fondo, el espíritu eterno, el habitante celeste en la mansión de carne, el remero divino

dentro de la efímera barca, singlarte por el rió hacia el mar. Homagno pregunta a la Creación y la

respuesta, anclada en un puerto de silencio, no llega; el sol se ciñe con lentitud la banda

luminosa del zodiaco y la Creación, como dormida bajo un cielo de maravillas, no murmura con

sus mil lenguas de prodigio la respuesta: la bella durmiente solo contesta en la soledad de la

cámara mas recóndita del escorial del corazón.

Cuan portentosa visión la de Martí: clavo su Homagno de prometeica majestad sobre una roca

que no mide mas allá de ochenta versos. Toda la evolución os la da en una solo: "Pez que en

ave y corcel y hombre se torna" y en otro os da todo el martirologio de los grandes: 'Todo el que

lleva luz se queda solo". Grande el mismo, pidió a su madre y el yugo para, empinándose

encima, lucir sobre mas alta frente los resplandores de su estrella.

II

"Cosas divinas dicen los poetas, pero no saben lo que dicen", es la bellísima expresión platónica

para describir ese lanzarse de cumbre de la mente del poeta en frenesí a la región en donde

flota, simiente rubia, el pensamiento excelso destinado a nutrir almas dilectas. Hay un mundo

olímpico, de luz elíseo, adonde los numero, amorosos de los hombres, descienden para

conversar con las mentes humanas, por escala de inspiración llegadas a tan limpia altura. Ellos

son, por eso, los portadores de la luz celeste entre los hombres; son ellos los sembradores de la

simiente rubia que enflora de belleza el campo donde la humanidad se agita. Pero hay poetas

que saben lo que dicen, porque parece que guardaran, como reflejo ondeante sobre las aguas

de la mente, memoria de aquel rapto, de deslumbrante amarillo, como un recuerdo de bambú.

De tales poetas fue Martí. Miró la visión pasar y la emoción soltó sobre aquel noble pecho, su

temblorosa cabellera de color de cana; Martí no se dejó vencer. De su mirar la sutil sonda bajo

hasta el fondo de los ojos de la emoción temblorosa y le descubrió el encanto; con el se

entretejió su estética.

No hay una estética; cada alma de artista posee la suya construida sobre las mismas bases de

su personal filosofía, cuando en el artista, como en Martí, conjugase la fantasía con un exquisito

discernimiento de proporción y de euritmia. Como en la constelación de Andrómeda, cerniase en

el alma de Martí una estrella doble: su fantasía y su don de síntesis, girando, como subyugados,

entorno de su espiritualismo uranio.

Si para Argensola tan solo fueron las del amor las glorias ciertas, para Martí "no hay más gloria

cierta que la del alma que esta contenta de sí". "Un sentimiento como de familia, —dice— vago y

feliz, y una claridad excelsa y tenue, suceden a la duda rudimentaria, el pueril descontento, o la

satánica turbulencia: se va por entre voces, luces e himnos: como los lirios del campo se abren,

a un sol invisible, el espíritu enajenado; y a los acordes, espontáneos y continuos, de la lira

universal, ora graves y lentos, ora estridentes y retemblando de pavor, pasan, exhalando alma,

los ordenes del mundo". Y cita con deleite estas frases de Walt Whitman: "Vosotros sois los

primeros, dice a los científicos; pero la ciencia no es más que un departamento de mi morada, no

es toda mi morada; ¡qué pobres parecen las argucias ante un hecho heroico! A la ciencia, salve,

y salve al alma, que esta por sobre todo la ciencia". Y del poeta Sellen, con opulento encomio

cita: "Cree Sellen en Preexistencia, poesía famosa ya en castellano y en inglés, que en otra vida,

que no sabe cuál fuese, ensayo esto: la palabra es inútil para explicar lo que solo se percibe con

el alma". Y siempre refiriéndose a Sellen, escribe: "Plumas de ave, del paraíso tienen sus

estrofas, cuando canta el universo permanente y radioso". "En todo existe un alma": "La nota de

una canción olvidada revela al alma su existencia anterior". "La vida va del Sol al átomo, y del

hombre a la estrella". Es vida todo, y luz, y movimiento" Mirad como distingue la mente

instrumental del espíritu inspirador, que, como globo cautivo, se cierne en las alturas, atado por

un hilo a las manos del hombre en la tierra: "Lo que se deja para después es perdido en poesía,

puesto que en lo poético no es el entendimiento lo principal, ni la memoria, sino cierto estado de

espíritu confuso y tempestuoso, en que la mente funciona de mero auxiliar, poniendo y quitando,

hasta que quepa en música, lo que viene de fuera de ella."

Martí ha puesto el oído atento en la tierra y en la roca, en el árbol y en el mar, y escuchó las

palpitaciones del corazón de la vida en la tierra y la roca, en el árbol y el mar. Por eso las cosas,

en su presencia, se animan. Algunas con terrible majestad, como esta: "Piafaba aún, cubierto de

espuma, el Continente, flamígero el ojo y palpitantes los ijares, de la carrera en que habían

paseado el estandarte del sol San Martín y Bolívar: ¡entre en la mar el caballo libertador, y eche

de Cuba, de una pechada, al déspota mal seguro!" En otra parte: "Desbocara el verso, o lo

tremolara, o lo plegara al asta." Mas lejos: "No es él, no, de los que echan a andar un

pensamiento pordiosero, que va tropezando y arrastrando bajo la opulencia visible de sus

vestiduras regias." Allí donde cae el mediodía de su mirada allí se levantan, sonantes, las

palmas de Cuba, o se yergue, de entre las piedras, la indiada, o piafa, espumando, el palafrén

retinto, o parten, raudos, los cuatro lebreles de una ágil estrofa tras la saltante gacela de una

idea.

El Arte suyo es demiúrgico, porque cuando ha tallado en la cantera los cuerpos les infunde,

como si fuese un Elohim, aliento de vida y trascendente espíritu. Aquí esta el secreto de la

grandeza literaria de Martí. El otro secreto es su horror del lugar común. Su talento es de

elección, con plumaje de cóndor andino en las alas. Baja de tarde en tarde, como para espantar

la presa, porque como sabe nutrirse de sol, planeando al nivel de las cumbres, se hace una

existencia feliz. Y rara vez desciende al valle, como por temor del légamo.

Fijad con bruñido garfio delante de vuestra mente percha de la que cuelguen cuatro faisanes

emocionados, en espera de muerte; tal es la estrofa de un canto de amor en Martí; poned cuatro

quetzales bravíos, prontos a levantar el vuelo y esos serán cuatro versos remontándose a la

libertad eximia. Faisanes y quetzales, aves del paraíso y aves liras: en sus jardines encontrareis

todo eso, exquisito y nuevo; "Todo esta dicho ya -afirma- pero las cosas, cada vez que son

sinceras, son nuevas." Y fue su sinceridad la de su pecho y la de su lengua, al servicio de una

mente valerosa. Porque hay torvo arranque de valor en despedazar la cadena de una vulgar

asociación de ideas para construir con los rotos eslabones, pulidos y áureos, joya de

pensamiento nuevo, con novedad de la mujer amada que en su cuerpo estrena un traje o

trasparente sentimiento en su alma. Tiene Martí el valor del cambio; de allí su frescura de selva;

su poder de animación de las cosas, su novedad de expresión. "Para Heredia" —dice— "la

abogacía mana oro". "Ha desmayado luego y aun hay quien cuente, donde no se anda al sol,

que va a desaparecer." ¿Lo veis? No os da el lugar común, os dice, "donde no se anda al sol."

Su conocimiento de los clásicos hispanos le da el atrevimiento de sus trasposiciones: "¿Son

éstas qué lo envuelven —carnes o nácares?" "Mira estas dos, que con dolor te brindo— insignias

de la vida." "Aquella que me dieron, —de oro brillante— pluma a marcar nacida—frente,

infames."

La elipsis en manos de Martí es palanca poderosa: hacer saltar el verbo, pero también otras

palabras. Cercena en una frase un sustantivo o una preposición o la conjunción y monta, al aire,

dos fragmentos de la sentencia que le resulta nueva y clara, sin embargo: "Más si amar piensas

— el amarillo— rey de los hombre —¡muere conmigo! — ,¿Vivir impuro?— No vivas,!Hijo!" No

hay conjunciones ilativas, ni causales, ni finales. Ve directamente las conclusiones, las ideas

enlazadas intrínsecamente, pero sin ligaduras externas. Cuando nosotros columbramos la

relación de causa o finalidad u otra cualquiera entre dos miembros de un pensamiento, al punto

les echamos las esposas de una conjunción, para exhibirlos atados No así Martí. Por eso hay

firmeza y brevedad en su frase. La conjunción embisagra dos sentencias dándoles flexibilidad y

robándoles novedad, encanto o fuerza. "Rasgarse el pecho —vaciar su sangre— y andar, andar

heridos, —muy largo el valle,—roto el cuerpo en harapos." "Al viajero del cielo —¿qué el mundo

frágil? O da un salto a los preclásicos: !Mis ojos los mis claros ojos". Y torna al clasicismo:

"Surjan —donde mis brazos, alas". "Amó las sonoridades difíciles", afirma. "Recortar versos,

también sé, pero no quiero... cada inspiración trae su lenguaje". Y forja la imagen y vacía la

palabra también: "Homagno", "sensuoso" "perfumoso."

Por donde quiera el valor heroico del cambio que reclama, para cumplirse, ¡sabiduría¡ En los

escritores, el miedo del cambio, como en las amantes flageladas, inspira constancia, la pérfida

constancia del estilo que se convierte en tumba de indio con unas mismas ágatas; Unas mismas

obsidianas, una mismas hachas y una mismas flechas. !Alto el miedo! Y llamemos a consejo la

sabiduría y el buen gusto, que ambos pusieron, para hacer bellísimo el estilo de Martí, rutilación

de gemas y canción de mar, ecoada en palmas.

Pensad, vosotros, los que vais a leerle en las siguientes páginas, que subís a la Acrópolis de

Cuba. Allá abajo, en los Propileos, habréis visto otros hermosos poetas coronados por la

vírgenes amadas de los hombres; subid a la armoniosa Acrópolis y le hallareis a el, al poeta José

Martí, laureado por los dioses mismos.

Releyendo el espistolario de José Martí

Octavio Jiménez Alpízar

Es una de las "Estampas" publicadas en "Repertorio Americano", (1933,26 (19): 297-293, 20 de

mayo).

Octavio Jiménez Alpizar (1898-1979) nace en Guadalupe, San José. Abogado y notario.

Macaulay decía que para ser buen abogado se necesitaba: Viveza de imaginación, tacto,

ingenio, sutileza, elocuencia, trato de gente, y estas cualidades están en sus escritos firmados

con el seudónimo de Juan del Camino con el que escribid en "Repertorio Americano" su serie de

ensayos Estampas. Publico en 1918 Las cocínelas del rosal.

Marca de arcángel le puso el mundo a José Martí. Fue el suyo paso de arcángel por esta

América que estudio y amo para salvarla, decoro y libertad. “Ya estoy todos los días en peligro

de dar mi vida por mi pías y por mi deber —puesto que lo entiendo y tengo ánimos con qué

realizarlo— de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas

los Estados Unidos, y caigan, con esa fuerza mas, sobre nuestras tierras de América. Cuanto

hice hasta hoy y haré es para eso". Y al día siguiente, 19 de mayo de 1895, muere Martí en una

terrible acometida contra las fuerzas esclavizadotas. Muere Martí el arcángel de carne y hueso

que no tuvo reposo, porque fue de los americanos edificadores.

Sus cortos días de campaña sobre campos cubanos dicen al meditador que su grandeza es

diferente a la del hombre. El que organizó la empresa enorme de la Revolución pudo haber

buscado alero de seguridad. Pero habría sido prisión y vergüenza. No organizó de afuera sino

sacándose de su entraña fuerte la obra de redención. Necesitaba ir con ella a Cuba y enseñarle

el suelo de la patria en agonía. De la mano la llevo como guía y batallador. La puso en campo

suyo para que creciera y libertara. Días majestuosos de campaña. ¿Qué meditador lee los

relates de Martí contenidos en su epistolario y no siente la presencia del arcángel? Luz que

ilumina la batalla, una batalla de hombres feroces y sangrientos. De ella participa Martí. A eso

vino. Martí no se vuelve salvaje. Pide puestos para hacer blanco sobre gente enemiga. Y se

pregunta: "¿Cómo no me inspira horror la mancha de sangre que hay en el camino, ni la sangre

a medio secar de una cabeza que ya esta medio enterrada, en la cartera que le puso de

almohada un jinete nuestro?" Llevaba de la mano la empresa de la Revolución y no

ensangrentarse seria acabar con la empresa grande. Se ensangrentó Martí, pero fue en todo

momento superior al ambiente igualador. No cantaba superioridad alguna y se miraba inferior al

general adiestrado y al guerrero trajinado. Reconózcanle estatura y no ejercitaba imposición

sobre cabezas. Quería ganarse al hombre por el cariño.

Y se lo ganó definitivamente. Al hombre de la revolución de 1895 y al hombre de todos los

tiempos. Llevamos muchas noches de lectura de su epistolario de campana. Martí no ha puesto

atadura a su espíritu. Se leen y se releen estas cartas profundas. La evocación es clara: "Yo

escribo en mi hamaca, a la luz de una vela de cera, sujeta junto a mis rodillas por una pila

clavada en tierra". Escribe para alentar al cubano que necesita activo la Revolución y sin el cuál

la independencia no podrá conquistarse. Escribe y conmueve a través de los años. No hay

penalidades para José Martí cuando quiere despertar voluntades. Le toca llevar, hasta

desembarcar en costa pedregosa y apartadiza, el remo de proa que le llena las manos de

ampollas. Con esas manos sangrientas escribe. Para escribir son sus manos, pero no las retira

de la obra del sacrificio. Apenas se le han secado las ampollas y mueve la pluma para animar a

la población que debe ponerse a batallar: "Solo la luz es comparable a mi felicidad. ¡Ah!, Si me

vieran por esos caminos contento y bien cargado, con mi rifle al hombro, mi machete y revolver

en la cintura, a un hombro una cartera con cien cápsulas, al otro, en un gran tubo, los mapas de

Cuba, y a la espalda mi mochila con sus dos arrobas de medicinas y ropa, y hamaca, y frazadas,

y libros". Quiere infundir una inmensa fe. No cuenta para jactarse. No ha perdido su conexión

con los que han quedado fuera de Cuba atendiendo a lo material de la Revolución. Si su palabra

no llega él desanimo cundirá. Lo sabe Martí y en cuanto se pone "a la sombra de un rancho de

yaguas" escribe de él que es escribir del alma de la Revolución. Lo han visto organizándola,

sacándosela de su entraña. Lo que Martí diga será profecía. Y por eso Martí escribe. Nada se le

olvida con los dolores de la campaña. Cada epístola contiene la admonición oportuna: "Y a otra

cosa hay que atender. A la campaña primera española, la campaña política para reducir la

guerra a que hemos de oponer la habilidad enérgica adentro y Uds. afuera la resolución ferviente

y ostentosa de ayudar, sucederá con la ira del fracaso y el ímpetu de la desesperación una

campaña de fuerza ruda y corta a la que Uds. Allá han de estar preparados. Empuje contra

empuje". Es decir, Martí tenía el concepto cabal de la Revolución. Las acometidas las ordenaban

otros y el era unidad obediente. Pero ni la disputaban ni cedía el derecho de guardar la unidad

de la Revolución. Por esa unidad buscaba apenas acampaban lugar para escribir. No han de

verle flaquear los que por el se han agrupado en torno a la Revolución. Tampoco él es de los que

flaquean. La libertad por la cual lucha esta por sobre todos sus afanes. Lo ha predicado con

elocuencia y con sobriedad. Por esa libertad esta en la campaña vestido de "pantalón y

chamarreta azul, sombrero negro y alpargatas". Es active Marti y no hay ocupación que no lo

llame. La guerra exige al hombre muchas capacidades. Y Martí la tiene, porque es lo que

Gracian llama hombre de "universalidad de voluntad y de entendimiento". Para preparar la

Revolución ha tenido que preparar su vida. ¿En que no se ha adiestrado? De todo sabe para

poder escribir, porque de sus escritos vive en su andar de perseguido. En campaña cura y

cuenta su experiencia así: "Y han de saber que no han salido habilidades nuevas y que a cada

momento a la pluma, o dejo el taburete y el corte de palma en que escribo para adivinarle a un

doliente la maluquera porque da piedad o causalidad se me han juntado en el bagaje más

remedios que ropa, y no para mi que no estuve mas sano nunca. Y ello es que tengo incierto, y

ya me han ganado ni poco de reputación, sin mas que saber como está hecho el cuerpo humano

y haber traído conmigo el milagro del yodo. Y el cariño que es otro milagro". Para luchar por la

libertad abarco su vida un horizonte infinite. No estuvo esperando puesto ni se dio el de mayor

honor o el de ninguna responsabilidad. Todos los puestos estuvieron vacantes mientras el

luchaba. Porque para todos los puestos tuvo universalidad de voluntad y de entendimiento. La

unidad de la lucha sólo él la comprendía en su sentido profundo. De ahí que se aplique a la

variedad de los oficios. Cura al herido y al enfermo con acierto salvándole hombres a la

Revolución. Detalles que pasan inadvertidos para quien se asigna un solo puesto en una

empresa enorme, son familiares para el que fue la empresa misma. ¿Quién salvara al que cae

en la campaña? Y en la campaña atropellada para poderla realizar sin darle tiempo al colindador

de que la malogre. Martí será el médico para muchas maluqueras. La imprevisión no hará de él

nunca juguete. Por esto su obra tiene majestad.

Es majestuoso Martí en todos los detalles de su obra. En estos que nos va revelando su corto

mes de campaña por los campos de Cuba hay profundidad. El Martí guerrero es el que más

perfiles de arcángel tiene. Luz, luz hacia adelante y hacia atrás, luz por todos los rumbos. De su

corazón brota la luz que ilumina aquella lucha sangrienta por la libertad de un pueblo. Ninguna

de las atracciones abismales lo hace sucumbir. Martí es superior a todas las fuerzas satánicas.

La Revolución es su alma misma y sin embargo la Revolución no lo empequeñece. Le da sentido

y trata de matarle lo que haya en ella de instinto. Hacia él van los pensamientos de compañeros

y de subordinados. Lo exaltan reconociéndolo creador de aquella magna empresa. "Esta serena

afuera la noche de este día en que no vi el sol sino cuando las fuerzas formales quisieran oír

hablar al que, con un cariño que en esto rechazo Hainan el Presidente. Mi alma es sencilla. En

vez de aceptar siquiera en lo íntimo de la conciencia soberbia, este título con que desde mi

aparición en estos campos me saludaron, lo pongo aparte, y ya en publico lo rechace, y lo

rechazare oficialmente, porque ni en mi, ni en persona alguna, se ajustaría a las conveniencias y

condiciones recién nacidas de la Revolución".

Alma sencilla, es decir, alma pura. Entregado a una obra inmensa no siente que debe hacer en

ella sino trabajar en todos los rumbos. Ninguna pasión lo devora. Es por eso fuerte y de

universalidad de voluntad y de entendimiento. No quiere volverse jefe de un pueblo. Para hacer

mejor los hombres es que lucha. Ejemplo grande el de Martí. Despojado de pasiones, limpio,

visionario, es como entra a la Revolución. Y así quiere recorrerla. Cuando otros podrían sentirse

dueños de los mayores honores el no cree que deba aceptar otro honor que el de luchador

honrado. Alma sencilla en una empresa que ha sido siempre atropello de hombres desatados.

Con sencillez desembarca y se interna en la montaña dura. Con sencillez carga al hombro su

morral y su rifle y transita a pie. Con sencillez cura al enfermo y al herido. Con sencillez rechaza

la designación de presidente. El que tenía en sus manos todos los resortes de la Revolución, no

quiso mover ninguno que lo empequeñeciera. No veía en un horizonte próximo o lejano el mando

atrapado por sus manos. Ni siquiera atrapado por las manos de los guerreros y puesto

sumisamente, devotamente en las suyas. El mando como finalidad de una lucha es cosa

miserable: Es engaño. Es codicia. Es vanidad. Es pasión humana. Y Martí era arcángel y estaba

limpio de fauces.

Regó su espíritu por donde fue, y la empresa de libertad de su patria fue la que más lo recogió

para sustentarse y perdurar. No hizo obra quebradiza, porque no le nació el aliento de una

entraña empobrecida. Alejado de sus campos tuvo para ellos estudio y amor. No recogió

miserias mientras aunaba voluntades para la guerra. Comprendió que una guerra no es cosa

blanda, pero supo dar siempre el trato de justicia que los sucesos pedían. Tiene tiempo para

todos los oficios mínimos y grandes de la campaña. Es la voz de la Revolución y redacta y hace

imprimir lo que esa Revolución aspira. "La guerra debe ser sinceramente generosa, libre de todo

acto de violencia innecesaria contra personas y propiedades, y de toda demostración o

indicación de odio al español". Anda ya en plena campaña y hace saber lo que será la guerra

para un pueblo estropeado por el colonizador No vino a envilecer la vida de ese pueblo.

Tampoco acobardarle. Esta ennobleciéndosela y por eso le habla de una guerra generosa contra

la raza que viene ejerciendo conquista recia. Pero la lucha que es justa para el trato con el que

quiere malograrla, es severa contra el que la estorba y se confabula para acabar con ella y

perpetuar la esclavitud y el vasallaje. "Con quien ha de ser inexorable la guerra, luego de

probarse inútilmente la tentativa de atraerlo, es con el enemigo, español o cubano, que preste

servicio activo contra la Revolución. Al español neutral se le tratara con benignidad aun cuando

no sea efectivo su servicio a la Revolución". Culminación majestuosa de una lucha fecunda. No

es destrucción de un mando para sustituirlo por otro. Es obra de creación lo que Martí concibe y

realiza. No la separa de sus manos, no la deja a distancia del calor de su corazón. Mientras

ambula fuera de Cuba concibe con visión la empresa. Cuando llega a suelo cubano se trae esa

obra y por ella batalla hasta morir atravesado por las balas de un combate duro.

Evocación fina trae al espíritu devoto la lectura del epistolario de campaña de Martí. Devoción

por el prócer, que es decir devoción por el hombre que crea patrias para asiento de pueblos

dignos y decorosos. Martí es grande, es un arcángel este José Martí. Destruirlo seria acabar con

un guía supremo de la América nuestra. Cuando vemos como lucha un pueblo oprimido por

fuerzas de brutalidad y exterminio, cuando vemos como lucha el pueblo cubano contra la tiranía

del machadato, comprendemos que Martí esta inspirando la lucha. Por Martí crecen en la

rebeldía las generaciones cubanas. A Martí lo acatan y hacen de su obra la luz que es exterminio

de males. Cobijémonos bajo Martí y continuemos sus luchas. Apenas han empezado. Cambiaron

de amo los imperios, pero imperios brutales son siempre. En el aniversario de la muerte del

arcángel José Martí renovemos nuestra fe en su visión y en su sabiduría.

Palabras

Ulises Delgado Aguilera

Discurso leído en la ciudad de Orotina, el 27 de septiembre de 1945, al develarse el busto de

José Martí (En "Repertorio Americano", 1946, (13): 200 - 205,16 de Febrero).

Ulises Delgado Aguilera, en 1946 preparó su folleto La Patria es ara y no-pedestal, en

conmemoración del cincuentenario de la muerte de Martí. Fue visitador escolar en Orotina y San

Mateo durante los años de 1941 al 1944, publicó Maceo en Costa Rica (1969); director de

escuela en Santa Cruz, Guanacaste.

En nombre de la honorable Corporación Municipal y de mis distinguidos compañeros de Comité,

brindo a todos un cordial saludo y al mismo tiempo agradezco la destacada presencia en este

acto del excelentísimo presidente de la República; excelentismo Sr. representante de la hermana

República de Cuba; Excelentísimos señores secretario de Fomento, Educación y subsecretario

de Seguridad; gobernador de la Provincia; Sr. profesor Joaquín García Monge, editor del

"Repertorio Americano"; Altas autoridades docentes; jóvenes estudiantes de segunda

enseñanza, escolares y pueblo en general. Vuestra presencia da al grandioso homenaje que la

ciudad de Orotina eleva al máximo exponente de la liberación cubana, José Martí, solemnidad y

lucidez inigualada.

Al descubrir en esta mañana el mármol cincelado por el arte para ornar este pintoresco valle de

nuestra patria, se realiza un acto trascendental y significativo en la historia costarricense.

Vengo en este momento a rendir el tribute de mis palabras al hombre excepcional, al literato

revolucionario, al poeta sincero, al orador maravilloso, al hombre tierno y sonoro, grande y bueno

que despertó mi espíritu con las armonías de su joyante prosa, con los trinos melodiosos de su

exquisita poesía, con el amor inextinguible por la libertad y la belleza. Vengo como sacerdote

que debe oficiar ante el altar; sagrado de todos los americanos en el cual esta expuesto, en

santidad de democracia perenne, el apóstol Martí. Aquí está ese altar cívico en que habremos de

oficiar a diario todos los costarricenses. Está aquí para gloria de la ciudad de Orotina en

particular y de Costa Rica en general. El ha venido en vuelo directo de la Cuba de sus amores en

gira panamericana de bien común, tal como su espíritu generoso lo sintió muy hondo, cuando

romero por los caminos del sacrificio y del dolor, iba inmenso Quijote libertario, camino del ideal.

¿Su bagaje? Un libro, un arpa y un fusil: así emprendió su vía crucis actuando como maestro,

cantando como poeta y haciendo huir a los menguados forjadores de cadenas, al grito de

libertad o de muerte.

Acercarse a los grandes hombres no es fácil tarea. Es como acercarse a las grandes montanas o

a los grandes abismos; subyugan y atraen... Es que ellos son él centra de una periferia dilatada y

vasta, que todo lo acercan a la manera de los torbellinos: Causando estruendo; y a veces ese

torbellino es como el caso de José Marti, trueno permanente que indica en los cielos de América,

como sus hermanos Bolívar, San Martín y Roosevelt, el camino de los derechos del hombre.

Martí pertenece a la legión de los colosos y no todos pueden sentir el orgullo de poseerlos. Es

una personalidad continental que debe concebirse siempre en alto porque enaltece al que lo

evoca. Su palabra es síntesis de magnificencia y tiene vibración de alas y firmeza de raíces.

Cuando hablo, su palabra se proyectó en los siglos, sus sueños llenaron de potencialidad su

espíritu. La memoria de Martí es para la juventud un sanatorio espiritual; pronunciar el nombre

de este forjador de cantos de nuestro bello idioma, es decir genio y arte. Por eso se ha

considerado el gran hispanoamericano que volando en alas de la fama, es el príncipe de las

letras castellanas. El artista maravilloso del ritmo de la frase del verbo empieza hoy a conocerse

dentro de la trayectoria sublime de los grandes hombres del continente. Las trompetas y

tambores del patriotismo americano lo aclaman; las flautas y los pífanos del saber y del arte

resuenan victoriosamente. La obra variada y gigantesca, profunda y bella del inmortal vate

cubano quedó desconocida en el mundo al morir acribillado en la batalla de Dos Ríos.

Hoy, su cabeza esta hueca, sus labios están mudos, su mano esta deshecha, el apóstol y el

mártir reposa para siempre en la almohada eterna y en el inmortal silencio, pero nuestros

pensamientos llegaran como flores de gloria a despertarlo. Serán pétalos sutiles que

depositaremos sobre su tumba y sobre el mutismo del mármol. Pocos son los que tienen un

recuerdo siquiera para el alto y poderoso príncipe de la belleza que sabía cuando en palacios de

ensueño vagaba su mente, encerrar en la joya repujada del verso o de la prosa, la infinita

dulzura de su alma. Su personalidad individualista, estuvo lejos de toda secta y de toda regla: fue

ácrata en el que acciona y reacciona el genio, desciende de sí mismo, en todas sus

manifestaciones.

El ideario de Martí, esta basado en el humanismo profundo. Considero a los hombres, hermanos

sin distinción de nacionalidad ni razas; hizo causa común con los oprimidos, contó siempre con

el apoyo del campesino, del obrero, del indio y del negro. Maestro en la más alta acepción de la

palabra, no solo instruía en las ramas del saber humano con claridad, con sencillez, amenidad,

despertando en sus discípulos el interés por el estudio; se preocupó siempre por formar

ciudadanos bajo los auspicios de la libertad, de la concordia y de la dignidad moral. Es el

verdadero exponente de la cultura del pueblo cubano y el genio libertador de la hermosa Perla

del Caribe. El gran visionario del futuro de los países americanos vivió para Amerita, a quién el

llamó nuestra madre América. Fue el creador, el organizador del gran Partido Revolucionario que

dio a Cuba la libertad, sacándola de la esclavitud en que vivía. El solemne manifestó de

Montecristi definió en 1895, la República nueva, basada en la libertad del pensamiento, en la

equidad y en la independencia política.

En sus viajes por América cultivo gran admiración, dando a conocer en sus importantes escritos

el amor a Cuba, a su Cuba de él y de todos: a su Cuba tan cara a la unidad continental. Al visitar

Martí la tierra del Libertador, ve la angosta sombra de Bolívar y exclama: El poema bolivariano

esta incompleto, yo quiero escribir su ultima estrofa. Cuando comenta "El canto del esclavo",

dice: si entre los cubanos vivos no hay tropa para el honor, ¿qué hacen en la playa los caracoles

que no llaman a la guerra a los indios muertos? ¿Qué hacen los montes que no juntan sus faldas

para cerrar el paso a los que persiguen a los héroes? ¿Qué hacen las palmas que gimen

estériles en vez de mandar? En todos los casos, la Patria salía por sus labios a relucir altiva y

llorosa, como una tórtola gemidora que abriga a un tendor bravío... En el áspero huerto, nació el,

lino perfumador.

Sí señores: éste es José Martí, el lirio perfumador que vino a lucir y aromar y tuvo que

transformarse en estruendo para morir como héroe en el altar de su patria.

Esta efigie que ahora ha venido a quedarse para siempre entre nosotros y que habremos de

ponerle por pedestal, el amor de nuestros corazones, requiere ese cariño y esa devoción y no

será el costarricense de suyo acogedor y estimador de todo lo noble y grande, quién desoiga ese

imperativo, porque si nuestros corazones no lo hicieran, lo harían las cumbres andinas a gritos

de tormento. Orotina tiene desde esta hora sublime, espejo de libertades y ara de sacrificios;

camino de apostolado que fue a su vez camino de muerte en la más grande abnegación por la

libertad. El será así altar de sus oficios cívicos en donde habrán de oficiar maestros poetas y

héroes en magnífico Sinaí de redención continua.

Este es José Martí, el héroe cubano y de América toda: es cumbre y epopeya, que ha venido a

sentarse en la llanura, bañada por el sol tropical, como índice señalador; este el más grande

compendio de todo lo noble y de todo lo heroico, de todo lo desinteresado y de todo lo sublime.

También de todo lo humilde, hasta estrujar su cerebro de poeta en afán de volverse todo corazón

en aras de la libertad. ¡Salve, apóstol máximo! ¡Salve maestro! A mi patria y esta libre ciudad de

Orotina, sed bienvenido. Todos nuestros corazones de hombres libres, serán a ti por pedestal.

En nombre del pueblo de Orotina, abandono a la contemplación de los presentes, la efigie del

gran Maestro de maestros, paladín máximo de la causa libertaria cubana, el gran prócer José

Martí, y lego a las generaciones futuras en el duro y frió mármol de que está hecho, el recuerdo

de su imagen y de sus virtudes.

En el centenario de Martí

Carlos Luis Sáenz

En: "Adelante", del 31 de enero de 1953, y reproducido por Francisco Zúñiga en su Carlos Sáenz

escritor, educador y revolucionario. (Ediciones Zúñiga y Cabal) San José p. 467-468.

Carlos Luis Sáenz (1899-1983), nació en Heredia. Hizo en esa ciudad estudios de primera y

segunda enseñanza. Fue discípulo de Brenes Mesén, García Monge y Omar Dengo en la

Escuela Normal. Se dedico a la labor docente como maestro, profesor y director. Fue candidato

a la presidencia de la República por el Partido Vanguardia Popular. Escribió: teatro, poesía y

ensayo. Junto a Carmen Lira se le considera de los valores más altos de la literatura para niños.

Premio Nacional de Cultura Magón 1966.

De ejemplo ha de servir la vida de José Martí; de estimulo, el culto a su memoria; de inspiración,

el conocimiento de su obra; de riguroso examen ante nuestras conciencias, su herencia de

luchador por la dignidad de nuestras patrias, de las que escribió: "No hay patria en que pueda

tener el hombre mas orgullo que en nuestras dolorosas republicas americanas".

José Martí es ejemplo en el amor a la justicia y a la libertad; en el amor a la patria que hemos de

querer y hacer libre y soberana; en el amor y en la fe sin desmayos en el hombre; en el amor a la

poesía sincera, militante, cargada de mensaje creador; en la practica del amor a la mujer; en el

amor a la amistad y a la familia, vivido siempre en estricto ajuste al cumplimiento del deber

superior.

Dijo de la libertad:

Yo sé de un pesar profundo

entre las penas sin nombre:

la esclavitud de los hombre

es la gran pena del mundo !

Así vivió y así expresó la pasión por la justicia:

Con los pobres de la tierra

Quiero yo mi suerte echar:

¡el arroyo de la sierra

me conmueve mas que el mar!.

De la patria, su amada Cuba, ¿qué no dijo de su patria? ¿Qué no hizo por verla libre, por tenerla

sin amos? ; he aquí su grito profético, su testamento de patriota:

Yo quiero, cuando me muera

sin patria, pero sin amo,

tener en mi tumba un ramo

de flores, ¡y una bandera!

Alguna vez un gran pintor, para modelo de un dios, le pide al hijo. Martí escribe entonces:

¡Para eso no! Para ir

patria, a servirte los dos.

¡Hijo, por la luz natal!

¡Hijo, por el pabellón!

¡Vamos, pues, hijo viril;

vamos los dos, si yo muero

me besas; Si tu....!prefiero

verte muerto, a verte vil ¡

En sus Versos sencillos y Libres, en sus discursos encendidos al pueblo, en sus maravillosas

páginas dedicadas a los niños de América, volcó todo su patriotismo, su odio y condena a las

tiranías, su amor a Cuba, su indignación contra pedantes y apostatas, y su corazón enamorado

de la naturaleza, del bien, de la belleza y su sentimiento afirmativo en el integral progreso

humano y su fe en la patria mejor, redimida por sus hijos para libertad, en nuestra América,

"Madre América" así la nombra, y en un mundo mejor en que la fraternidad de hombre y pueblos

y la paz sean los frutos logrados de la justicia entre los hombre y del respeto a la dignidad

inherente a pueblos y hombres.

Cumplió, como el mejor, sus deberes familiares: culto fue su amor a la madre y al padre,

humildes; a la dulce hermana; a la esposa y al hijo, su Ismaelillo. ¡Y con qué nobleza vivió la

amistad! ¡Y el amor! ¡Mujer amada por Martí fue coronada de inmortal luz!

Hay que conocer su vida para admirarlo, para hacerlo nuestro, para aceptar con orgullo

americano su noble herencia de lucha. He aquí un resumen de su vida: nace en La Habana (28

de enero de 1853); sus padres, de la clase media. Se desenvuelve su niñez en la efervescencia

de la revolución de los patriotas cubanos. En su adolescencia tiene el ejemplo excelente de su

maestro, Rafael María Mendive, que le señala la ruta del decoro. Ya a los 16 años merece, por

amor a Cuba, la pena de muerte, decretada por una corte de militarotes. Va a la prisión, con

grillo al pie y cadena a la cintura, a la prisión de la tiranía opresora. Se le conmuta la pena y es

expatriado a España. En España no pierde el tiempo ni el honor: estudia en las universidades de

Madrid y Zaragoza. Se gradúa de licenciado en Derecho Canónico y Civil, de licenciado en

Filosofía y Letras. No va a exhibir su saber creador en salones de lujo, ni menos a venderlo a los

opresores de la Isla; su saber es arma para seguir luchando por la libertad de su pueblo. Vuelve

a Cuba y sigue la lucha; de nuevo es expatriado. Vive en México, en Guatemala; viaja por

Venezuela, por Costa Rica; viaja buscando medios y uniendo voluntarios para sacar a Cuba

libre. Vive en los Estados Unidos. Allí no reposa un solo instante: se gana la vida escribiendo,

llevando cuentas comerciales, dando lecciones y ¿en qué hora del día y de la noche no?,

Sirviendo a la causa de la libertad de su patria. En Nueva York y en Cayo Hueso no hay reunión

de patriotas cubanos exiliados en donde no este presente Martí, con su verbo de libertad y de

entusiasmo. ¡La revolución libertadora no se ha perdido! ¡Los fracasos han de servir de lección!

¿Qué se unan todos los cubanos dignos y Cuba será libre? Junta voluntarios, reúne dineros,

prepara los planes de la revolución! Vigila la obra de la libertad: ¡libertad a Cuba no es hacerla

cambiar de amo, no!

Y cuando los envidiosos o los menguados le echan en cara que saca a la manigua a pelear a

sus compatriotas y que el se queda muy seguro en los clubes de Nueva York, se desespera,

rechaza el cargo de cobarde, se va a la manigua, rifle al hombro, pecho a pecho con Antonio

Maceo y casi no ha tocado el suelo cubano cuando en una emboscada, la tropa española lo

mata de tres tiros. ¡Así vivió y así murió José Martí!.

La obra poética de José Martí

Raúl Cordero Amador

(En Rep. Amer.—Colaboración).

Raúl Cordero Amador. Nació en Curridabat el 28 de enero de 1896. En 1921 viajó a México

donde ejerció la docencia desde maestro hasta catedrático universitario y entre sus alumnos

habría quienes serían ministros, diplomáticos y presidentes de México. Autor de numerosas

obras, dedicadas a discurrir acerca la vida y obra de escritores como Martí, Vasconcelps,

Tagore, Gabriela Mistral, etc. Conferencista en Argentina, Checoslovaquia, Italia, España,

Estados Unidos y Chile.

Para el Maestro don Joaquín García Monge, quien me señaló el camino hacia Martí.

PRESENCIA CONSTANTE DEL POETA —Por breve, fecunda y brillante, fue la de José Martí

una vida extraordinaria. Sus dotes personales, morales e intelectuales, debieron ejercer honda

sugestión y atractivo en cuantos le trataron. Sin él, quizá la obra de la Independencia de Cuba y

la renovaci6n literaria de Hispanoamérica, de fines del siglo XLX no hubieran pasado de intentos.

Pero José Martí es de aquellos escogidos, de aquellos predestinados que supieron agotar en

breves días —si corto deslumbramiento luminoso— toda la energía destinada a luengos y

monótonos años; Imposible consagrar palabras para que realicen su arte, sin mirar a su vida, a

su espíritu. Todo es en el producto de una misma fuerza vital. Todo se relaciona y une de

manera así, que no hay términos a exaltar bastante lo homogéneo de la obra, ni la sinceridad

desgarrada con que vertió inquietudes, tan fácilmente conocidas por suyas en sus discursos, en

sus artículos y en sus poemas.

A José Martí, le conocemos y le recordamos siempre, como el Ap6stol de la Libertad, como el

orador eficaz y como el héroe cubano. Pero lo que solemos olvidar, es que en toda su vida y en

toda su obra, está presente el poeta. Su apostolado limpio y fervoroso, su oratoria brillante y

musical y su muerte gloriosa y heroica, no son sino consecuencias del creador y del profeta que

en el existían.

Quizás la fama del héroe haya perjudicado a la del poeta.

El artista esta siempre presente cuando dice sus discursos. Quienes lo oyeron no pudieron

olvidarlo. "Hablaba con voz suave, extrañamente musical, que no tenía el sonido de una fanfarria

guerrera en el campo de batalla, sino la armonía deliciosa de un quinteto de Cesar Franck.

Lograba despertar idolatría, y siendo orador de estilo elevado, esencial y profundamente literario,

quintaesenciado y frecuentemente oscuro, era tal el tono, el calor y la fuerza de la palabra, que

arrebataba a quienes no podían apreciar en análisis exacto el merito extraordinario de sus

párrafos".

He aquí un fragmento del discurso a Bolívar, pronunciado el 28 de octubre de 1893:

"Con la frente contrita de los americanos que no han podido entrar aún en América; con el

sereno conocimiento del puesto y valer reales del gran caraqueño en la obra espontánea y

múltiple de la emancipación americana; con el asombro y reverencia de quien ve aún ante si,

demandándole la cuota, a aquel que fue como el samán de sus llanuras, en la pompa y

generosidad, y como los ríos que caen atormentados de las cumbres, y como los peñascos que

vienen ardiendo, con luz y fragor, de las entrañas de la tierra, traigo el homenaje infeliz de mis

palabras, menos profundo y elocuente que el de mi silencio, al que desclavo del Cuzco el

gonfalón de Pizarro.

"Su ardor fue el de nuestra redención, su lenguaje fue el de nuestra naturaleza, su cúspide fue la

de nuestro Continente; su caída para el corazón".

No es fácil encontrar en las manifestaciones de la oratoria española, un pasaje de tan alto valor

poético, por el esplendor de las imágenes, por la fecunda fantasía, por la belleza de la forma y

por la riqueza lexicología, como el que acabo de titán Un discurso de Martí es siempre una

verdadera obra de arte. El orador compone las cláusulas de sus discursos como un poeta, en la

feliz exactitud de las palabras y las ideas. En él, como afirma acertadamente Andrés Iduarte: "La

inspiración nunca mató el sentido de la armonía".

LO POÉTICO EN EL APÓSTOL . Martí realizó una vida de apóstol, plena de caridad y

entusiasmo con el ejemplo y la palabra. Dice sus profecías y definiciones de manera poética,

delicada, peculiar, con la fuerza característica del creador.

"El egoísmo es la mancha del mundo y el desinterés su sol".

"En este mundo no hay mas que una raza inferior; la de los que consultan antes que todo su

propio interés, bien sea el de su vanidad o el de su soberbia o el de su peculio; no hay mas que

una raza superior: la de los que consultan antes que todo, el interés humano".

"Un orador brilla por lo que habla, pero definitivamente queda por lo que hace. Si no sustenta

con sus actos sus frases, aun antes de morir viene a tierra, porque ha estado de pie sobre

columnas de humo".

"Sin sonrisa de mujer, no hay gloria completa del hombre".

"La honra puede ser mancillada, la justicia puede ser vendida, todo puede ser desgarra-do, pero

la noción del bien flota sobre todo y no naufraga".

Las afirmaciones martianas perduran no-solo por la esencia del contenido, sino por la luz que

dejan en la mente y el frescor en el corazón.

Por la dulzura del vocablo, no os parece escuchar el fugitivo trino de cenzontles, cuando el

apóstol dice:

"Cuando nací, la naturaleza me dijo: ¡Ama! y mi corazón dijo: ¡Agradece! Y desde entonces yo

amo a bueno y a malo, hago religión de la lealtad y abrazo a cuantos me hacen bien".

"Un poeta es una lira puesta al viento donde el universo canta". "La música es el hombre

escapado de si mismo".

"Una mujer sin ternura, ¿qué es sino un vaso de carne, aunque lo hubiese moldeado Cellini,

repleto de veneno? así un día dejan de amar los hombre a la mujer a quién quisieron

entrañablemente, cuando un acto claro e inspirado les revela que en aquella alma no existe la

dulzura y superioridad con que la invistió su fantasía".

"Una mujer buena es un perpetuo arcoiris".

"Poesía es un pedazo de nuestras entrañas, o el aroma del espíritu recogido como en cáliz de

flor, por manos delicadas y piadosas".

Todos estos pensamientos, por su fragante brevedad, son pétalos de flores que arrastra una

corriente cristalina, dejando un olor a mirto y una estela de luz.

EL POETA EN SUS CARTAS. —Las cartas de Martí, tienen la gracia de un conversador ameno.

Escribía a sus familiares y amigos, lo mismo que si estuviese hablando con ellos. "Lo que me lo

revelo un hombre, todo un hombre, y un maravillosos escritor, fueron sobre todo sus cartas",

afirma Miguel de Unamuno. Martí escribía cartas en las que las imágenes florecían bajo su

pluma como en sus labios; el corazón se le derramaba tras de las palabras.

El epistolario martiano se conoce en gran parte gracias a Félix Lizaso, quien afirma que la carta

es el chorro de claridad lanzado afuera, que permite, desandando su propio camino, un atisbo

del fuego vivo que la produjo. Así es la verdad. En esta carta a Gabriel Zendequí, se confirma el

aserto:

"Mi querido Gabriel: Si los vientos han sido leales, te habrán llevado una amorosa carta mía. Te

la debo especialmente, y te la he pagado muchas veces. Si el pensamiento no va a la pluma,

sino al aire, es porque no gusta de manos, sino de alas. Esta carta te la lleva un arrogante poeta

que es mi amigo, y ha sabido obligarme. Con decirte su nombre, té esta presentado: José Pérez

Bonalde, cuyo merito crece con los días. Tú sabrás que él ha vertido en rico molde castellano la

acre esencia de Heine, y ha hecho un poema al Niagara relampagueante y robusto, y otras

cosas más que irás sabiendo. Tiene especialmente de bueno, que es poeta como tú, en versos y

en otras. —J. Martí".

No resisto el deseo de reproducir el final de su carta —testamento literario— a Gonzalo de

Quesada:

"No quisiera levantar la mano del papel, como si tuviera la de usted en las mías, pero acabo de

miedo decaer en la tentación de poner en palabras cosas que no caben en ellas.

Su José Martí"

A su amigo de México, don Manuel Mercado, escribe muchas cartas. Una de sus últimas, fue

escrita precisamente a don Manuel Mercado, el 18 de mayo de 1895, en Campamento de Dos

Ríos. Poco antes de alzar su vuelo hacia el templo de la gloria.

La delicadeza del poeta se revela en esta carta escrita a Carlos Mantilla:

"Es muy grande mi felicidad: sin ilusión alguna de mis sentidos ni pensamiento excesivo en mi

propio, ni alegría egoísta y pueril, puedo decir que llegue al fin a mi plena naturaleza; y que el

honor que en mis paisanos veo, en la naturaleza a que nuestro valor nos da derecho, me

embriago de dicha, con dulce embriaguez. Solo la luz es comparable a mi felicidad".

En la carta que escribe cuando el siente que esta a punto de morir y en la que alcanza grandeza

humana y poética, es en la que escribe a su madre.

Hela aquí:

"Madre mía: Hoy, 25 de marzo, en vísperas de un largo viaje, estoy pensando en usted. Yo sin

cesar pienso en usted. Usted se duele, en la cólera de su amor, del sacrificio de mi vida; y ¿por

qué nací de usted con una vida que ama el sacrificio? Palabras, no puedo. El deber de un

hombre esta allí donde es más útil. Pero conmigo va siempre, en mi creciente y necesaria

agonía, el recuerdo de mi madre".

El estilo epistolar de Martí es un espectáculo maravilloso, un caso único de energía espiritual y

una manifestación poética de altura.

LA LÍRICA MARTIANA. —Martí no fue un zurcidor de versos; su perfección esta en la idea, en la

exquisitez, en la emoción delicada, en los múltiples matices de sus poemas. La poesía martiana

tiene un fuerte aliento y sensibilidad honda y fina. Si existe el poeta en la prosa —sendero de luz

hacia el amor fraternal— es mas fácil aún encontrarlo en sus versos, cuando hace crecer la rosa

blanca y contempla las estrellas que iluminan y matan.

La obra lírica de Martí esta contenida en sus Versos Libres, en el Ismaelillo, publicado en 1882,

en los Versos Sencillos, publicados en 1891, y en algunos poemas que publico en las páginas de

esa revista única La Edad de Oro.

"El primer problema —no meramente exterior— dice Chacón y Calvo, que presentan estos

versos es un problema de clasificación ¿qué forma artística supone? ¿Qué fue Marti? El

problema halla su solución única en él estudios de la fuente, de la firmísima personalidad del

poeta. Pesa el sobre sus versos mas que las formulas, mas que las escuelas, mas que todas las

poéticas".

La noble vida de Martí cruza el mundo cargado de aromas únicos. "Para hacer poesía hermosa,

no hay como volver los ojos fuera: a la naturaleza y dentro del alma". "Lo que importa en una

poesía es sentir, parézcase o no a lo que haya sentido otro; y lo que se siente nuevamente es

nuevo". "El verso, hijo de la emoción, ha de ser fino y profundo". "Quién es el ignorante que

mantiene que la poesía no es indispensable a los pueblos? Hay gentes de tan corta vista mental

que creen que todo fruto se acaba en la cáscara. El genio poético es como las golondrinas; posa

donde hay calor". "Pulir es bueno, mas dentro de la mente y antes de sacar el verso al labio". "Ni

en el pulimento esta la bondad del verso; si no en que nazca ya alado y sonriente".

En distintos escritos de Martí encontramos estos conceptos y otros mas sobre la poesía lírica

que constituyen en realidad las normas de la poética martiana.

En su libro Versos Libres, como su nombre lo indica, aparecen poemas sin consonancia y las

mas de las veces rebeldía llega hasta la métrica. Son los versos escritos en la época bullente de

su juventud en que despertaban en su alma los sentimientos rebeldes contra el despotismo que

imperaba en su patria. Son versos airados, a veces estridentes. El mismo lo dice en Estrofa

Nueva:

poesía son y estrofa alada, y grito

que ni en tercetos ni en octava estrecha

ni en remilgados serventesios caben.

¡Vaciad un monte; en tajo de sol vivo

tallad un plectro; o de la mar brillante

el seno rojo y nacarado, el molde

de la triunfante estofa nueva sea!

YUGO Y ESTRELLA

Cuando nací, sin sol, mi madre dijo:

"Flor de mi seno. Homagno generoso,

de mí y de la Creación suma y reflejo

pez que en ave y corcel y hombre se torna,

mira estas dos, que con dolor te brindo,

Insignias de la vida; Ve y escoge.

Este, es un yugo; quien lo acepta, goza.

Hace de manso buey, y como presta

servicio a los señores, duerme en paja

caliente, y tiene rica y ancha avena.

Esta, oh misterio que de mí naciste

cual la cumbre nació de la montaña,

esta, que alumbra y mata, es una estrella.

Como que riega luz, los Pescadores

huyen de quien la lleva, y en la vida,

cual un monstruo de crímenes cargado,

todo el que lleva luz se queda solo.

—Dame el yugo, oh mi madre, de manera

que puesto en el de pie, luz en mi frente

mejor la estrella que ilumina y mata.

Este poema compendia la vida de Martí y es toda una profecía. La estrella lo mato pero acabo

con el yugo.

"Noche de Mayo" es una muestra de la calidad del iniciador del Modernismo, ese movimiento de

reacción contra el desaliento poético y contra el pseudo clasicismo del siglo XVIII, al lado de

Manuel Gutiérrez Najera y de José Asunción Silva:

Con un astro la tierra se ilumina;

con el perfume de una flor se llenan

los ámbitos inmensos. Como vaga,

misteriosa envoltura, una luz tenue

naturaleza encubre, y una imagen

misma del linde en que se acaba brota

entre el humano batallar. ¡Silencio!

¡En el calor, oscuridad! ¡Enciende

el Sol al pueblo bullicioso y brilla

la blanca luz de luna! Y en los ojos

la imagen va, porque si fuera buscan

del vaso herido la admirable esencia,

en haz de aromas a los ojos surge;

¡Y si al peso del párpado obedecen,

como flor que al plegar las alas pliega

consigo su perfume, en el solemne

templo interior como lamento triste

la pálida figura se levanta!

¡Divino oficio! El Universo entero,

su forma sin perder, cobra la forma

de la mujer amada, y el esposo

ausente, el cielo póstumo adivina

por el casto dolor purificado.

"Estos son mis versos. Son como son. A nadie los pedía prestados. Mientras no puede encerrar

integras mis visiones en una forma adecuada a ellas, deje volar mis visiones, ¡oh cuanto áureo

amigo que ya nunca ha vuelto! Pero la poesía tiene su honradez, y yo he querido siempre ser

honrado. Recortar versos, también sé, pero no quiero. Así como cada hombre tienen su

fisonomía, cada inspiración tienen su lenguaje. Amó las sonoridades difíciles, el verso

escultórico, vibrante como la porcelana, volador como un ave, ardiente y arrollador como una

lengua de lava. El verso ha de ser como una lengua de lava. El verso ha de ser como una

espada reluciente, que deje a los espectadores la memoria de un guerrero que va camino al

cielo, y al envainarla en el sol, se rompe en alas".

Los Versos Libres de José Martí son versos sajados en su propia carne y escritos con su propia

sangre, por modestia los dejó inéditos, siendo seguramente los primeros que escribió.

Adentrémonos ahora en el Ismaelillo, minúsculo devocionario lírico, abundante en juegos

poéticos. Ahora el personaje homérico no tiene casco, ni clava, sino rizos de niño rubio entre sus

manos poéticas.

Para un príncipe enano

se hace esta fiesta,

Tienen guedejas rubias,

blandas guedejas;

por sobre el hombre blanco

luengas le cuelgan.

Sus dos ojos parecen

estrellas negras:

vuelan, brillan, palpitan,

relampaguean!

Ternuras dichas al oído del hijo con trino de ave y murmullo de aljibe. El padre sueña

tempestades; pero siempre aparece ante él la imagen dulce del niño en una realidad pura y

emocionante.

Por las mañanas

mi pequeñuelo

me despertaba

con un gran beso.

Puesto a horcajadas

sobre mi pecho

bridas forjaba

con mis cabellos.

Ebrio él de gozo, de gozo

yo ebrio,

me espoleaba

mi caballero:

¡qué suave espuela

sus dos pies frescos!

¡Cómo reía

mi jinetuelo!

Y yo besaba

sus pies pequeños,

dos pies que caben

en solo un beso.

Hijo, en tu busca

cruzo los mares:

las olas buenas

a ti me traen:

los aires frescos

limpian mis carnes

de los gusanos

de las ciudades;

pero voy triste

porque en los mares

por nadie puedo

verter mi sangre...

El poeta canta con orgullo santo en música de acentos graves:

La desdentada envidia

ira, secas las fauces,

hambrienta, por desiertos

y calcinados valles,

royéndose las mondas

escuálidas falanges;

vestido ira de oro

el diablo formidable,

en el cansado puno

quebrada la tajante;

vistiendo con sus lágrimas

irá, y con voces grandes

de duelo, la Hermosura

su inútil arreaje:

y yo en el agua fresca

de algún arroyo amable

bañare sonriendo

mis hilillos de sangre...

¡Venga mi caballero,

caballero del aire!

¡Véngase mi desnudo

guerrero de alas, de ave,

y echemos por la vía

que va a ese arroyo amable,

y con sus aguas frescas

bañe mi hilo de sangre!

¡Caballeruelo mío!

¡Batallador volante!

¡Cómo maneja Martí la elipsis, pero enfatiza bellamente el lenguaje de estos versos, se hace

flecha de cristal que rasga el aire tibio y suave!

En la dedicatoria de Ismaelillo encontramos a Martí hablando, vivo y sincero, tierno y altivo:

"Hijo, espantado de todo, me refugio en ti. Tengo fe en el mejoramiento humano, en la vida

futura, en la utilidad de la virtud, y en ti".

"Si alguien te dice que estas páginas se parecen a otras páginas, dile que te amo demasiado

para profanarte así. Tal como aquí té pinto, tal te han visto mis ojos. Con esos arreos de gala te

me has aparecido. Cuando he cesado de verte en esa forma, he cesado de pintarte. Esos

riachuelos han pasado por mi corazón. ¡Lleguen al tuyo¡".

Martí ha dicho: "Un grano de poesía sazona un siglo". La vida y la obra de Martí quedan

sazonadas con este minúsculo breviario de honda y verdadera gran poesía.

Hemos llegado a lo mejor de la fiesta, a los Versos Sencillos, dedicados a don Manuel Mercado,

de México, y a Enrique Estrazúlas, de Uruguay; estos versos llevan un prologo de su propio

autor en el cual explica este el momento psicológico en que los escribió.

Martí amó la sencillez, puso el oro de su sentimiento en esas formas lianas y breves. En medio

de la agonía del poeta, aparece la imagen del hijo, ya un adolescente.

Para modelo de un dios

el pintor lo envió a pedir:

¡para eso no! ¡para ir,

Patria, a servirte los dos!

Bien estará en la pintura

el hijo que amó y bendigo:

mejor en la ceja oscura,

cara a cara al enemigo!

Vamos, a pues, hijo viril:

vamos los dos: si yo muero,

me besas; si tú... ¡prefiero

verte muerto a verte vil!

Los Versos Sencillos expresan mejor la intimidad de la lírica martiana. Encontramos

composiciones brevísimas que reúnen en armonía perfecta las cualidades propias del gran lírico;

como ejemplo de estos poemas tenemos:

Yo quiero salir del mundo

por la puerta natural:

en un carro de hojas verdes

y morir me han de llevar.

No me pongan en lo oscuro

a morir como un traidor:

¡yo soy bueno, y como bueno

moriré de cara al Sol!

Se de un pintor atrevido

que sale a pintar contento

sobre la tela del viento

y la espuma del olvido.

Yo quiero, cuando me muera,

sin patria pero sin amo,

tener en mi losa un ramo

de flores ¡y una bandera!

Martí esperaba la muerte con una sonrisa y en su presentimiento encontramos una concepción

cósmica y pagana.

La obra poética, hágase o no en verso, posee un elemento sutil e inseparable de la verdadera

poesía. Ese elemento o calidad, es el mensaje del poeta, con la ráfaga celeste que afirma Juan

Marinello: es lana de la época, que los hombres vulgares la viven y que los hombres como José

Martí la proyectan hacia los nuevos días.

México, 2 de abril de 1952.

Americanismo de José Martí

Emma Gamboa

Ponencia presentada al XXXIII Congreso Internacional de Americanistas.., San José, 20-27 julio

de 1958.

Emma Gamboa 1901-1972, nace en San Ramón provincia de Alajuela, realiza estudios en la

Escuela Normal de Heredia. Viaja a los Estados Unidos donde continúa sus estudios. Dedico

toda su vida a la enseñanza; desde el Kindergarten hasta las aulas universitarias. Declarada

Benemérita de la Patria. Su obra escrita se mueve entre lo literatura infantil y el ensayo filosófico

pasando por la poesía.

José Martí se bautiza en la fe de la libertad cuando su genial fervor adolescente abrasa las

paginas del periódico juvenil "Patria Libre". El cautiverio que le hacen padecer en las canteras

acendra su vocación y arma su amor "en el decoro del hombre y la viril fiereza de quién no se

tiene por varón mientras haya en la tierra una criatura mermada o humillada" (Martí 1946,1:

2060).

Encadenado bajo sol candente, bebe leche bíblica y se templa en fuego de rebeldía. Así inicia su

penetración en las raíces del hombre y su sabiduría para allegarse cálidamente a las almas,

levantar legiones denodadas y crear fuerzas vencedoras con las virtudes de la justicia.

El credo de Martí surge primeramente del convivio de la escuela que alienta sus prime-ras

inclinaciones y se extiende y universaliza cuando comienza su andar por tierras de América.

Su entrega a la causa de la independencia de Cuba se nutre de una ansia mayor por la plenitud

digna y libre de los hombre y los pueblos. En toda tierra que pisa se identifica con las penas y las

esperanzas de los buenos y deja que le crezca a lo mas hondo un sentimiento poderoso de

ciudadanía americana "De América soy hijo: A ella me debo... a su revelación, sacudimiento y

fundación urgente me consagro" (Lizaso 1930,1: 72).

La lucha por Cuba es la anécdota histórica en que la filosofía martiana se testimonia y patentiza.

En todo suelo en que Martí detiene su planta apostólica, capta los problemas, destaca las

grandezas y aquilata los valores, pero es en Cuba donde abona la tierra con su sangre para

consagrarla a la libertad de la que fue un santo guerrero.

Pocas veces se encuentra esta clase de santidad que llamea bajo la exaltación de un ideal

esclarecido y se trasmuta en faena del diario batallar. José Martí abarca el continente en su

vasto trabajo y cava al mismo tiempo en lo cercano hasta sacar el diamante de cada alma que

encuentra. Y encuentra millares de voluntades porque la ciencia suya es enaltecer, unir,

alumbrar, purificar. Él puede decir: todo hombre es mi hermano. Con este evangelio penetrado y

vivo Martí se da a forjar hombres para crear la fortaleza de la libertad, tal como corresponde a su

generación y a su tiempo. Tiempo que el estremece con pasión sagrada y que abre una tarea no

todavía enteramente cumplida. Cuando en todo el hemisferio, sin que falte una isla en un rincón

de selva campee la libertad decorosa trabajada por Martí, entonces habrá culminado su obra. Él

hace labor de cientos de hombres preparando los elementos que pueden constituir una

democracia fundada en la inteligencia, la hermandad y la justicia; un modo de vivir y de gobernar

sin discriminaciones odiosas de posición, de credo, de raza o de fortuna. Un hombre nuevo en

un continente nuevo que posee la tierra justa, la bondad, la ilustración y la consecuente libertad;

un hombre que hace tierna la simiente del espíritu cuando se encallece su mano en el contacto

amante y fecundo con la naturaleza: un hombre amigo de los hombre. Martí expresa su fe

vehemente por

"...la libertad humanitaria y expansiva, no local, ni de raza, ni de secta, que fue a nuestras

repúblicas en su hora de flor...; Libertad que no tendrá, acaso, asiento mas amplio en pueblo

alguno, —¡pusiera en mis labios el porvenir el fuego que marca!— que el que se le prepara en

nuestras tierras sin limites para el esfuerzo honrado, la solicitud leal y la amistad sincera de los

hombres" (Martí, 1946,1:100-101).

No viene la libertad como un regalo: es una actitud, una manera de ser, de vivir y de compartir,

una educación y una conquista. Hay que cultivar hombres, hacer real lo potencialmente bueno,

fortalecer las raíces sanas y nutrir con lo inspirador, fuerte y puro. Es una tarea de maestro para

un continente llamado a convertirse en casa de la concordia y del bienestar humanos. Martí es

ese maestro. Él enseña con la riqueza de espíritu que construyen juntos los sembradores, los

obreros, los poetas, los héroes. Incansable escribe día y noche para todos los americanos. Cada

sentimiento generoso es por el exaltado; a cada acto honrado pondera; a cada momento de

grandeza señala. Interpreta, clarifica y expone todas las excelsitudes dispersas de la América

para sembrar simientes de virtud, de honradez, de trabajo, de sobriedad, de verdad

desentrenada del estudio, de acción noble y valerosa y de decoro "que vale mas que la

hacienda" (Lizaso, 1930:110).

Martí habla de la América entera, la muestra de tronco indio e injerto latino y la del norte,

compendio de pueblos y razas. El no busca lo que separa y divide sino lo que acerca y hermana.

Crítica lo que hay que enderezar pero como cumple a varón de recta justicia. Mira sin pasión a

los Estados Unidos y marca lo que conviene ver con celo y apreciar sin mezquindad. De los

norteamericanos dice a Bartolomé Mitre: "No cabe de unas cuantas plumadas pretenciosas dar

juicio cabal de una nación en que se han dado cita, al reclame de la libertad, como todos los

hombres, todos los problemas. Ni ante espectáculos magníficos, y contrapeso saludable de

influencias libres, y resurrecciones del derecho humano, aquí mismo a veces alentado, cumple a

un veedor fiel cerrar los ojos, ni a un decidor leal decir menos de las maravillas que esta viendo.

Hoy sobre todo, en que en ciertas comarcas de nuestra América en que arraigó España más

hondamente que en otras, se capitanea, bajo bandera literaria y amor poético de la tradición, una

mala empresa devuelta a los estancados tiempos viejos, urge sacar a la luz con todas sus

magnificencias, y poner a relieve con todas sus fuerzas, esta espléndida lidia de nombres"

(Lizaso, 1930:90-91).

Hay que criticar, hay que sacar el gusano para que prospere la fruta y venga buena la simiente.

Critica Martí con justedad y pone la saeta donde hay que curar. Nada que sea vil su honestidad

acepta, nada que doblegue, encadene o menosprecie. A esto la guerra fiera y santa: al tirano, al

amo de hombre, o a cualquier clase de indigno adueñamiento. Pero busca también Martí los

méritos que son la médula de un pueblo y los hace brillar como al oro el artífice que lo muestra

pulido. Repite para nuestro tiempo la tarea de Plutarco en el suyo. Emerson, el que "toma puesto

familiarmente a la mesa de los héroes" (Martí, 1946,1:1171), es para el "un Dante amoroso que

vivió sobre la tierra más que en ella porque la vio con toda holgura y certidumbre, y escribió

Biblia humana". El trascendentalismo purificado y universalista de Emerson respeta, aunque el,

Martí, se forja una filosofía del vivir en que el hombre de la muchedumbre ocupa un puesto como

en la sinfonía poética de Whitman.

Del transparente espíritu que fue Alcott expresa: "¿De dónde sino del trabajo y de la vida natural

habría de venir hombre tan puro?" (Ibdem).

Del magnánimo Washington siente que "es un monte sin zarzas ni cuevas, de virtudes mas

limpias que el cielo" (Ibdem, p. 1274).

De Henry Ward Beecher piensa que "su pueblo, que es la mejor casa de la libertad, se reflejo en

él”. Beecher le fortalece la fe en la libertad que "lleva a una religión universal y gozosa" (Ibdem

1:1072)

Conmueve la apología que dedica a Peter Cooper: "Amó, fundó, consoló, practicó el evangelio

humano. Puso dignidad en la vida y gloria en su pueblo. Lloraba de oír llorar a un niño pero

echaba a andar por las selvas la primera locomotora que cruzo con éxito las tierras de América"

(Ibdem, p. 1073). Con la figura de Peter Cooper, que "comenzó con pies descalzos" graba el

carácter de un típico prohombre norteamericano.

¿Y cómo puede evitar el elogio de Wendell Phillips, aquel "hierro ardiente" que clamo contra la

esclavitud entre los primeros y que prefirió romper su título de abogado "antes que jurar lealtad a

la Constitución que parecía prohijar el vil derecho de los amos de los esclavos?" (Ibdem, p.

1079). Phillips pertenecía a la "raza de hombre radiantes, atormentados e ígneos", de la que

Martí es ejemplo preclaro. Corona de gloria le cine el apóstol cubano al que "tuvo ya en los

labios puesta la copa de los goces y la dejó caer sonriendo y echo a andar del brazo de los

tristes" (Ibdem p. 1084).

A Grant le santifica su casucha gacha de madera y tejas. A este Grant, nacido de la áspera

sencillez, que llega a la heroicidad en el momento de la prueba mayor, le critica el gobierno sin

orden y sin celo estricto; pero le cine el laurel porque fue capaz de grandeza en la lucha

gigantesca por la libertad y clarificó sus virtudes en la cercanía de la muerte. Aún más, dice Martí

de Rawlins, aquel "árbol hecho de valor y justicia" que quería el triunfo de la verdad aunque

nadie supiese que había triunfado por el". Y es como camarada admirador del colosal Walt

Whitman el "hombre padre, nervudo y angélico" (Ibdem p, 1103) que ama a los héroes y a los

pecadores, a los bueyes y a la hoja de césped. Suena Martí que se edifica una morada nueva,

cuando aquel viejo Apolo blanco que era Whitman dice su oración para Abraham Lincoln. "Los

criados a lecha latina, académica o francesa, no podrían entender, acaso, aquella gracia heroica.

La vida sana y decorosa del hombre en un continente nuevo ha creado una filosofía sana y

robusta que esta saliendo al mundo en épodos atléticos". "A la mayor suma de hombre libres y

trabajadores corresponde una poesía de conjunto, tranquilizadora y solemne". Queda Martí

penetrado de Whitman cuando este se retrata, como hombre y poeta ecuménico:

"¡Penetra el sol la tierra hasta que toda ella sea luz clara y dulce como mi sangre! Yo canto la

eternidad de la existencia, la dicha de nuestra vida y la hermosura implacable del universo.

Yo uso zapato de becerro y bastón hecho de una rama de arbola" (Ibdem, p. 1142).

"Tratase, —comenta Martí—, de escribir los libros sagrados de un pueblo que reúne, al caer del

mundo antiguo, todas las fuerzas vírgenes de la libertad a las urbes y pompas ciclópeas de la

salvaje naturaleza; tratase de reflejar en palabras el ruido de las muchedumbres que se asientan

en las ciudades y de los mares domados y de los ríos esclavos" (Ibdem, p. 1143).

Entre los grandes reverencia a Lincoln, "el leñador de ojos piadosos, erguido entre el polvo y el

estruendo que levantan al caer las cadenas de un millón de hombres emancipados (Martí,

1946,11:93).

El desfile de varones, humanos y como trasfigurados, que pasan por las páginas de Martí dan

una visión iluminadora para la juventud americana. Pero esta visión se hace más alta para elevar

espíritus y prender fe enérgica cuando se vuelve hacia la América bolivariana. "¿Qué pasa de

pronto que el mundo se para a oír, a maravillarse, a venerar? Libres se declaran los pueblos

todos de América a la vez". Bolívar preside la avalancha inquebrantable de redención. "Hombre

solar, cabalgando en carrera frenética... sobre caballo de fuego, asido del rayo, sembrando

naciones" (Ibdem II: 31)

"De Bolívar se puede hablar con una montaña por tribuna, o entre relámpagos y rayos, o con un

manojo de pueblos libres en el puño y la tiranía descabezada a los pies" (Ibdem II: 72).

Por todo el continente resuena el clamor de la libertad. Con Bolívar surge una pléyade de

próceres y con ellos van las huestes de indios venezolanos, indios de México, rotos de Chile y

cholos del Perú, negros y gauchos, pehuenches y Araucos. Solo un héroe puede sentir el ardor

de los héroes y expresarlo con pasión concentrada de una legión de pueblos. Martí es el potente

interprete de los dolores y glorias de América. Usa su verbo para sembrar fuerzas gigantes que

mueven a una plenitud de empresa ferviente. No habla como iluminado de profecía sino como

iluminado de convicción y voluntad; es un maestro labrador que hace la siembra, lucha contra los

poderes destructores y cuida la cosecha del porvenir.

Ve la solución para la América de dolor y esperanza en la libertad de toda opresión y en una

cultura de calibre recio, auténticamente americana; una cultura creadora, construida sobre la

base de los elementos nativos. El mismo denuedo que pone en la conquista de la libertad

consagra al trabajo de la cultura. Su definición es clara. Corresponde descubrir y desarrollar la

riqueza potencial y superior de estos pueblos, levantar una juventud emprendedora y laborar con

razón y ciencia en las cosas de todos. Martí cree en la juventud americana.

"El pensamiento empieza a ser de América. Los jóvenes de América se ponen la camisa al codo,

hunden las manos en la masa y la levantan con la levadura de su sudor. Entienden que se imita

demasiado y que la salvación esta en crear. Crear es la palabra de esta generación. El vino de

plátano, y si sale agrio, es nuestro vino" (Ibdem II: 110).

El americanismo de Martí es una tesis de fe en la acción de cada hombre para construir una

democracia para todos con el esfuerzo de todos. Este americanismo nació como una voz de

aliento y de pujanza en la hora necesaria de lucha por la autonomía de las repúblicas

latinoamericanas; pero no es una cerrada tesis continentalista. No hay fronteras de espíritu para

la fraternidad ecuménica en el evangelio martiano. La dignidad que él quiere en cada hijo de su

Cuba y en cada hombre de su América, es la clase de dignidad que identifica al hombre con su

próximo en cualquier parte de la tierra. A sus compatriotas dirige aquel discurso conocido con el

nombre con todos y para el bien de todos:

"...si en las cosas de mi patria me fuera dado preferir un bien a todos los demás, un bien

fundamental que de todos fuera base y principio, ese seria el bien que yo prefiriera: yo quiero

que la ley primera de nuestras repúblicas sea el culto de los cubanos a la dignidad del hombre.

En la mejilla ha de sentir todo hombre verdadero el golpe que recibe cualquier mejilla de hombre"

(Ibdem II: 1698).

La patria de Martí esta donde los hombres padecen. Sobre la raíz sembrada en su isla por la que

da vida y muerte se yergue su árbol de justicia con ramazón tan crecida y perenne que cobija a

los americanos, y a todos los que luchan por el decoro del hombre.

Los frutos de este árbol van madurando lentamente porque necesitan que el sol de la libertad no

tenga sombras en tierra alguna.

Su estilo (el de la prosa que habla o el de prosa que escribe) es a veces rápido como el de fray

Luis o el de santa Teresa, andante si se quiere (¡ved sus cartas!); a las veces cortado, profundo,

novedoso como el de Saavedra Fajardo y Gracian. Con algo de Hugo y mucho de Gauthier. Más

propiamente: con mucho de Plinio el joven, en el elogio feliz del gran Trajano. Nadie como él

entre nosotros —acaso si, alguna vez, Montalvo— ha poseído el genio de la lengua española:

José Martí se evoca único por el secreto extrahumano que mantiene, por la alegría verbal que

esparce y la serenidad cuya expresión da de sí ese equilibrio que conlleva. Si no tiene la gracia,

sociabilidad y fuerza que distinguen los textos clásicos franceses, por ejemplo, sí la selección,

sobriedad y armonía de un artista verdadero; un artista que, para orgullo de la América, es un

creador viviente de lo que podrimos llamar la sensibilidad de los pueblos de la Romania; la única

que subsistirá en nosotros a lo fútil, a lo efímero, a lo pasadero, —a lo estrecho y mezquino del

lenguaje humano. Eso no quita que haya en él "verbos viejos, adjetivos inéditos, construcción

barroca" como dice Mañach, y se noten por maravilla descoyuntamientos sintácticos,

reversamiento, conceptismo formal, poca propiedad en las acepciones, que las hacen según sea

confusas, embrolladas y oscuras. Pero su estilo es en general perspicuo: el prototipo de un casto

modernismo superior al de aquel ultramoderno del siglo que lleno en su tiempo el amanecer de

la Republica española y que fue sin duda el mas alto orador de la Madre Patria: Don Emilio

Castelar. Sí más oscuro en su sentido esotérico, muy superior por su belleza, por su sencillez y

por su espontaneidad, a pesar de todo.

Verbo-motor, en su fondo se contiene todo: la amenidad migosa de la idea, la penetración

incisiva, la inteligente sencillez del decir, la clara noticia de todo. Todo con certidumbre

impecable, con desbordante espontaneidad. Se encarece la meditación en la sustancia firme de

la forma, la sed mística de lo absoluto en sus pensamientos, y se adivina, se palpa, se ve, la

frase exacta en el periodo: periodo capaz de mover a entusiasmo al más sensible como al mas

pensador. Su fuerza llega al espíritu con premura de milagro. Y no se pierde para ello el orden

lógico de su concepción, ni su fuerza en su íntimo subjetivismo. ¿Cómo?... Otea y reduce,

deslinda y concierne, reparte e ilustra las palabras con despejado arreglo. ¿Intuitivo y

espontáneo? ¿Don natural o don gratuito? No: querido y deliberado; don natural. Oís como en la

frase anima el giro que sobrepasa la intención, la alteza de miras, el fondo aprovechado, la

aristocracia verbal. Aristocracia más estilista que hablista, en el moviente comercio de la

metáfora; pero sin retórica ni convencionalismos coercitivos. Y basta un pique para ponerlo

active; y active,, la victoria es segura indiscutible, completa. Esa como nota de ardimiento y

primor que es lazo de unión del orador y el oyente que, por uno como delirio o transportamiento

divino, lleva a quién lo escucha a admirar, surge llanamente, sin tropiezo ni arrepentimiento.

Brota la palabra en sus labios, y vuelca al punto un estremecimiento que pone en su resolución

mil matices sutiles, un resplandor; uno como ignoto escalofrió, una fuerza desconocida que lo

señala eminente y que atrae con imán irresistible. Y no bien se inicia su discurso, cae sobre el

oyente un eclesiástico recogimiento, como si el alma se zampuzase en la maravilla interior de las

ideas y saliese nueva y distinta. La frase, el tono y el instante: el ambiente interior y el clima

espiritual: todo bien acordado. Y enmarcando eso: el fácil ademán sin misterios ni

rebuscamientos, "el ritmo de sus manos, las modulaciones de su voz, el relampagueo de la luz

de su mirada". Veis allí —en lo hondo y escondido del alma, en lo profundo y retirado de la

mente— el paisaje espiritual que cuelga el cuadro. ¡Observad! Hay algo que le insufla

personalidad, que le hace novedoso, que le da fuerzas distintas y fecundas y lo pone a andar.

!Leedlo! ¿No es verdad que sentís su elocuencia infinita, su joyante decir? ¿Un decir hecho de

"volátil materia de ensueño"; De algo que aletea, subyuga, estremece el corazón como un pájaro

prisionero?

La verbosidad —ese lujo mal entendido de desflocar la idea—; la palabra de los oradores de

plaza publica, la voz destemplada y elegiaca de las politicastros; La palabra incolora y mortecina

de los prosistas rastreros, nunca se vio en él: encontraréis siempre el artista y el artista que se

constituye entre el limite conocido de sus formas usadas y el noúmeno inefable de las

representaciones. Sí a veces con balbuceo expresivo, siempre con verdadero refinamiento y

originalidad. Allí está su discurso inicial de Alfredo Torroella que termina diciendo: ..."Muerte,

muerte generosa, ¡muerte amiga! ¡Ay! ¡Nunca vengas!"; su "Bolívar", nos revela al imaginador

(¿por qué no decirlo?: digámoslo de una vez, sin vacilación ni cumplimiento) más alto que

Castelar: de facultades abstractas como Vergniand y poderes penetrativos como Pitt. Entrena —

como dice un su apologista refiriéndose al orador— un modo de oratoria distinto del usual: una

elocuencia nerviosa, brillante, difícil y embriagadora. Cabalmente cuando pronuncio su discurso

de Alfredo Torroella en la velada solemne del Liceo, en ese su discurso primero ante un publico

numeroso de Cuba, Martí surge como el verbo tribunicio más efectivo de la Isla. Verbo que a los

veintidós años ya había conquistado en México, con motivo de su conferencia en el Liceo de

Hidalgo, las palabras proféticas de un periodista que se había aventurado a decir: "Este joven

será terrible en la plaza pública a la hora de una conmoción popular; podrá arrancar lágrimas al

borde de un sepulcro; será el orador favorito de las mujeres, de los niños y de los creyentes;

pero nunca, y esto depende de su sistema nervioso, de su imaginación viva y arrebatada, nunca

convencerá en un Parlamento ni se sobrepondrá en medio de las discusiones frías y serenas de

la ciencia". Dice Mañach —tanta y justas veces citado—; "Había una considerable justeza en el

diagnostico"...: "Solo que el opinador olvidaba que Martí no-tenia mas que veintidós años..." El

tiempo dijo la verdad y algo mas que el sobreponerse a las discusiones frías y serenas de la

ciencia: Dijo del orador único, entre nosotros, y que merece las glorias todas del recuerdo.

¡Tal es en resumen el espectáculo en que su ALMA se mueve! ¡Tal él prodigio espantable de su

manifestación verbal!

Que, si decimos verdad, y dejamos de lado toda pasión que pudiera influenciarnos, Martí es sin

duda el orador arquetipo de Cuba y él mÁs alto de nuestras latitudes. Uno de los más originales,

si no es él más original de todos.

BIBLIOGRAFÍA

Lisazo, Félix

1930 Epistolario de José Martí. Ediciones Cultural S A La Habana.

Martí, José

1946 Obras completas. 2 Vol. Editorial Lex, La Habana.