En: "Repertorio Americano". 39
(7): 97,98,11 de Abril de 1942.
Joaquín García Monge. (1881-1958)
nació en Desamparados (Costa Rica).
Obtuvo él título de
Profesor de Castellano en el
Instituto Pedagógico de Chile, en
1903. De regreso a Costa Rica se
desempeño como profesor; en 1920
ingresó a la Biblioteca Nacional
como director. A lo largo de
sus años hizo una enorme
contribución a la cultura
continental y universal publicando
varias
colecciones de autores clásicos y
modernos, entre los que destacan:
Colección Ariel, Ediciones
Sarmiento, El Convivio, Autores
Costarricenses, Autores
Centroamericanos y su obra magna
"Repertorio Americano"
(1919-1958). El Premio Nacional de
Periodismo cultural lleva su nombre.
Declarado Benemérito de la
Patria.
Como viador de libertad, José
Martí estuvo dos veces en Costa
Rica: en 1893, una semana del
mes de julio en esta ciudad de
San José, y, más tarde, del 11 al 18
de junio de 1894, en el
puerto de Puntarenas. De esto
habla en José Martí en Costa Rica
(1933) . La causa de la
libertad de Cuba fue popular
entre los costarricenses despiertos
de aquellos años. En Costa Rica
vivió Antonio Maceo una
temporada, con otros cubanos
conocidos. En busca de ellos, a
coordinar esfuerzos,
precisamente, vino Martí. Los
"hombres cordiales" de entonces,
letrados y
periodistas casi todos, lo
recibieron con entusiasmo. Una noche
dio en la Escuela de Derecho
una conferencia; el Colegio de
Abogados y los estudiantes le
formaron un auditorio selecto. A la
sala de la reunión entró del
brazo de nuestro gran don Mauro
Fernández. Se conserva en uno de
los periódicos de la época una
crónica de tal suceso; la suscribe
el poeta Emilio Pacheco. Martí
esa noche dejó huella imborrable
en el alma de los jóvenes.
De su paso por Costa Rica, que yo
sepa, quedan en espíritu una carta
(julio 8) a Pío Viquez, su
amigo y director de "El Heraldo
de Costa Rica", y unos renglones de
aprecio por esta patria, al
principio del artículo "Antonio
Maceo" (ver el Vol. VI de las Obras
de Martí compiladas por
Gonzalo de Quesada). Por cierto
que releo la carta a Pío Viquez en
estos días trémulos de 1942
y la halló, como numerosas
páginas suyas, tan previsora. Habla
del "tierno agradecimiento con
que recordare siempre la bondad
con que Costa Rica ha premiado en
mí, viajero humilde y
silencioso, el amor y vigilancia
con que los americanos, unos en el
origen, en la esperanza y en
el peligro, hemos de mantener a
esta América nuestra, sorprendida en
su cruenta gestación, en
los instantes en que por sus
propias puertas muda de lugar el
mundo..." Y añade: "...no será
Costa Rica, entre las naciones de
América, la que llegue tarde a la
cita de los mundos, harto
próxima para no disponerse a
ella, sin el desenvolvimiento y
persona nacional indispensable
para medirse en salvo con el
progreso invasor. Ya han caído los
muros y el hombre ha echado a
andar. Quién no se junte a la
cohorte le servirá de alfombra".
Y en las casas de sus amigos
costarricenses ("hombres plenos y
buenos de América", los llama),
se anduvo fijando si había
libros. Ese cuidado tuvo Martí,
lector asiduo: buscar libros,
enterarse
si los había buenos, por ejemplo,
en los caminos de las ciudades por
donde andaba, si las
gentes los leían. Por eso tuvo
razón Gabriela Mistral cuando en
1931, de paso por acá, les pidió
a los maestros de mi tierra
nativa, Desamparados, que a la
Biblioteca de la Escuela que lleva
mi
nombre le pusieran el de José
Martí. Y así se ha hecho. Otras
salas de lectura con los años, en
Costa Rica y en América, han de
llamarse José Martí. Compruebo lo
antedicho con estos
renglones del artículo "Antonio
Maceo": "De tomos de París y de lo
vivo americano está llena,
allá al patio, entre una fuente y
una rosa, la librería del hijo
joven". Seamos fieles al testimonio
de
Martí y no les tengamos miedo a
las ideas cuando dijo recordándonos:
“Y si hay justa de ideas
en un salón glorioso, apriétanse
a la entrada, para saber primero,
magistrados y presidentes,
sastres y escolares, soldados y
labrador". Como que en estos años
últimos, en eso de temerles
a las ideas, de rehuirlas, nos
hemos encogido bastante.
De Costa Rica escribió primores:
"De las gracias del mundo, Costa
Rica es una". "La cáscara
aún la oprime, pero ya aquello es
república."
Contemos ahora de que modo hemos
correspondido al cariño y aprecio en
que nos tuvo José
Martí.
Me he referido ya a un folleto de
Jinesta. Señalemos también otro
folleto: Víctor Manuel Cañas:
Martí o de la Patria, en que se
habla con acierto y donaire de su
vida y obra. Se publicó en junio
de 1935 como uno de los cuadernos
de " La Escuela costarricense", lo
que hace pensar que
círculo satisfactoriamente entre
los maestros y que han debido leerlo
con cuidado y provecho.
En 1914, edité, en la Colección
Ariel, con el título de Versos, una
selección del Ismaelillo, de los
Versos sencillos y Versos libres,
cogidos de los Vols. XI y XII de las
Obras de Martí servicio de
Gonzalo de Quesada. A esta
selección, nuestro R Brenes Mesén le
puso un prologo memorable.
En 1917 dí sobre Martí algunas
conferencias en el Ateneo de Costa
Rica, ante un selecto
auditorio. A ellas asistió - lo
recuerdo emocionado - el prócer don
Cleto González Viquez.
Impresionaron bien. En escuelas y
colegios hace años que me vivo
poniendo el ejemplo de José
Martí en su vida y en su obra.
Para mucha gente nueva
costarricense, Martí ya es familiar.
Pude
apreciarlo una de estas noches;
en un centro libre de estudios se me
pidió que algo les contara
del otro gran antillano: Hostos.
Revisaba el diario, las cartas, las
ideas de Hostos y alguna de las
alumnas, con sus preguntas,
obligaba a hallar ciertos parecidos
entre la vida y el pensamiento de
ambos libertadores.
Por medio del Dr. Regino E. Boti
y de mi amigo y colaborador Félix
Lisazo, obtuve en 1921 del
bienamado Dr. Gonzalo Aróstegui
un ejemplar de La Edad de Oro (Roma,
1905, edición de
Gonzalo de Quesada) que
perteneció a su tía la noble poetisa
cubana Aurelia Castillo de
González. El Dr. Aróstegui fue
tan generoso y patriota que se
desprendió de su querido ejemplar.
Lo aproveché para la edición
costarricense de 1921, en dos
tomitos y con dos ilustraciones. Fue
una novedad y un acierto
editorial para los americanos del
sur amigos de los niños y
admiradores de Martí. La edición
se agoto pronto. Todavía la buscan.
También con el nombre de La Edad
de Oro - bajo la influencia
martiana, por supuesto -, saque
de 1925 a 1930 seis libritos de
160 páginas cada uno, con lecturas
para niños. Ha sido la única
de mis publicaciones que ha
hallado casa editorial, la poderosa
librería Lehmann, y por falta de
apoyo en las escuelas y colegios
oficiales, no siguió la empresa.
Digamos también que la presencia
de José Martí en el "Repertorio
Americano" ha sido de la
mayor importancia. No hay volumen
- y ya son XXXVIII los publicados -
en que de él no se hable.
Es mucha la devoción que le
profeso a José Martí en el caso
ejemplar y saludable de su vida y
de sus obras. He anhelado que
América, la suya, arrime el oído al
corazón de Martí y coja su voz
monitora. Martí, con Sarmiento,
Bolívar, Hostos, es uno de los seis
o siete profetas y
conductores de la América
hispana.
Seguirlos, entenderlos (que es
comprenderlos) es cuestión de tiempo
y de cultura mayor. Es su
deber, si quiere crecer.
Un dato más: En nuestra
Biblioteca Nacional están las obras
de José Martí, según Gonzalo de
Quesada. Entraron como regalo de
una de las hijas del Lic. don Pedro
Pérez Zeledón, finado
ilustre.
Y concluyó: algunos jóvenes
preocupados abrirán este año en
Puntarenas un colegio que en ese
puerto hace falta. Han convenido
en que se llame Liceo José Martí,
que ha de ser, así lo espero,
seminario, plantel y casa de
juntarse y de quererse para los
estudiantes de Puntarenas. ¡Todo un
símbolo y una esperanza!: Un
Liceo José Martí mirando hacia el
Océano Pacífico, el espacio
abierto - en la previsión de
Hostos - a la posible cultura
Américo-hispana que estamos
obligados
a crear.
José Martí en Costa Rica
Carlos Jinesta
Fue escrito por encargo de
Joaquín García Monge; contiene un
prologo de Alejandro Alvarado
Quirós (miembro de la Academia
Costarricense, correspondiente de la
Española) su edición
estuvo a cargo de la Librería
Alsina, 1933, San José.
Carlos Jinesta (1900-1989). Nace
en Alajuela su obra más
significativa está relacionada con
la
biografía: El gran reformador,
Mauro Fernández (1921); Omar Dengo
(1928); Juan Rafael Mora
(1920); Elogio: Claudio González
Rucavado (1930), Epinicio: Juan
Santamaría (1930) y
Evocación de Hidalgo (México en
1951) entre su vasta obra. Abelardo
Bonilla considera que
estas biografías son ensayos de
elevada formalidad lírica y de
generoso espíritu, recargados de
metáforas a veces ingenuas, que
sirven al autor de apoyo y fijación
de la idea, lo mismo en el
detalle que en el conjunto.
José Martí visitó a Costa Rica
dos veces; en julio de 1893 y en
junio de 1894. Andaba en la forja
de un levantamiento en armas,
para brindarle a Cuba vida y gloria
libres. Nada de equívocos en
su demanda. La Isla no sufriría
más servidumbre ni vejación. Quedaba
un temblor épico tras el.
Aquí trabó amistad con ciudadanos
de valimiento; les cobro afecto,
nunca aminorado. Nuestro
país le fue hospitalario y
acogedor. Aquellos tiempos y
aquellos costarricenses, vitalizados
por
un ideal aleccionador, fueron
para Martí cálida simpatía: regazo y
palma. Traía a los suyos
firmeza de independencia. A
todos, como sustancia de su
evangelio: amor. Ante la eternidad
de
tinieblas en que se abismaba su
patria, Martí encendía la antorcha.
Fuego prometeico. Una
iluminación, en potencia, del
Universo y de las conciencias. En
los pechos amigos había latidos
patrióticos. De la tierra saltaba
la espiga para el sustento; también
el acero para romper yugos y
abatir ignominias. En
determinadas fechas, hay designios
cósmicos que se funden e
individualizan en una Vida. Martí
espiritualizaba cercanas
vehemencias, y su crucifixión era
axiomática. Espejo de magos de
Thesalia quizás le había revelado su
destino. De su heroicidad
y de su santidad, dejo
resonancias. Es incuestionable que
América ha sido rica en serpientes y
en verdugos. Pero no es menos
cierto que las primeras van
desapareciendo conforme se talan
selvas y se queman malezas; los
segundos, al resurgimiento de la
juventud que canta y que
castiga.
José Martí, de lo más limpio del
Continente, de lo más gallardo de la
raza, en ejercicios del
trabajo, del patriotismo, de la
libertad y de la estirpe del
corazón-, debe ser guía de pueblos,
en
el decoro de nuestras republicas.
Y Costa Rica, que no tiene diamantes
con que constelar el
pecho del Apóstol, le otorga el
gran premio, incoercible, de los
pobres: su ternura.
En 1892 entraron en las pampas
guanacastecas el general Antonio
Maceo y otros legionarios
cubanos, que venían de Nicaragua:
sus hermanos Tomás, José y Elizardo,
Flor Cronbert, Juan
Rojas, Arcilio Guía y Pedro Pie.
Nuestro Gobernante en tal época,
José Joaquín Rodríguez dio a
los emigrados muy franca ayuda,
para que se fundara una colonia
agrícola, propulsada por
Maceo. Mas tarde se llamó La
Mansión. Este es un distrito cálido,
de todo en todo hermoso, de
Nicoya de Guanacaste, situado al
sur de la cabecera de la provincia
en un valle formado por los
cerros de Las Huacas, La Balsa,
Los Leones y Jesús. Lo riega el rió
Morote. El contrato No. VIII
de 133 de mayo de 1891 sobre
fundación de una colonia en el
cantón de Nicoya, entre Joaquín
Lizano, secretario de Estado en
el despacho de Fomento y Antonio
Maceo y Grajales, fue
aprobado por el Congreso en
Decreto No. LXXIV de 21 de diciembre
de 1891, con las
publicaciones hechas por el Poder
Legislativo. Extraemos: Maceo se
comprometía a traer al país
cien familias cubanas
agricultoras para que se
establecieran en terrenos
denunciables de
Nicoya, y se dedicaran al cultivo
del tabaco, caña de azúcar, cacao,
algodón y café, sin perjuicio
de fomentar cualesquiera otras
industrias. Los colonos, excepto
uno, que en cada familia podía
ser mayor de cincuenta años,
deberían ser menores de edad,
varones la mitad de la colonia y de
raza blanca o mestiza en la
proporción de setenta y cinco por
ciento la primera y veinticinco por
ciento la otra. Maceo se obligaba
a desmontar y quemar no menos de
doscientas ni más de
cuatrocientas hectáreas de las
diez mil que se determinaban;
también a construir habitaciones a
los arrendatarios y dos edificios
adecuados para el depósito y
elaboración de tabaco, para
talleres de herrería, de
carpintería y depósitos de
instrumentos. Además, enseñaría a
los
costarricenses que quisieran, el
cultivo y beneficio de tabaco y
algodón. El gobierno daba a cada
familia los gastos de pasaje,
traslado y manutención desde Cuba a
Nicoya; concedía a Maceo,
de veinticinco a cincuenta pesos,
a juicio del Ejecutivo, por hectárea
de terreno que preparase en
condiciones de labrar;
trescientos pesos por todo
alojamiento que construyera a los
ocupantes;
la suma que fijasen peritos
nombrados por las partes, por los
edificios que enumeraba la
cláusula cuarta; cinco yuntas de
bueyes; dos mil pesos destinados a
compra y transporte de
semillas, las que deberían
distribuirse entre los hogares en
posesión de la tierra; un empréstito
de diez mil pesos que le serían
entregados por partidas de noventa,
pagaderas al
establecimiento de cada familia.
El Estado cedía a la colonia:
exención, por el período de cuatro
años, de impuestos de importación
por mercaderías que se introdujeran
en provecho de ella;
cada familia recibiría al
instalarse en Nicoya, una superficie
de dos a cuatro hectáreas de terreno
limpio, una vaca de leche, un
caballo, utensilios de cocina, tres
azadas pequeñas y tres grandes,
igual número de cuchillos y de
machetes, un pico, un rastrillo, un
albarda y tres hachas; quince
pesos reembolsables durante el
tiempo del contrato, por hectárea
que se desbrozara, hasta
completar una porción equivalente
a la que hubiese percibido; derecho
de explotar, libre de
tributos, hule, zarza y maderas
en el perímetro señalado. A los
colonos que se afincaran, en los
primeros treinta meses de su
residencia el gobierno suministraría
alimentos y vestidos. Esta
obligación no excedería de veinte
pesos mensuales por cada persona
mayor de veinte años,
quince por cada una menor de esa
edad y mayor de diez, y diez pesos
por los menores de diez y
mayores de tres. Otorgaba la
propiedad a cada jefe de familia por
la tierra que este sembrara de
tabaco, caña de azúcar, cacao,
algodón y café, siempre que no
pasara de cien hectáreas por
familia. En la cláusula IV del
Contrato el gobierno pondría en uso
común de la colonia cinco
yuntas de bueyes aperadas y dos
carretas; serian aumentadas a ciento
las primeras y a
veinticinco las últimas. Cuatro
arados de surco grande, ocho de
surco pequeño, un trapiche de
hierro, veinte escopetas con
provisión de pólvora, tubos y
pianos, ocho barrenos, media docena
de barras de acero, cinco redes
de pesca, dos botes, dos canoas, una
lancha de carga, una
maquina de aserrar madera,
surtido completo de herramientas de
carpintería y fragua con útiles.
Fuera de la yunta de bueyes, las
demás cosas continuarán
perteneciendo al Estado. Los
auxilios
para alimentos y vestidos de los
pobladores, el valor de la vaca, el
del caballo y el de los bueyes,
eran hechos en calidad de
adelantos y deberían ser
restituidos. Con este objeto tenían
los
habitantes que entregar el tabaco
que obtuvieran de sus primeras
cosechas hasta saldar la
cuenta. El cómputo del precio
haríase convencionalmente y el
gobierno pagaría, como máximo,
un peso por kilo. En la cláusula
IX, dentro de la zona marcada a la
colonia, se reservaría el
Estado un lote de mil quinientos
metros por cada lado, en el punto
que se designara, para el
levantamiento de una población.
Asimismo, el Ejecutivo edificaría,
cuando lo exigiesen las
necesidades del poblado, una
escuela primaria de ambos sexos.
En la cláusula XI el gobierno
tendrían privilegio sobre todas la
parcelas para el pago de dineros
que los adjudicatarios le
adeudaran. En la XII las concesiones
del contrato subsistirían
solamente por el termino de
cuatro años, contados desde su
probación por el poder legislativo.
El 7 de enero de 1892, fue
firmado el convenio No. XIX de
aceptación por el concesionario.
El sucesor de Rodríguez, Rafael
Iglesias Castro, de preclaros
talentos, estimuló a los colonos.
Ambiente y aliento al cubano. Se
instaló un ingenio. Producíase
azúcar en grande escala, Se
levantaron comisariatos adaptados
al clima. Meses después ingresaron
en Nicoya Tomas
Carrillo, Manuel Amaya, Federico
Montero, Ángel Noguera y los
hermanos Santiesteban. En este
grupo sobresalía doña María
Cabrales, mujer de A. Maceo, que
asociaba, a las virtudes
hogareñas, cuán de veras!, brío
patriótico. María -manifestaba Martí
a Maceo - es la más
prudente y celosa guardiana que
pudo dar a Ud. su buena fortuna.
Indiquemos de paso. Esta
matrona, residiendo en Costa Rica
en enero de 1897, recibió una
esquela del general Máximo
Gómez: le informaba que Antonio
Maceo había muerto en Punta Brava el
7 de diciembre de
1896, en un encuentro con la
columna del comandante Francisco
Cirujeda.
Luego concurrieron más insulares.
Moreno, Suárez, Pretel, Milanés,
Batista, Quesada, Abadía:
otros campeones. La colmena se
acrecentaba a ojos vista; pero no
había zánganos. Todos
tenaces, todos laboriosos en la
empresa de cultivar la tierra,
ocupados en encender los hornos,
para convertir la cana en azúcar
que rutila y en licor transparente,
sus fatigas y afanes.
Conquistaba pujanza la región. La
naturaleza presentaba su abundancia
y lozanía. En convivio
constructivo aquellos soldados
veían desfilar los días, en regazo
campero. Por las noches, en
ratos de esparcimiento, se
dedicaban a tocar la guitarra, a
jugar al tresillo y a tirar al
sable.
Asistían a la lidia de novillos;
al rodeo; o al herradero: en
corrales eran enlazados y derribados
los becerros, aplicándoles de
seguida el hierro candente, con la
marca del propietario. Algunas
mañanas, la montería. Penetraban
en el llano, guiados por mastines.
En ramas cabriolaban
monos vocingleros. Guacamayos y
chorchas refugiábanse en lo alto de
cedros. Andar, andar. Al
cabo, ladridos de la jauría.
Silbidos, voces, carreras, tiros.
¡Tiros certeros! Y regresaban los
cazadores, a la espalda un venado
o con la cabeza de un tigre que
horrorizaba a la vacada. Es
probable que, alegres cuál viento
entre palmas, bailasen el "punto"
con muchachuelas de camisa
de gola y vistoso pañuelo, y que
echasen coplas brillantes, aunque
punzadoras como las púas
de sus espuelas:
Yo prefiero los cartagos
porque son gentes aseadas,
paran y pintan ligero
y se alzan con las casadas .
Cantaban, y su canto era la
expresión de su sueno. Recitaban, y
su poema, desbridado y
ardoroso, lleno estaba de
bizarras cyranadas. En el
entretanto, el ministro de España en
Costa
Rica, García Ontiveros, tenía en
atisbo a los cubanos reconcentrados
en La Mansión, temeroso
de una arremetida corajuda de los
rebeldes.
Los domingos, al amanecer, se
dirigían a la villa de Nicoya, -Neco
Yaotl-, con el objeto de oír
misa en el templo construido en
la esquina N. E. de la plaza. Iban a
caballo, es fama. Calzadas
las espuelas. Bien endomingados;
con la camisa más luciente y bayeta
alrededor de la cintura.
Chanceros y alegres embromaban a
los vecinos que ventaneaban y
curioseaban. Travesura y
desenfado en el viaje. Eran
pintorescas las cabalgatas, ruidosas
de voces y de galopes. Los
corceles, todo nervio, de buena
estampa, menudo el trote, oreja
alerta y ojo perspicaz; de cola
anudada o esparcida; livianos
para el salto; relinchaban curvando
el cuello con donaire y
arrogancia.
Suenan allí, de tarde en tarde,
las mismas campanas que escucharan
cubanos y nativos, y que
antaño invitaron a orar a los
chorotegas, encomendados a fray
Manuel de Arroyo.
¡Campanas fundidas con místico
afán, de tonos suaves; blasonadas de
historia y de leyenda!
Nosotros las palpamos, en el
propio andamio que las sostiene, muy
cerca de la techumbre
cubierta de tejas que
aprisionaron en sus poros las
vibraciones de estos bronces.
¡Campanas!
¡Sonad como en viejos festivales,
en la Nicoya circuida de selvas,
animada de marimbas
indígenas que alzaban su
cantinela, - "Amores de Guardia","
Nicoyanita",- por caminos en donde
asordaba el estruendo de las
caballerías desbocadas!
Todavía quedan en La Mansión
descendientes de los colonizadores.
¿No viven Quesada, el
decidor, y Arauz, el fogoso? Hay
fluidos en el aire vivífico, que
evocan cosas de Cuba, en la
jornada de la independencia. Se
repiten anécdotas orladas de sangre
de héroes. Mientras ayer
los isleños sembraban caña,
ideaban el modo de darle libertad a
su patria. Con sudor de
libertadores permanecen
fecundizados aquellos acres
costarriqueños. Se movía el ingenio
de
azúcar, en medio de la paz que
ofrece el trabajo; y asimismo, en
intensas rumias, vagaba el
pensamiento de los antillanos, en
rutas de liberación. Allí, entre el
conjunto de emancipadores,
estaba forjada una como vértebra
del empeño. Aun desfilan, en calles
de La Mansión, antañeros
personajes que legaron hermosura
ilimite, —de conducta americana, de
fe, de virilidad,—a los
pueblos del Continente. Uno de
los patricios, en 1878, antes de
abandonar a Cuba, proscrito,
arrojó el sombrero en sus playas
jurando volver a alzarlo. Ignoramos
si algún escultor ha
recogido en mármol este gesto y
lo ha perpetuado con la elocuencia
del arranque. Otro valiente,
Calixto García, después de vencer
en bélicos encuentros, posesionado
de un soplo de ardor
romano, prefirió dispararse un
tiro debajo de la barba a caer preso
entre los adversarios de
uniforme de rayadillo y
escarapela roja y gualda. Pero la
herida no fue mortal y una cicatriz
habló
de lo que era la disposición
pudorosa.
Al declinar de un día, hermoso
como la honradez, entramos en La
Mansión. Visitamos el ingenio.
Esta en pie. Recorrimos sus
departamentos. El edificio es
sencillo, amplio. De madera y zinc.
Se
levanta a la espalda de un
arbolado. Alta suma de dinero se
invirtió en la industria, si se
considera el coste de calderas,
hornos, pailas, recipientes para el
fermento, tuberías y
maquinarias. El material, de
marca norteamericana, fue
transportado al Guanacaste con
ingentes
dificultades. En grietas se
arraigan yerbas bravías y anidan
lagartijas. Canos subterráneos,
ramificados técnicamente; por
ellos pasaban jugo, mieles, vapores,
todo bien distribuido, para el
buen resultado de la zafra. Sobre
el techo, en horas de trabajo, humo
en rizos. Los jueves y
sábados, en la molienda, habían
desusada animación con el transito
de carretas, envanecidas
de cana, cortada a ímpetus de
machete, que al ser agitado dejaba
en el aire un son de oro, un
trino de pájaro victorioso.
Antonio Maceo y compañeros se
carteaban a menudo con José Martí,
que residía en Nueva
York. Del norte, pues, recibianse
consignas.
En carta remitida desde Nueva
York, el 25 de mayo de 1893, al
general Maceo, expresaba Martí:
"Mañana tomo el vapor con rumbo a
Ud. —Costa Rica— aunque parándome
por el camino a
arreglos previos, y espero, sin
aparato y anuncio de ninguna
especie, estar en Puerto Limón del
15 al 30 de junio". En efecto, el
30 de junio de 1893, Martí se
encontraba en nuestra tierra.
El 1 de julio de 1893, en "El
Heraldo de Costa Rica", el director
Pió J. Viquez en, sección
editorial, con el título de
Cubano Ilustre, saludo al visitante:
"Un hombre muy notable, un
escritor y literato muy distinguido,
está con nosotros desde ayer
noche. (Ingreso Martí en la
capital el viernes treinta de
junio). El señor don José Martí
acaba de
llegar a San José. Aunque sabemos
de memoria cuantos son los
merecimientos y hasta donde
sube el precio de esa alta
personalidad latinoamericana, no
podemos decidirnos a tributarle hoy
nuestras frases de alabanza y
consideración. Para decir de las
personas que imponen respeto,
se necesitan mucho más tiempo,
meditación y esmero. Ahora acabamos
de ver al señor Martí, y
apenas hemos tenido tiempo para
reponernos de la sorpresa causada a
nuestro animo con la
presencia de ese enérgico
luchador americano, por el triunfo
del derecho democrático y la
cultura racional de los pueblos
de América. El señor Martí es
persona de nombre. En los mismos
Estados Unidos del norte, nación
donde ha vivido y desempeñado
oficios muy recomendables,
cuenta con muchos aprecios y
admiraciones que lo enaltecen. Que
el patriota cubano, tan
inteligente como culto, se digne
conceder acogida al testimonio que
le ofrecemos de nuestro
cordial saludo".
Hasta aquí el editorialista.
"El Diario del Comercio", que
dirigía José Ma. Gutiérrez, del 2 de
julio, en columna de honor,
consagro una salutación al
huésped. Entre otros conceptos
espumosos de simpatía, tiene este:
"En nuestras humildes regiones se
le conoce, se le admira y se le
ama".
El domingo 2 de julio, Martí fue
obsequiado con un almuerzo, en el
Gran Hotel. Hombres de
ciencia y letras ofrecieron al
enamorado de la causa de la
democracia, en irradiadora
anfictionía,
esta demostración de aprecio. Al
terminar, el homenajeado, calor todo
el, hablo extensamente, el
idioma del Derecho y en manera
particular la bienhechora lengua del
idealismo neto, al decir de
la crónica inserta el 1 de julio,
en El Heraldo de Costa Rica".
El lunes —tres de julio— Antonio
Zambrana dio una conferencia en el
Colegio de Abogados,
situado en esa sazón den varas al
sur de la Iglesia del Carmen, donde
hoy esta instalada la
Ferretería Rodríguez Hijos. Trato
de la filosofía platónica; de
Sócrates; del Logos y de Grecia. Su
discurso fue interrumpido por
instantes como motivo de haber
entrado al salón José Martí, en
compañía de don Mauro Fernández y
del general Antonio Maceo.
Ascensión Esquivel, que presidía
el acto, les recibió y les brindo a
su lado un asiento. Zambrana
continuó enseguida su oración. La
asamblea, al concluir el orador,
rompió en un aplauso largo.
Datos estos extractados, para
fidelidad histórica, de las
publicaciones de la época, del 5 de
julio.
Este día, Martí se traslada a la
ciudad de Cartago. Julio hacia
algodón en los limoneros.
Chicuelos, al presente de una
mentalidad de brillo, oyeron su
plática, en el club Punta Brava: los
hermanos Volio y los hermanos
Sancho.
El viernes siete de julio, a
primera hora de la noche, pronuncio
Martí una conferencia en la
Escuela de Derecho, a instancias
de unos cuantos jóvenes, dedicada a
la Asociación de
Estudiantes. Concurrieron al acto
Antonio Zambrana y Ascensión
Esquivel. Sobre el disertante,
expresó Emilio Pacheco, el 9 del
mismo mes:
"Vimos entrar a Martí al salón,
pálido y ligeramente encorvado,
apoyándose en su amigo el
doctor Zambrana, a ocupar lasilla
que se le avía señalado. Martí esta
enfermo: hace apenas tres
meses fue victima en Cayo Hueso
de criminal asechanza, que no logro
matarle; pero si
envenenarle la vida".
Efectivamente, se hallaba muy
quebrantado de salud. Los pulmones
le fallaban, y el corazón se
le quejaba. Antes de emprender
viaje a Costa Rica había realizado
una precaria escapatoria al
campo, —a los pinos de las
Castskill,— para recuperar fuerzas
pérdidas.
Discurrió el orador acerca de la
palabra patriota. Habló con
vehemente entusiasmo de la
juventud, del porvenir del
Continente, de poderosas influencias
extranjeras bajo las cuales se
desenvuelven y crecen los pueblos
de la América Latina. Declare que
los hispanoamericanos
tenemos vigor bastante para no
vivir dominados por la vida y la
literatura francesa y española. Se
refirió a España; a su arte, a la
decadencia sufrida después del
Descubrimiento. Al finalizar, con
enfervorizado acento, recordó a
Cuba, su patria. En el hermoso poema
de la independencia de
América, hay un verso enlutado:
Cuba esclavizada. El conferenciante,
"incansable a pesar de
sus energías debilitadas,
aparentaba agotar en arranques de
suprema elocuencia el fuego divino
de su inspiración, con frases ora
impetuosas y robustas, ora suaves,
dulces y llenas de
encantadora poesía".
Así, con la sinceridad artística
de una fecha que redondea los
cuarenta años, comentaba el
cronista.
Por espacio de dos horas le
oyeron más de cuatrocientas
personas. Gran número de
admiradores, de ahí a poco, le
acompañaron a su domicilio. Muchos
le vitoreaban. La Asociación
de Estudiantes redactaba un
periodiquito, "Picio", escrito a
mano. La edición alcanzaba a cinco o
diez ejemplares. En él, reseñas
festivas, versos humorísticos y
caricaturas. Fabio Baudrit se
iniciaba con las finuras y
sonrisas de sus escritos. En el
"Picio" sé público una crónica de la
disertación de José Martí, Para
despedir al Independizador, en
párrafos epilogales, expreso
Zambrana en "El Heraldo": "cómo
conozco en lo íntimo, y quiero con
entrañable amor, la
inteligencia singular, el
carácter afable y viril, el corazón
de oro, el espíritu sublime de mi
ilustre
paisano, gozo con su gloria, y
hago constar, con delicia, mi nueva
deuda de gratitud a Costa
Rica por haber colocado un laurel
fresco, en la corona de Martí", (11
de julio de 1893).
El sábado ocho de julio, Martí
partió a las siete de la mañana, con
dirección a Nueva York. En
una gacetilla de "El Heraldo"
aparecieron estas letras:
"El señor Martí ha sido entre
nosotros objeto de innumerables
muestras de respeto y cariño.
Desearíamos que el ilustre
cubano, conserve de Costa Rica el
recuerdo de los buenos deseos
de sus amigos".
En el "Diario del Comercio" —8 de
julio,— Manuel Arguello de Vars dio
su adiós a Martí, en
desbordada efusión. Dijo del
hombre enfermo, de cutis muy pálido.
En su semblante se
adivinaba el rastro vivo que
había dejado una intensa labor
intelectual y física, y una
abrumadora, constante pesadumbre
moral. Era una persona que
conversaba con voz tímida y
serena; de ancha frente y hundido
pecho; inclinado hacia adelante como
si el peso de su cerebro
le impidiera mantenerse erguido;
de cabellos y bigotes negros,
caballero de exquisita educación
y cultísimas maneras.
Así Martí, el año 93. ¿Se parecía
al retrato pintado al óleo del
natural por el sueco Herman
Norman? Añadamos que Martí queda
patentizado, en este su primer viaje
permaneció nueve
días en Costa Rica, del 30 de
junio al 8 de julio de 1893.
De la conferencia de Martí,
algunos concurrentes recuerdan aun
períodos martianos, con el
encanto de la añoranza. La
sinceridad y manera unciosa de la
palabra, atrajeron desde el
comienzo simpatía y admiración
del auditorio. Conceptuoso y firme.
Para Martí las razas india y
negra son bondadosas y sumisas.
Las desfiguran o desdeñan solo los
malvados. El tiempo
confirmó la estima de Martí por
esta gente, de generosidad nativa.
Fue hombro para ellas. Las
alentó; las ensalzo; las
protegió. Quísolas para orgullo de
su vida. Por temperamento de su
naturaleza; por colmar, hasta los
bordes, de licor de bien, en impulse
virtual de un intimo clamor,
las ánforas de sus ideas. En La
Edad de Oro —1889— hay un cuento: "
La Muñeca Negra".
Resbalan en él perladas gotas de
amor. Del amor de Martí para el
hermano negro. ¿En México,
Pedro de Alba, no se ocupa en
escribir ahora "Martí y los Negros?”
Montalvo, en "El Espectador",
exclama: si mi pluma tuviese don
de lágrimas, yo escribiría un libro
titulado El Indio, y haría llorar
al mundo.
El paso de José Martí por Costa
Rica adquiere, dentro del valor
histórico y de los destines fastos,
un significado del todo lumínico,
Momentos de solemnidad, aquellos.
Fecundadas por el
patriotismo, las horas se
enorgullecieron; los costarricenses
realzáronse con la visita de un
señalado, que congregaba a sus
coterráneos disperses a lo largo de
los Andes, que admiraban
sus fervores y el evangelio de su
redención en marcha. Vino el
discípulo de Rafael María
Mendive, sin pompas, humilde en
su grandeza, de puntillas si se os
antoja, a la conquista de
corazones. Abrió sus brazos. Le
vieron alas en el alma. Era un ave
con nido de llama. Gorjeaba
para consumirse en la lumbre de
su aspiración. Fueron de él los
hombres de espada y los de
sentimientos. Y en el sosiego de
nuestra tierruca, manaron aguas más
cristalinas y abundantes.
Tal vez nuestros volcanes —esos
profetas que escriben versículos con
lava y ceniza— adrede
no retumbaron para oír en su
cabal majestad, el verbo del romero,
espejo de la raza.
A la Humanidad, cuajada de
mortales chatos, —¡oh, las
turpitudes de los fofos!—, Dé tiempo
en
tiempo la deja en cinta lo
Desconocido y nace un ser superior,
que irradia gallardía, abnegación,
fortaleza. Costa Rica acogió a
Martí. Le brindo su espíritu, su
paz. Por eso él quiso servirla corno
hija. Nuestra patria arrullo,
como madre, a Martí.
En aquella ocasión, el pasado de
Costa Rica estaba en relieve en los
símbolos cívicos de
nuestra historia monetaria. El 10
de mayo de 1823 salían de los
troqueles, monedas de oro y
plata que mostraban en el anverso
una estrella con la leyenda: Costa
Rica Libre. En el reverso y
al centre una palma cruzada por
fina espada y fúsil con bayoneta;
debajo de estos un cañón. El
19 de marzo de 1824 se acuñaron
monedas que llevaban en el anverso
una cordillera de cinco
volcanes. El Sol comenzaba a
descubrirse por detrás del muro de
montañas. En la haz opuesta
traían un árbol, emblema de
libertad, con la inscripción: Libre
Crezca Fecundo. El 27 de octubre
del mismo ano el Poder Ejecutivo
procedió a la amonedación de piezas
de oro y plata. Esta
moneda ostentaba en el anverso
las armas del Estado. En noviembre
de 1838, por disposición
de Braulio Carrillo, presentaban
al reverse, un árbol que figuraba al
café, en monedas de oro; y
al del tabaco, en la plata. Se
autorizo nueva acuñación de monedas
por Ley de 29 de septiembre
del 48. Al anverso, una india en
pie, armada de arco, carcaj y
flechas. Y en septiembre de 1864,
se ponía una guirnalda de
laureles, en la pieza.
Estrellas y palmas: soñaciones e
idealizaciones. Espadas, arcos,
saetas estremecidas: defensa,
vigilancia, heroicidad. Volcanes
para vivir como ellos, con altivez.
Astros para alzar el
pensamiento hacia la inmensidad.
Laureles dignos de Dame. Árboles que
invitan al trabajo, a la
riqueza; signo de arraigo al
surco y a la heredad. Y mujeres
autóctonas, aljaba al hombre, bellas
de autonomía.
En escrito dirigido a Serafín
Sánchez, de regreso a Nueva York,
—julio 25 de 1893— declaraba
Martí que Antonio Maceo no le
puso el menor obstáculo; le llevo el
mismo al presidente de Costa
Rica —era D. José Joaquín
Rodríguez;— se libertó Maceo del
contrato que lo entrababa, y dejó
ajustado con Martí su modo
especial de ir. En este viaje Martí
había logrado con tacto
restablecer las relaciones de
Máximo Gómez y Antonio Maceo,
quienes estaban distanciados por
cosas volanderas.
Costa Rica, excelente. Para
nuestro país, siempre tenía
conceptos laudatorios. Llamábala
industriosisima colmena,
inspiradora de cariño por la
cordialidad de sus habitantes (de
"los
hermaniticos", como en Centro
América se nos distingue), y respeto
por nuestra laboriosidad e
industria.
En los días en que vivió Martí en
San José colaboraban en nuestros
periódicos escritores de
valer. Antonio Zambrana, cuya
pluma fue dicha de luz; Pió Viquez,
de estro relevante; Mauro
Fernández, todo ingenio en las
disputas en que se espacia el vuelo
de dialécticos y águilas;
Justo A. Facio en las calidades
de su técnica y la pulcritud de su
dicción; Manuel Arguello de
Vars, que conocía las briosas
ascensiones del espíritu;
Buenaventura Carazo, aficionado a
cuestiones hacendarias; Rafael
Iglesias, cual heráldico gallo de
bien firme ala, sorprendía a la
multitud, en alardes tribunicios,
con la diana de su verbo, José Ma.
Gutiérrez, hacedor de
camafeos, admirable por el
indeficiente garbo de estilo; Emilio
Pacheco, en suma, insusceptible
de confusión por su semblanzas y
acuarelas donde se externaba la
belleza. Además,
reproducianse meditaciones de
Hugo. Rubén Darío acababa de
abandonar el país, camino de
Nicaragua. Se abrían paso, en
animado aprendizaje, las corrientes
nuevas de la filosofía y del
Derecho.
Tal el medio, en el escenario de
nuestra nacionalidad. Aires
favorables, para el cubano.
A Martí le rodearon varones de
escogida superioridad. En torno de
él los inteligentes y los
pundonorosos. Por manera que fue
comprendido y amado.
Nuestros compatriotas sabían que
debemos honrar al que nos honra. No
vive vida de hombre
sino el que sabe, advirtió
Baltazar Gracian, para el corazón de
los tiempos. La juventud solicita
su palabra que señalaba rumbos y
deberes, hacia los impulses
afirmativos de América.
Nuestros valores de fuste, en las
milicias del pensamiento, lograban
ardorosas victorias, no solo
en los esmaltes y juegos de forma
y en el modo de colorear de fantasía
páginas de arte, sino
también en el dominio y difusión
de ideas alboreantes. Credos de
libertad, se propagaban.
Diarios y universidades invitaban
a pensar en problemas de altura,
para, con el entusiasmo de la
acción, hacer ambiente a lo que
implicaba religión de anhelos. Por
eso Martí y acompañantes
encontraron en nuestra Republica
hospitalidad como no otra. Al
talento, reverencia. A la rectitud,
devoción. Al proscrito, abrigo.
Al cruzado que pedía patria, las dos
manos. ¡ Manos efusivas, al
Hermano!.
Cuando Martí llega a Costa Rica
apenas había trasmontado los treinta
y nueve años.
El 8 de julio de 1893 José Martí,
al alejarse de San José dirigió una
carta a Pió Viquez, su amigo
muy querido, publicada el nueve
en "El Heraldo de Costa Rica". En
ella los párrafos chispean.
Costa Rica fue para él "tierra
que siempre defendió y amó, por
culta y viril, por hospitalaria y
trabajadora, por sagaz y por
nueva". En nuestro seno vióse
tratado como hermano por los que
casi no conocían su nombre.
Brillaron a su alrededor la
inteligencia enérgica, la palabra
discreta,
la lisonjera amistad de quienes
no la hubiesen acordado de seguro a
quien no trajese al sagrado
de su hogar el miramiento del
huésped y el corazón limpio. Tuvo
cerca de sí a hombres buenos
de América. Y este ruego; "Solo
de un modo puedo responder a esta
merced grande: y es pedir
a Ud. y a mis amigos de Costa
Rica que me permitan servirla como
hijo".
A decir verdad, fue hijo de
nuestro terruño, porque admiro el
libérrimo espíritu costarricense,
porque exaltó en el exterior las
ejecutorias republicanas de aquí,
porque en su alma hubo frescas
de cariño para esta nación. Cuna
en que esculturamos con el cincel de
la voluntad empeños de
resalte. En ella reposa el
preceptor que nos lego conocimientos
y siembra el labriego de cejas
encenizadas que en la calle
pueblerinario nuestro dicho. Hogar
bueno. En el se yergue aún la
casuca, chiquita lo mismo que un
corazón, morada del condiscípulo que
nos brindo amistad; y
vimos, cuando éramos inocencia,
el portal que nos convido a sonar y
recibimos la primera
amargura y asimismo, el goce
primero.
¡ La patria! ¡La patria!
Costa Rica, para alabarte
resultan rusticas las palabras: nada
puede alcanzar a embellecerte de
manera acabada; pero a ti, el
amor de tus hijos, envuelto en un
trueno de glorias.
A la llegada de Martí a estos
países, los puertos se orlaban de
emigrados. Hombres enteros,
pujantes, lucidos, de médula de
león, aquellos. Las adhesiones a la
causa se hacían visibles. El
allegamiento de recursos se
acrecentaba. La estructura educativa
del anhelo, en medio de tanto
riesgo, le rodeaba, por doquiera,
de cordialidad. Hechos posteriores
comprobaron la santidad del
movimiento. Dábale el Apóstol
tono y fisonomía a su credo. Martí
ya había dicho, para galanura
de la verdad: escribo con sangre
y muero. Marzo de 1894. En esta
fecha no deseaba el viaje de
Maceo a Nueva York. En caso de
urgencia, Martí se daría el gusto de
abrazarle en Costa Rica, si
una entrevista se estimaba
indispensable. De Nueva Orleáns, el
30 de mayo de 1894 escribió a
José Maria Aguirre: "Me embarco
al amanecer, con el hijo de Máximo
Gómez por compañía —
Francisco Gómez Toro—". El 5 de
junio siguiente, a bordo del vapor
noruego "Albert Doumois",
(capitán, Horgen), avisa a
Alejandro González: de Puerto Limón,
donde vamos a entrar, le
saludo. "Va conmigo Pachito, el
hijo mayor del general, y con él voy
allá a verle". Salud ni fortuna
venían con él. De este viaje, en
realidad, se sabe poco. Los
periódicos registraron datos breves.
En " La Prensa Libre" del viernes
8 de junio de 1894, se lee; "Ayer
tarde, procedente de los
Estados Unidos de América, Ilegó
a esta capital el ilustre orador don
José Martí, delegado de la
revolución de Cuba. En su primer
viaje dejo numerosos y gratos
recuerdos, principalmente con
su admirable conferencia en el
Colegio de Abogados. Reciba el
notable huésped nuestro atento
y cariñoso saludo de bienvenida".
Martí, en San José, el día 7. Se
hospedó en el Gran Hotel, El
domingo 10, " La Prensa Libre"
rindió en Notas y Noticias otro
saludo para Marti, visitante que
"sintetiza la suprema aspiración
de todo un pueblo hacia su
independencia".
El lunes 11, en la mañana, partió
para Puntarenas.
El 18 de junio de 1894 salió del
país. Siete días, en nuestro Puerto
del Pacífico. Saludo a los
mensajeros de la colonia de La
Mansión y a Flor Cronbert, de
quienes se separó "sin una sola
duda ni lastimadura". Conversé
con José Maceo, Juan Barracoa y León
Castro. En carta dirigida
a Antonio Maceo, de Puntarenas,
se refería a la posibilidad de hacer
en Tortuguero una
embarcación, con el propósito de
realizar sus planes. Los más de los
cubanos estaban
reconcentrados en Mohín y Nicoya.
En Puntarenas supo de la muerte de
Pardo y Perozo. Fue a
la ceremonia de un vapor nuevo, y
mostró deseos de describirlo a Pió
Viquez; pero le
imposibilitaron contrariedades
inesperadas.
Los puntareneños le festejaron y
regalaron con excepcionales
atenciones. De Puntarenas —
observe— cuánto cariño. Convites,
visitas, servicios. Del
costarricense llevaba "toda especie
de
gratas memorias".
El 22 de junio, en Panamá. De
allí escribió a Eduardo Pochet, a
Enrique Boix, a Loynaz. (De
Estados Unidos, el 4 de mayo de
1894, Martí mando a Costa Rica a
Enrique Loynaz del Castillo).
El 25 entraba Martí a Kingston.
Se detuvo en México y por último
siguió con rumbo a Nueva
York. Anhelaba el regreso para
desarrollar un plan rápido y
simultaneo.
En este su segundo viaje a Costa
Rica permaneció catorce días: del
cinco al dieciocho de junio
de 1894.
En San José pidió auxilio a los
que no habían contribuido, y fue
asunto de horas, con resultado
auspicioso para el
desenvolvimiento de la revolución. A
José Dolores Poyo advertía Martí que
lo
que se recogió fue sin súplica
excesiva, sin dolor de la dignidad,
con gozo de los contribuyentes.
Mencionaba el esfuerzo de los
cubanos de San José y el respeto de
los costarricenses. Los
antillanos que residían en Panamá
y en Jamaica, respondieron, asimismo
a su solicitud.
José Maceo y Flor Cronbert, por
disensiones suscitadas, ibánse a
batir en duelo. (Sobrevivientes
de La Mansión reservan el nombre
de una guanacasteca, linda como una
flor; — el ojo
adoselado; de alas de pirausta,
los labios—). Era necesario evitar
este lance. No debía
derramarse sangre entre los hijos
de la patria que les reclamaba por
igual. Enterado a tiempo
Martí de tal conflicto, un día,
día de sorpresa, se trasladó a
Puntarenas, —junio de 1894-. De los
señoríos nicoyanos vinieron
Cronbert y José Maceo. Martí, con
frase amorosa, provocó
reconciliación y armonizo a los
duelistas, quienes, después de hacer
un juramento ante la
bandera cubana, en un abrazo
reanudaron su camino al unir sus
corazones, al ruego martiano.
En aquella ocasión los cubanos
tuvieron pensamientos más puros que
nunca, come cuando se
reclina la cabeza en hombro de la
madre o en pecho de hijo.
Vuelto a Nueva York, en carta
para Antonio Maceo, aparecen estos
renglones: "De Pochet, ¿por
qué no he sabido? ¿0 esta bravo
con quién tanto tiene que
agradecerle como yo y le quiere y
estima tanto? Enrique, ¿adonde se
quiere ir? Le escribo que se quede,
a no ser que desee Ud.
otra cosa. Pongo unas líneas a
Flor, por Boix. El sábado escribo a
José y a Nicoya,"
El 3 de noviembre de 1894, puso a
Maceo este recuerdo: "Veo claro el
camino. No-menos claro
que aquella tarde hermosa en que
vi alejarse por el agua del golfo
(de Nicoya) e bote cargado de
mis bravos amigos".
El 17 de noviembre de 1894, en
despacho enviado desde Nueva York,
Martí preguntó con
ansiedad a Antonio Maceo sí era
cierto que estaba herido. Había
acaecido lo siguiente el general
Maceo, con varios connacionales,
- Loinaz del Castillo, Casimiro
Orúe, José y Alberto Boix -,
asistió la noche del sábado 10 de
noviembre del 94, a una
representación de la comedia "Felipe
Derblay" de Jorge Ohnet, por la
compañía dramática Paulino Delgado,
en la capital de Costa
Rica. A la salida del Teatro
Variedades, fueron atacados los
cubanos por algunos españolas,
ofendidos por un editorial de
Enrique Loynaz del Castillo, inserto
el jueves 8 en " La Prensa
Libre", periódico que redactaba
este general en San José. Él
-epígrafe "Bandolerismo en Cuba".
Contestábase una publicación de "
La Estrella de Panamá" sobre e
incremento del pillaje en
Cuba. En la noche del viernes
nueve, en La Cabaña de Tomás Soley
se celebró una reunión
para protestar del artículo. El
párrafo mas violento, expresaba:
"Vamos a responderle a La
'Estrella de Panamá' con la
elocuente realidad esas enormes
rentas que alcanzan en el
presupuesto a veintinueve
millones de pesos oro, sin contar
los inmensos caudales que cobran
los gobernantes españoles en la
sombra, sirven de hartazgo a esa
'nube de empleados', legión
innumera de vampiros, que viene
cada año a América para vivir del
sudor y de la sangre de los
cubanos. El buitre vive de lo que
su garra apresa. ¿Y que han sido
desde 1492 los
conquistadores de América, sino
buitres?". Prosigamos. Loynaz del
Castillo iba con tres amigos;
y adelante, a una distancia de
quince varas, el general Maceo y
cuatro personas más. Detrás de
estos, un grupo de españoles que
sumaban quince. (Entre ellos
Subiros, Feo, Incera,
Chapresto). Al pasar por el
almacén de D. Juan Hernández,
provocó Chapresto a Loynaz del
Castillo. En la refriega, que
principió en riña a palo y puno,
resulto muerto el español Isidro
Incera. Una bala le perforó la
cabeza de parte a parte. Se cruzaron
diez tiros. Maceo recibió una
herida por la espalda. Alberto
Boix un balazo en uno de los
hombros.
En casa de Eduardo Pochet
atendieron a Maceo los doctores
Durán, Uribe, Calneck, Céspedes y
Ulloa. El choque lo buscaron los
peninsulares y el proyectil mortal
salió de cañon cubano. El 15
de noviembre Loynaz del Castillo
se alejó de Costa Rica. Partía al
destierro. En carta pública
dirigida al presidente Iglesias,
el 14 de noviembre, anotaba Maceo:
"Cualesquiera que sean mis
opiniones políticas en los
negocios de mi tierra, he respetado
y respetare siempre de un modo
profundo la hospitalidad de este
país, y he mantenido y espero
mantener cordiales relaciones
con muchos miembros de la Colonia
Española tan respetada aquí por su
laboriosidad y sus
virtudes. Para las cuestiones de
Cuba no puede ser Costa Rica, sin
duda, un campo de batalla."
El 25 de noviembre, Martí
escribió a Maceo: "Al fin supe de
Ud. Sé que por su noble herida me lo
quieren más. ¿No me ha sentido en
estos días cerca de Ud. al lado de
su sillón?".
Siempre Martí, por sus amigos, se
preocupaba. Y quería más a sus
compañeros si el dolor les
atenaceaba. Incontaminadas
tradiciones morales, le hicieron
hidalgo. Alma abierta al horizonte
de una humanidad dignificada. Por
esto los isleños le comprendieron, y
a su voz se aunaron, con
la impaciencia de los que se
disputan la estima y confianza de
los superhombres.
Enfermedades, pobrezas, le
asediaban. A menudo, quisquillas de
localidad; disposiciones
hostiles del gobierno de
Washington. Sufrir, callar. Impulses
malogrados. Insinceras
obsecuencias. En el
convencimiento de deslealtades,
disimular, olvidar. De los cincuenta
que se
apuntaron en un monte —recordaba
Martí— a que fue para abrir a la
cumbre una vía nueva,
llegamos cinco. Yo no conté con
los cincuenta, sino con los cinco.
El trabajo, recio. Discursos,
articulaos, correspondencia; clases
traducciones(1), calculo de
facturas en la oficina Lyons &
Co., Visitas, viajes. Sometido a una
inhibición de recreo.
Penas por la familia ausente.
Veinticuatro años vivió lejos de
Cuba; en ese lapso solo dieciséis
meses permaneció en su país,
sumado el tiempo de los tres viajes
realizados. Echaba leña en la
hoguera; el ideal reclamaba
combustible. Llenaba de claridad las
vidas. Resquebrajado de rayos,
su orbe interior; como mar
cargado de tempestad, la mente. En
adquisición de armas, custodia,
cautela y sigilo. En la tarea
cien brazos como Briareo; un Argos
en el avizoramiento. Con la una
mano cuidaba de sus siembras
cívicas, con la otra se defendía de
la ignorancia espesa lo mismo
que barro. Actividades
centrifugas y centrípetas, al par.
Su faena, en beneficio del hombre.
Todo
empuje, este carácter. Todo
lumbre, el hijo de Mariano Martí.
Todo acción heroica, este dador de
dignidad. ¡Y era nervioso, de
pardos ojos vivaces, delgado y
pequeño este gigante que creo un
deslumbramiento de esperanzas
americanas!
En servicio de su causa ofrecía
pedir limosna de rodillas. De Martí
idas, venidas y retornos en
busca de fondos. Solicitaba
cuotas a los paisanos, primero; a
los hijos de América, enseguida.
Necesitaba poner armas en brazos
corajudos. —Rémington calibre 43,
machetes Collin 22,
cuchillos Haning Knife,— y
disponer del condumio diario.
Los libertadores, por lo general,
efectúan su obra con ayuda de los
pobres. De estos viven los
pueblos; por los pobres realizan
su misión los genios. El rico
subsiste para sí. Le importa un
adarme la cristalización de la
justicia. Con dinero —razona— se
reside a cuerpo de rey en los
términos todos del planeta. Por
ello es insensible al reclamo de la
libertad. Apellida loco, archí
loco, al que empuña la espada y
marcha en defensa del prójimo.
¿Quiénes colocaron recursos
en manos de Bolívar? A Martí,
¿cuántos le socorrieron para la
hermosura de su empeño?
¡Hay tantos que niegan por
negar!, Reflexionaba Mariano José de
Larra, comentando el egoísmo
de sus contemporáneos.
Las mujeres, al llamado
patriótico, vendían sus joyas. Ramón
Ortiz, en Costa Rica, compró
anillos a varias damas, entre
otras a María Cabrales de Maceo.
Martí no perseguía créditos ni
famas. Humilde, en su labor. Pero
imperioso de esfuerzo. Brega
de principios jugosos; de
supremas convicciones. Es suya esta
frase, que para entendimientos
que penetran el sentir e
intensidad de las palabras, están
henchidas de alboradas: "Si me dan
diez mil pesos para la
revolución, salgo desnudo en mulo".
De su parte, vida franciscana. Comía
en lugares donde fuese más
barato; los amigos le prestaban
trajes con que presentarse
adecuadamente en la tribuna.
Hacía en tercera o en segunda, sus
viajes incesantes.
De regreso en Nueva York, en
septiembre, anduvo Martí cuatro días
buscando quien pusiese
dinero, por cable, en Costa Rica.
Las áreas, escuetas. Estuvo a pique
de fracasar. Le halló
después de mucho ruego y fue
remitido a Antonio Maceo.
En noviembre, dijo Martí a Maceo,
en una página de su correspondencia:
"Siempre supliqué a
Ud., por mayor seguridad, y para,
evitar la zozobra y el cansancio,
que la gente allá siguiese en
sus labores hasta el último
momento, y de ellas se deslizaran al
punto de embarque. Y así creo
que lo habrá logrado Ud. a no ser
que las cosas hayan hecho salir de
ellas a los compañeros".
En sus cartas, con insistencia,
preguntaba por Flor Cronbert, Boix,
Pochet y Palacios.
Caso no incurioso. Esta Martí
preparando la guerra, en colectas de
fondos, en adquisición de
armamento, en atisbo de lo que
comporta avance en el
pronunciamiento, en propaganda de
una
lucha orgánica y homogénea, mano
a mano y pecho a pecho, y se
preocupa por los fueros del
idioma. A Juan Fraga avisa que
ira con puntualidad a la junta. "El
no emplea él termino meeting -
anota-que es lo mismo que junta o
reunión en castellano. Y no vaya a
interpretar esto de regaño
-agrega- sino de cariño, por el
placer de travesear con Ud. A Eva
Canel, observa: deseo que
tome en paz su lunch, -¿por qué
no lonche?" Y a Gonzalo de Quesada,
refiriéndose a su labor
literaria, le manifiesta que
prefiere verle entrarse impaciente
por el castellano, tronchando con el
gusto de la vuelta una que otra
flor, a verle de mendigo de las
literaturas extranjeras, fatigándose
en vano por acomodar a un molde
exótico el alma criolla. Proclama:
El vino, de plátano; y si sale
agrio, ¡es nuestro vino!.
Es Martí el revolucionario que,
arma al brazo, o en caballo
caracoleador, afila el lápiz ansioso
de
darle matiz, lustre y legitimidad
a las palabras. Quiere patria.
Quiere asimismo, inviolabilidad y
propiedad de lengua, para esa
patria.
Sus versos son fragmentos de su
vida. cada estrofa, encendida de
emoción, es un trozo de
historia. Versos Sencillos
reflejan naturalidad y sencillez.
Martí recuerda episodios de
juventud.
Algunos poemitas palpitan de
énfasis, de nervio y de riqueza
verbal. En Versos Libres hay
osadías de versificación
precursora y transiciones nítidas.
En ellos, rebeldías de lucha, bravas
ideas en los años de campaña. Se
oye el paso de escuadrones de
altivez, firmes de dignidad. Se
siente el estremecimiento de las
selvas, bajo la trepidación de la
tierra. Ismaelillo dibuja su
intimidad espiritual. Lo dedica a
Pepito. Ternezas de padre para el
hijo. La cuna en brazos de
Martí. El subjetivismo que le
domina es teresiano, por la suavidad
de sus embelesos; Martí es
gracianesco por la hondura de
pensamiento y novedad de sintaxis.
Sus cartas están aperdigadas en
tres o más volúmenes. Las
terminaciones, no infrecuentemente
son de un brillo total. Fuerzas
del músculo y calor de su sangre, en
sus frases. Juegos de alma,
en arquitectura de panal, en
ellas. "Junte a su casa en un
abrazo". "Nuestra alma entera: el
agravio olvidado y la fe
encendida". Para sus ansiedades, he
aquí resumido su civismo:
"Valgámonos a tiempo de toda
nuestra virtud, para levantar, en el
crucero del mundo, una
república sin despotismo y sin
castas".
Tiene Martí visiones de su fin:
"Caeremos y nos refuerzan. Esto lo
he leído en el cielo, y Ud.
llevara una cinta de mi caja
vacía; pero moriré dando luz". Y una
muestra de los dulzores de su
humildad: "bajo la cabeza y
bendigo".
Este eximio libertador, con la
mano en la conciencia, blindado de
franqueza, traza en esquelas,
para reserva de la amistad, lo
que le dicta su meditación honrada.
Es la suya honradez de alba:
un despliegue de resplandores.
Forma, para su alzamiento
victorioso, tropas de luz, cuyo
pecho
es capaz de resistir balas y
maldades.
No engolosina con promesas.
Conjura el engaño, la falsía, la
encrucijada de envidias. A los
pequeños, de temor pueril, de
preocupaciones enmohecidas, a los
arrimadizos y segundones,
desdén. Sin esperas ni melindres,
a los bravos, a los leales, presenta
un convite a la muerte, en
comunidad de propósitos, a cambio
de una patria desclavizada digna de
su historia.
Cuando se acerca el impulso
inicial de la rebeldía, expresa:
"crece la hora grande". Y estotro,
meduloso: "Óiganme con sus
corazones. Y a un camarada. Dígame
que lo he conocido, que
vemos él.
"En busca de óbolos para
fortaleza de la causa: yo insisto,
yo argumento, yo me arrodillare, yo
no dejaré nada por hacer. En
cierta ocasión, en conceptos
rutilantes, videntes: "yo me llamo
conciencia"
Ya en el estribo del vapor,
camino de la guerra, envía estas
letras a su madre, el 25 de marzo de
1895; "Ahora bendígame, y crea
que jamás saldrá de mi corazón obra
sin piedad y sin limpieza.
En Cuba, presto a entrar en
combate: la divina claridad del alma
aligera mi cuerpo".
Manifestaciones arcangélicas, hay
en Martí.
Quiere con todas veras morir el
primer. Aguarda con gozo el
sacrificio. Escribe con frescura de
viento de cumbre: "nos caemos
riendo", cuando el y Máximo Gómez
suben rocas, rifle en mano,
al encuentro del enemigo.
Produce con la naturalidad con
que cae sobre musgos un rayo de sol
de la mañana. No
obstante, Aurelio Mitjans tacha a
Martí de ingenio amanerado. Lo
corriente. Criticas inevitables.
A Sarmiento le encuentran
descuidado; a Rodó, retórico,
fraseólogo; a D. Juan Montalvo,
afecto
a rebuscamientos; a Darío,
preciosista, ¡Qué se ha de hacer! El
egoísmo es así: guarda gusanos
en la sangre. ¡Oh Envidia, en
balde echa toneles de veneno en el
Océano! Naciste de los
estercoleros de Belcebú, y no
hueles bien. ¿Sabes? Te pareces a la
raposa, la ladrona.
Martí se siente puro y liviano y
descubre en él algo como la paz de
un niño. Incrustado, dentro de
sí, lleva ese alado anuncio de
una muerte venturosa, prodiga en
revelaciones. Casi nunca fecha
sus cartas. Afirma que vive un
día que no termina sino con la
emancipación de Cuba, Él escribe
"para siempre". Así Tucídides.
Por Rafael Maria Mendive, su
maestro, Martí daría a cada momento
su vida. ¿Semejante
devoción no consagraba Bolívar a
su mentor Rodríguez? Blanca de
Montalvo, niña sonrosada y
rubia, asomada en Zaragoza a una
ventana de la casona de Platerías,
es su primer amorcillo,
ingenuo "como el césped al margen
de los ríos". De su novia Rosario de
la Pena — 1875, meses
de amor y rosa en México— no
quiere apartar sus pensamientos; la
llama numen pudoroso, la
pide que le despierte a la
exaltación y alas esperanzas; mujer
suya es mas que mujer común. A
María García Granados, su adorada
de Guatemala, hubiera querido
"colgarle al cuello esclavos
los amores", Fermín Valdez, amigo
de infancia y de juventud, es su
mejor hermano. ¡Oh, la
mañana de su niñez, cuando tiene
él un juguete de pluma: el gallo,
diestro gladiador, que le da
Lucas de Sotolongo! Leonor,
Carmen, Amelia, Antoñica y Ana, sus
hermanos, son como lirios
para su alma, que hunden las
raíces donde las tiene su vida. De
este mundo desea llevar la
copia que hace el pintor Manuel
Ocaranza, de Ana, la hermanita que
muere a los dieciocho
años. En Carmen, su esposa, y en
su hijo, por transfusión prodigiosa,
esta el calor de sus
afectos; en vano él busca su
espíritu; Queda en ellos. Es cosa de
huir de si mismo esa de no
tener cabeza de hijo que besar en
el destierro. Cuando manda un abrigo
y un sombrero a su
"dueño" a La Habana, gasta Martí
en salva de amor sus últimos
cartuchos. Su libro Ismaelillo lo
publica —1882, Thompson y Moreau—
por ser mariposa que echa a volar
para que se pose en
el hombro de "su reyecillo". A su
madre, matrona fuerte, mucho la
necesita; mucho la ama. Es
nobilísima. Hereda las virtudes
de su suelo; Canarias. El día que es
urgente despedirse de su
viejecita, ella le va detrás de
un cuarto a otro y el va huyéndole.
Su padre, de cabellera de plata,
valenciano de cuna, asmático
desde mozo, es de temple enérgico,
de aptitudes extraordinarias,
de excelsos, raros meritos. Martí
olvida, por siempre, las
intolerancias e irritaciones de su
padre.
Las justifica, las perdona.
Hay palabras qué tienen alma:
selva. Qué aprisionan matiz: rosal.
Qué poseen acento: beso, que
es el amor hecho música. Qué
arrastran los corazones: Hijo,
Madre; que son salud del mundo.
Otras, saturadas están de
santidad cívica: Martí, Sarmiento;
que se incautan de las fuerzas
virtuosas de la Humanidad. Un
razonamiento montalvino, resume el
valor de estos últimos
términos: fuego, santo fuego,
arde en el pecho de los varones
ínclitos, llámate locura, y fomenta
los desvaríos que son la gloria
del genero humano.
En el recuento de estas
germinaciones de arrojo, de coraje,
echemos en olvido la hora solar,
dentro de una filosofía de
efectividades humanas, y
reconsideremos la hora mental, que
preconizaba un acontecimiento,
hacia lumbraradas sin fin, de la
evolución de la raza. Asequible
era el propósito. Concurrían
naturaleza y tiempo. Dominaba lo
rojo. Cada época y cada tiempo
se distinguen por su color. El
brío de los átomos, en el éter,
tiene resonancia en las potencias
terrenas. Cosas creadas e
increadas, de las posiciones
celestes y de los dominios de Adán,
se
asocian, en momento dado, y
estampan personificación a una
voluntad redentora. Intervienen lo
invisible y lo impalpable. Hecho
este escarceo, digamos que Martí,
representativo de la Libertad,
fue esencia de energías
universales.
La honradez caracterizó a Martí.
Pero preocupación, no inconstante,
en negocios de rectitud.
Honradez en sus múltiples
aspectos: respeto por lo ajeno,
culto a la verdad, consagración al
trabajo, desprendimiento en el
servir, alteza. Su epistolario esta
nutrido de sinceridad. Mina esta
en donde se palpa la excelencia
de sus arrestos íntimos y de sus
virtudes patricias. A Miguel de
Unamuno, lo que le reveló un
singular escritor, en José Martí,
fueron sobre todo, sus cartas. Con
su mano por mesa, —sus maluqueras
le obligaron a meterse en cama,— o
en el borde de la silla
o en el estribo del tren o al pie
del vapor, trazaba sus epístolas
porque no había tiempo de
reparar en comodidades. Lujoso de
cariños, sin veleidad, en misivas
escritas desde Nueva York,
en el cuarto piso de una casa
vetusta y sombría con escalera de
hierro, 120 de la calle de Front,
comunicaba con sus
lugartenientes, regados en América
Central y Sudamérica. También
pergeño sus esquelas en el bohío,
—¡oh, sus letras hechas con tinta
morada!— a la luz de una
vela fija en ventruda botella,
mientras cerca se oía el tecleo de
la batalla. Del estudio de la
escritura de Martí, realizado por
Rael Fakir, redactor de la Sección
grafológica de "El Mundo" de
La Habana —enero 29 de 1933—se
deduce que fue un emotivo.
Caballero en el sosiego del
hogar: caballero en el combate.
Transparencia en actos:
perspicuidad en pensamientos. De
oro su vida: impulsada en sendas de
bien.
Moralidad, entereza, en cifra y
resumen, aureolaron su nombre. En su
sentir, la amistad era
dulzura única de la existencia.
Útil fue a su país; necesario, por
sus generosidades, a sus
semejantes. Desde pequeño abrió
un cauce amoroso. De almohada: la
muerte. Nada de
maculas ni de desvíos. Luchó sin
desmedro de la dignidad. Como un
niño, —advertía a
Fernando Figueredo,— me voy
limpio, a la tumba. Grande hombre
este que hizo horas grandes
de una época grande. Patria y
libertad y perdón y amor. Para
escribir la biografía de José Martí
es precise internarse en un
huerto pintado de frutos, de flores
incomparables, de pájaros de
Zorrilla de San Martín, adonde
descendiesen, de cuando en cuando,
águilas vestidas de
relámpagos. Miel y seda para
celebrar sus ternuras; ala y garra y
golpes de tempestad, al
rememorar sus empujes épicos y
sus empeños tras el logro de la
emancipación de su pueblo.
En América muy a menudo atrapa el
poder caciques de una tribu
desconocida, si gustáis, porque
sus métodos de mando son tan
primitivos que evocan la edad de
piedra. Ya en el gobierno
proditorio, principian a consumar
destines a diestro y siniestro. Leen
mal y escriben peor.
Cuentan con los dedos. Unos
tienen predilección por bueyes y
terneros, —¡oh Facundo!—; otros
se pirran por los caballos, —¡oh,
Ignacio Veintimilla!—. A los mas les
obsesiona el juego, —los
Ezeta en Centro América—; todos
se embriagan, todos... son Guzmán de
Alfarache en el
merodear. ¡Su vocablo favorito es
p...!; se rodean de poetas pilongos
y farfantones.
Entran en la iglesia con el
sombrero encasquetado hasta las
orejas, clausuran universidades y
escuela, mandan a pegar fuego a
las imprentas, violan la
correspondencia, destierran,
vapulean,
encarcelan, castran, envenenan,
degüellan.
Si el pueblo exterioriza un
sentimiento airado, el cacique,
nombra el derecho, da sus alzacolas
y
pelafustanes, —mozos de cuerda o
gomosos de cabo de barrio,— saca a
la calle ametralladoras
y tala el cuerpo de jornaleros y
mujeres y acribilla de balas el
pecho de niños que van tras sus
padres, los ojos levantados al
cielo y fundida en una plegaria, su
devoción patriótica.
El cacique nada realiza al
disimulo. Es toro para la embestida.
No rehuye responsabilidades. Él
es él. ¡Muy él! Dictador,
déspota, hiena: lo que se quiera.
Dueño de sí y de su pueblo. Altanero
con la naturaleza y la Humanidad.
Constitución, justicia, paz, son
para las baratijas en la ratonera
de su país. A veces, en cualquier
festividad, un orador turiferario
hace el parangón y compara al
tirano, —el feroz Machado—, con
tal cual genio. Entonces recuerda el
gobernante que alguien a
quien él dispuso matar, le llamó
ilustre perverso. Echa a correr,
acude al cementerio, abre la
tumba, y rabioso y dementado, el
sacapotras golpea el cadáver del
gran rebelde yaciente, honor
de la patria y de la libertad.
América necesita hombres de la
contextura ética de Martí. Nuestros
conductores de pueblos, por
lo común, no son de pensamiento
integro, de alma Integra, de acción
íntegra. Bastardías,
falacias, latrocinio, crueldades,
en ellos. Irrespetuosos con las
leyes; inescrupulosos con los
bienes del Estado. Se rodean los
politiqueros del Continente, de
dogos y de espías. Pagan el
dolo, la traición, el robo, el
crimen. Se adueñan del mando, con
artimañas, con amaños; saturan
el aire de pólvora y de picardía.
Con sangre apagan su sed, ya por
falta de luces y de cordura, ya
por sobra de malicia. En
recompensa, de Europa reciben
condecoraciones, a voleo. ¡Premios
que ofrece la Civilización a la
Barbarie! El vicio les fascina.
Juegan a los dados; son mujeriegos.
Beben; riñen a tiros.
Comerciantes en tierras, si les
viene en gana venden su patria; y se
meten
al bolsillo, junto con el fajo de
dólares, decoro, soberanía,
porvenir. Todo, todo. ¡Y se ríen con
toda el alma, los monstruos!.
No nos cansemos de pregonarlo:
varones de la talla de Marti, ha
menester, permanentemente,
América, para seguraza del
mañana. Gallardos de corazón.
Diáfanos de ideas. Límpidos en su
vida hogareña y pública. Con una
veintena de republicos de tal
estatura, se harían luminosos
estos nuestros tiempos y la
naturaleza misma estallaría en un
alumbramiento de promesas.
Es conveniente trasladarnos al
pasado. Reconstruir con prolijidad
acontecimientos en el pretérito
que presencio esfuerzos de
resalte, de horas de lanza, de
energía y de Asunción. Ver los
preámbulos: el fermento de ánimos
que antecede a la acometida. En la
guerra de 1868, jefeada
por Céspedes, se inicio una era
de lucha, contra la Corona y los
capitanes generales. Los
sublevados quemaron sus ingenios
y sus zonas de caña. Nueva vida,
para sus hijos. La
metrópoli desatendía el
desarrollo de la cultura. No había
mas que la tolerada por la economía
de los burócratas extranjeros.
Actividad educativa, pues, nula.
Eran abrumadores los impuestos.
El pillaje administrativo llegaba
al exceso. El convenio del Zanjón —
1878— fue una tregua del
movimiento libertador, para
combatir con eficacia el poder
coercitivo de la monarquía. Los
discípulos de José de la Luz
lanzaban sus llamas de decoro. Se
buscaba la estructura de una
democracia capaz de producir un
despertar de espíritu ciudadano. Por
sus cálculos, los
dirigentes semejantes ser, en
punto de detalles, ajedrecistas en
ciencia militar. Ingeniería,
matemática, en los estudios. Los
insurgentes extendían el mapa, e
indicaban un rió, una cumbre,
un escondite en costas
escarpadas. Sorpresas aquí, en
perspectiva. Barricadas allá, en
atisbo
de cualquier revés.
Reorganización de caballerías allí
donde cabía un alarde de centauros,
en la
embestida. Escogimiento de
voluntarios de hierro. Prevenir,
encarar situaciones, hasta en sus
meandros más ocultos. Resistencia
a prueba de
emboscadas y sinsabores. A falta
de triunfo, ni un desmayo. En la
acción, tenacidad. Sobre el
fracaso, el rehacer; sobre
tropiezos, calma, destreza, ingenio.
Ulises y Marte en entendimiento
enjundioso. Y en América toda,
mujeres, chicuelos y ancianos, a
ratos en oración, en ocasiones
en el quehacer. Artesanía
santificadora. Zurcían morrales;
preparaban venda; componían armas;
mientras esposos, hermanos e
hijos, por la emancipación de Cuba,
la adorada, pegaban fuego a
los reductos del opresor, y caían
cubiertos de bendición y de
inmortalidad; o vencían, halagados
por los rompimientos matinales,
del porvenir.
En diciembre de 1894 Martí envió
a Alejandro González a Costa Rica.
Avisaba a Maceo que en
embarcación por arribar cerca de
Limón mandaba armas disfrazadas de
herramientas de
agricultura, cuatro barriles,
tablones para una balsa de
desembarco, y botes; uno de treinta
pies.
El barco cargaba carbón para
veinticinco días y provisiones
abundantes. También hachas para
romper algunas cajas en tierra y
un mapa de la costa sur de Cuba.
En enero de 1895 Antonio Maceo y
Flor Cronbert debían salir de Costa
Rica en el barco
"Amadis" hacia Santiago de Cuba,
con el objeto de invadir la isla. La
expedición marchaba del
puerto de Fernandina, en Florida.
En el barco "Baracoa" iban Serafín
Sánchez y Roloff. En el
"Lagonda", Máximo González y José
Martí. Pero este plan fracasó por la
denuncia y malignidad
de Fernando López de Queralta.
Estaba listo para zarpar el
"Lagonda", rumbo a Centre América,
cuando el Departamento de
Hacienda de Washington ordenó la
detención y registro del vapor.
Intentos fallidos, como se
desprende, que implicaban
doblamiento de trabajo.
Se acercaba el arranque de la
rebeldía. Independencia o muerte, el
dilema. Martí aprontaba lo
necesario, sin tardanza. El
tiempo, breve. Martí veíase obligado
a nuclear la revolución, a ratos
desmigajada. Tenía que descabezar
intrigas con frecuencia. Desdenes de
ánimos
matusalénicos, innoblezas del
adversario, le cercaban. A veces era
conveniente atemperar a los
atribularios. Algunos sujetos
sobrado injustos le acusaban de
sonador. Precise era trasladarse a
todas partes. Pensar a escape.
Cablegrafiar, en clave, al vuelo. Y
darse prisa en el desempeño.
Estar presente allí donde
surgiera una dificultad o una
felonía de cualquier descastado. En
su
taller de almas, no cabían
quietud ni descanso: la obra se
fraccionaba. Dentro de plazos
improrrogables, Martí, sopesando
sus responsabilidades, esforzabase
por imprimirle dinamia,
unidad y eficacia a la
insurgencia en gravidez.
Para hacer el bien, a cada paso
se encuentran dificultades entre los
mismos que van a disfrutar
del beneficio. Se oponen a la
libertad los que dejaran de ser
esclavos. Martí conoció este
encrespamiento de obstáculos,
residuo de ignorancia, de ruindad.
¿No intentaron envenenarle
con falso vino de coco, dos
infelices? ¿No le traicionó
Queralta?
Sarmiento, profundizador de la
sicología de estos países nuestros,
manifestaba que no se
renuncia a la lucha porque en un
pueblo haya millares de hombres
egoístas que sacan de él su
provecho; indiferentes que lo ven
sin interesarse; tímidos que no se
atreven a compartirlo;
corrompidos, en fin, que
conociéndolo, se entregan a el por
inclinación al mal, por depravación;
siempre ha habido en los pueblos
todo esto, y nunca el mal ha
triunfado definitivamente.
En febrero de 1895 estallo la
revolución en Cuba. Los emigrados
principiaron a tornar, en sigilo,
al suelo nativo. Les congregaba
el clarín de la grande hazaña.
Soberbio, aquel regreso de
hombres que llevaban la honra de
su país. Martí remitió a Maceo seis
mil pesos, para que se
embarcara con sus bravos, en una
cáscara o en un Leviatán, pues urgía
su contingente. La isla
estaba en guerra. Martí encareció
abandono de todo; menos de la idea
de subir al tren y mar.
Los ciudadanos residentes en San
José debían bajar a la costa. A
Julio Lassús, cubano
empleado con puesto importante en
la aduana de Puerto Limón, se le
mandaron en tres cajas,
veinticinco equipos.
De antemano Martí aconsejó a
Maceo: "La tarea de Ud. por allá
(Costa Rica), fuera de tener bien
escogido el puerto y los detalles
de llegada de la embarcación, será
tener los hombres
preparados, y sin salir del
trabajo hasta el instante último".
Antonio Maceo y sus hermanos,
Flor Cronbert, Valdez y Rodríguez se
embarcaron hacia Cuba,
Marchaban veinticinco
independizadores.
Revolución que aspira al
bienestar de todos, es revolución
que acendra. Rebeldías de esta
índole germinan en corazones
divinos. Arrancan de cuajo árboles
de crueldad, de iniquidad. Son
arados cuya esteva se adentra,
¡varios codos!, en la tierra; se
quiere gleba nueva y nueva
simiente. La siembra es proficua,
con abono de sangre de mártires. El
planeta siente, en su
entraña, una renovación vital.
¿Quiénes se oponen a estas
agitaciones saludables? De los
redentores,¿cuales abominan? Los
que nacieron para malquerer. Los que
son sombra de una
sombra; garra y demencia.
Demencia de hachas. ¡Picaras hachas!
Bribones! ¡Vergüenza sois de
todas las latitudes, de todas las
razas!
La América que esperamos, —aclara
Reyes, no sin razón—cuando brote de
cada uno, habrá
brotado al mismo tiempo de todos.
La corpulencia del pensamiento
designa un rumbo: unidad varonil
para la vida de la honra.
Revolucionar, —jóvenes
visionarios en crisálida,— es
disponer una sucesión de amaneceres,
en
lo porvenir. Aire, espacio,
patrimonio de destellos, para el
futuro de los que deben heredar, de
sus mayores, recaudos de virtud,
y ejecutorias, muy diáfanas —como el
éter del señorío de los
dioses— de Pundonor.
En el triunfo no improbable, ya
Martí hacia ante sus conciudadanos
juramento de desinterés.
Pasada la guerra, cuando
disfrutaran sus coterráneos de los
atributos de la Republica, el, con
religiosa ansiedad, educaría al
indio, instruiría al guajiro. El
Versos Sencillos -1891,— quería
echar su suerte, "con los pobres
de la tierra". Contestaba: ¡Bajarse
hasta los infelices y alzarlos
en los brazos! En La Edad de Oro
—1889— al igual de Amicis, brindo su
primicia a los niños de
la escuela. El proclamo: "Se han
de reclutar soldados para el
ejercito y maestros para los pobres:
Debe ser obligatorio el servicio
de maestros, como el de soldados: el
que no haya enseñado un
año, que no tenga el derecho a
votar". Rodó afirmaba que
nacionalidad que soñaba Martí era
libertad, era superioridad, era
paz; pero era también inteligencia,
cultura e idealismo. El pensar
rodoniano es exacto, si ahonda la
vida martiana Solemnemente rechazaba
la designación de
presidente de la Republica, como
recompensa: de sus desvelos. Martí,
con probidad, se opuso a
los ofrecimientos. "La patria
necesita sacrificios,
—reflexionaba—. Es ara y
no-pedestal. Se la
sirve, pero no se la toma para
servirse con ella".
Sometíase a disciplinas aceradas.
Se adelantaba, así, a prejuicios y
malquerencia Entraba en la
contienda, libre de pasiones. Su
predica, pues, asentada sobre
rectitud. Sus actos, frondosos de
hombría de bien. Su obra, pulida
por el sufrimiento. En tal fragua se
plasmó su vida procera.
Casqueado de fe. La duda o la
malicia de los otros quizás le
exigió todavía más. Sin embargo, la
posteridad le cobijo con todas
las banderas, y en la misa de
libertad, se levantan plegarias que
reverberan en su memoria. No en
vano la poetisa chilena le compara
con Ezequiel, el profeta
que crepita. Y Ventura García
Calderón le llama el último santo de
la libertad. En Cayo Hueso las
tabaqueras cubanas, para
despedirle, le regalan una cruz de
plata. En ella estaba el sentido de
la vida de Martí.
Once de abril de 1895. Picado