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José Marti

 

Honrar, Honra

 

Monumento al Apóstol José Marti

En el Parque Municipal de Orotina el cual lleva su nombre

"Parque José Marti"

 
Viernes 1º de agosto 2008 a las 9:00 a.m. se lleva a cabo el acto inaugural y exposición histórica en el Palacio Municipal; a las 10:00 a.m. festival de bandas en el parque José Marti... esto da comienzo a las actividades que se llevaran a cabo en el mes de agosto celebrando el centenario del Cantón de Orotina antiguamente conocido como Villa los Reyes de Santo Domingo donde el apóstol José Marti visito formando parte de la historia del Cantón de Orotina y de la Republica de Costa Rica.
 
Los "hombres cordiales" de entonces letrados y periodistas casi todos. Recibieron con entusiasmo a José Marti, Antonio Maceo y otros destacados hombres cubanos de letras y  machete. Hoy del ideario Martiano aprendemos su legado PANAMERICANO que nos permite definir la "Alternativa Martiana para Las America ALMA" como columna vertebral del movimiento PANAMERSA y base de los CLUBES MARTIANOS.
 
Como homenaje a los aportes de José Marti se a recopilado esta presentación denominada:

José Martí en Costa Rica

Joaquín García Monge

En: "Repertorio Americano". 39 (7): 97,98,11 de Abril de 1942.

Joaquín García Monge. (1881-1958) nació en Desamparados (Costa Rica). Obtuvo él título de

Profesor de Castellano en el Instituto Pedagógico de Chile, en 1903. De regreso a Costa Rica se

desempeño como profesor; en 1920 ingresó a la Biblioteca Nacional como director. A lo largo de

sus años hizo una enorme contribución a la cultura continental y universal publicando varias

colecciones de autores clásicos y modernos, entre los que destacan: Colección Ariel, Ediciones

Sarmiento, El Convivio, Autores Costarricenses, Autores Centroamericanos y su obra magna

"Repertorio Americano" (1919-1958). El Premio Nacional de Periodismo cultural lleva su nombre.

Declarado Benemérito de la Patria.

Como viador de libertad, José Martí estuvo dos veces en Costa Rica: en 1893, una semana del

mes de julio en esta ciudad de San José, y, más tarde, del 11 al 18 de junio de 1894, en el

puerto de Puntarenas. De esto habla en José Martí en Costa Rica (1933) . La causa de la

libertad de Cuba fue popular entre los costarricenses despiertos de aquellos años. En Costa Rica

vivió Antonio Maceo una temporada, con otros cubanos conocidos. En busca de ellos, a

coordinar esfuerzos, precisamente, vino Martí. Los "hombres cordiales" de entonces, letrados y

periodistas casi todos, lo recibieron con entusiasmo. Una noche dio en la Escuela de Derecho

una conferencia; el Colegio de Abogados y los estudiantes le formaron un auditorio selecto. A la

sala de la reunión entró del brazo de nuestro gran don Mauro Fernández. Se conserva en uno de

los periódicos de la época una crónica de tal suceso; la suscribe el poeta Emilio Pacheco. Martí

esa noche dejó huella imborrable en el alma de los jóvenes.

De su paso por Costa Rica, que yo sepa, quedan en espíritu una carta (julio 8) a Pío Viquez, su

amigo y director de "El Heraldo de Costa Rica", y unos renglones de aprecio por esta patria, al

principio del artículo "Antonio Maceo" (ver el Vol. VI de las Obras de Martí compiladas por

Gonzalo de Quesada). Por cierto que releo la carta a Pío Viquez en estos días trémulos de 1942

y la halló, como numerosas páginas suyas, tan previsora. Habla del "tierno agradecimiento con

que recordare siempre la bondad con que Costa Rica ha premiado en mí, viajero humilde y

silencioso, el amor y vigilancia con que los americanos, unos en el origen, en la esperanza y en

el peligro, hemos de mantener a esta América nuestra, sorprendida en su cruenta gestación, en

los instantes en que por sus propias puertas muda de lugar el mundo..." Y añade: "...no será

Costa Rica, entre las naciones de América, la que llegue tarde a la cita de los mundos, harto

próxima para no disponerse a ella, sin el desenvolvimiento y persona nacional indispensable

para medirse en salvo con el progreso invasor. Ya han caído los muros y el hombre ha echado a

andar. Quién no se junte a la cohorte le servirá de alfombra".

Y en las casas de sus amigos costarricenses ("hombres plenos y buenos de América", los llama),

se anduvo fijando si había libros. Ese cuidado tuvo Martí, lector asiduo: buscar libros, enterarse

si los había buenos, por ejemplo, en los caminos de las ciudades por donde andaba, si las

gentes los leían. Por eso tuvo razón Gabriela Mistral cuando en 1931, de paso por acá, les pidió

a los maestros de mi tierra nativa, Desamparados, que a la Biblioteca de la Escuela que lleva mi

nombre le pusieran el de José Martí. Y así se ha hecho. Otras salas de lectura con los años, en

Costa Rica y en América, han de llamarse José Martí. Compruebo lo antedicho con estos

renglones del artículo "Antonio Maceo": "De tomos de París y de lo vivo americano está llena,

allá al patio, entre una fuente y una rosa, la librería del hijo joven". Seamos fieles al testimonio de

Martí y no les tengamos miedo a las ideas cuando dijo recordándonos: “Y si hay justa de ideas

en un salón glorioso, apriétanse a la entrada, para saber primero, magistrados y presidentes,

sastres y escolares, soldados y labrador". Como que en estos años últimos, en eso de temerles

a las ideas, de rehuirlas, nos hemos encogido bastante.

De Costa Rica escribió primores: "De las gracias del mundo, Costa Rica es una". "La cáscara

aún la oprime, pero ya aquello es república."

Contemos ahora de que modo hemos correspondido al cariño y aprecio en que nos tuvo José

Martí.

Me he referido ya a un folleto de Jinesta. Señalemos también otro folleto: Víctor Manuel Cañas:

Martí o de la Patria, en que se habla con acierto y donaire de su vida y obra. Se publicó en junio

de 1935 como uno de los cuadernos de " La Escuela costarricense", lo que hace pensar que

círculo satisfactoriamente entre los maestros y que han debido leerlo con cuidado y provecho.

En 1914, edité, en la Colección Ariel, con el título de Versos, una selección del Ismaelillo, de los

Versos sencillos y Versos libres, cogidos de los Vols. XI y XII de las Obras de Martí servicio de

Gonzalo de Quesada. A esta selección, nuestro R Brenes Mesén le puso un prologo memorable.

En 1917 dí sobre Martí algunas conferencias en el Ateneo de Costa Rica, ante un selecto

auditorio. A ellas asistió - lo recuerdo emocionado - el prócer don Cleto González Viquez.

Impresionaron bien. En escuelas y colegios hace años que me vivo poniendo el ejemplo de José

Martí en su vida y en su obra. Para mucha gente nueva costarricense, Martí ya es familiar. Pude

apreciarlo una de estas noches; en un centro libre de estudios se me pidió que algo les contara

del otro gran antillano: Hostos. Revisaba el diario, las cartas, las ideas de Hostos y alguna de las

alumnas, con sus preguntas, obligaba a hallar ciertos parecidos entre la vida y el pensamiento de

ambos libertadores.

Por medio del Dr. Regino E. Boti y de mi amigo y colaborador Félix Lisazo, obtuve en 1921 del

bienamado Dr. Gonzalo Aróstegui un ejemplar de La Edad de Oro (Roma, 1905, edición de

Gonzalo de Quesada) que perteneció a su tía la noble poetisa cubana Aurelia Castillo de

González. El Dr. Aróstegui fue tan generoso y patriota que se desprendió de su querido ejemplar.

Lo aproveché para la edición costarricense de 1921, en dos tomitos y con dos ilustraciones. Fue

una novedad y un acierto editorial para los americanos del sur amigos de los niños y

admiradores de Martí. La edición se agoto pronto. Todavía la buscan.

También con el nombre de La Edad de Oro - bajo la influencia martiana, por supuesto -, saque

de 1925 a 1930 seis libritos de 160 páginas cada uno, con lecturas para niños. Ha sido la única

de mis publicaciones que ha hallado casa editorial, la poderosa librería Lehmann, y por falta de

apoyo en las escuelas y colegios oficiales, no siguió la empresa.

Digamos también que la presencia de José Martí en el "Repertorio Americano" ha sido de la

mayor importancia. No hay volumen - y ya son XXXVIII los publicados - en que de él no se hable.

Es mucha la devoción que le profeso a José Martí en el caso ejemplar y saludable de su vida y

de sus obras. He anhelado que América, la suya, arrime el oído al corazón de Martí y coja su voz

monitora. Martí, con Sarmiento, Bolívar, Hostos, es uno de los seis o siete profetas y

conductores de la América hispana.

Seguirlos, entenderlos (que es comprenderlos) es cuestión de tiempo y de cultura mayor. Es su

deber, si quiere crecer.

Un dato más: En nuestra Biblioteca Nacional están las obras de José Martí, según Gonzalo de

Quesada. Entraron como regalo de una de las hijas del Lic. don Pedro Pérez Zeledón, finado

ilustre.

Y concluyó: algunos jóvenes preocupados abrirán este año en Puntarenas un colegio que en ese

puerto hace falta. Han convenido en que se llame Liceo José Martí, que ha de ser, así lo espero,

seminario, plantel y casa de juntarse y de quererse para los estudiantes de Puntarenas. ¡Todo un

símbolo y una esperanza!: Un Liceo José Martí mirando hacia el Océano Pacífico, el espacio

abierto - en la previsión de Hostos - a la posible cultura Américo-hispana que estamos obligados

a crear.

José Martí en Costa Rica

Carlos Jinesta

Fue escrito por encargo de Joaquín García Monge; contiene un prologo de Alejandro Alvarado

Quirós (miembro de la Academia Costarricense, correspondiente de la Española) su edición

estuvo a cargo de la Librería Alsina, 1933, San José.

Carlos Jinesta (1900-1989). Nace en Alajuela su obra más significativa está relacionada con la

biografía: El gran reformador, Mauro Fernández (1921); Omar Dengo (1928); Juan Rafael Mora

(1920); Elogio: Claudio González Rucavado (1930), Epinicio: Juan Santamaría (1930) y

Evocación de Hidalgo (México en 1951) entre su vasta obra. Abelardo Bonilla considera que

estas biografías son ensayos de elevada formalidad lírica y de generoso espíritu, recargados de

metáforas a veces ingenuas, que sirven al autor de apoyo y fijación de la idea, lo mismo en el

detalle que en el conjunto.

José Martí visitó a Costa Rica dos veces; en julio de 1893 y en junio de 1894. Andaba en la forja

de un levantamiento en armas, para brindarle a Cuba vida y gloria libres. Nada de equívocos en

su demanda. La Isla no sufriría más servidumbre ni vejación. Quedaba un temblor épico tras el.

Aquí trabó amistad con ciudadanos de valimiento; les cobro afecto, nunca aminorado. Nuestro

país le fue hospitalario y acogedor. Aquellos tiempos y aquellos costarricenses, vitalizados por

un ideal aleccionador, fueron para Martí cálida simpatía: regazo y palma. Traía a los suyos

firmeza de independencia. A todos, como sustancia de su evangelio: amor. Ante la eternidad de

tinieblas en que se abismaba su patria, Martí encendía la antorcha. Fuego prometeico. Una

iluminación, en potencia, del Universo y de las conciencias. En los pechos amigos había latidos

patrióticos. De la tierra saltaba la espiga para el sustento; también el acero para romper yugos y

abatir ignominias. En determinadas fechas, hay designios cósmicos que se funden e

individualizan en una Vida. Martí espiritualizaba cercanas vehemencias, y su crucifixión era

axiomática. Espejo de magos de Thesalia quizás le había revelado su destino. De su heroicidad

y de su santidad, dejo resonancias. Es incuestionable que América ha sido rica en serpientes y

en verdugos. Pero no es menos cierto que las primeras van desapareciendo conforme se talan

selvas y se queman malezas; los segundos, al resurgimiento de la juventud que canta y que

castiga.

José Martí, de lo más limpio del Continente, de lo más gallardo de la raza, en ejercicios del

trabajo, del patriotismo, de la libertad y de la estirpe del corazón-, debe ser guía de pueblos, en

el decoro de nuestras republicas. Y Costa Rica, que no tiene diamantes con que constelar el

pecho del Apóstol, le otorga el gran premio, incoercible, de los pobres: su ternura.

En 1892 entraron en las pampas guanacastecas el general Antonio Maceo y otros legionarios

cubanos, que venían de Nicaragua: sus hermanos Tomás, José y Elizardo, Flor Cronbert, Juan

Rojas, Arcilio Guía y Pedro Pie. Nuestro Gobernante en tal época, José Joaquín Rodríguez dio a

los emigrados muy franca ayuda, para que se fundara una colonia agrícola, propulsada por

Maceo. Mas tarde se llamó La Mansión. Este es un distrito cálido, de todo en todo hermoso, de

Nicoya de Guanacaste, situado al sur de la cabecera de la provincia en un valle formado por los

cerros de Las Huacas, La Balsa, Los Leones y Jesús. Lo riega el rió Morote. El contrato No. VIII

de 133 de mayo de 1891 sobre fundación de una colonia en el cantón de Nicoya, entre Joaquín

Lizano, secretario de Estado en el despacho de Fomento y Antonio Maceo y Grajales, fue

aprobado por el Congreso en Decreto No. LXXIV de 21 de diciembre de 1891, con las

publicaciones hechas por el Poder Legislativo. Extraemos: Maceo se comprometía a traer al país

cien familias cubanas agricultoras para que se establecieran en terrenos denunciables de

Nicoya, y se dedicaran al cultivo del tabaco, caña de azúcar, cacao, algodón y café, sin perjuicio

de fomentar cualesquiera otras industrias. Los colonos, excepto uno, que en cada familia podía

ser mayor de cincuenta años, deberían ser menores de edad, varones la mitad de la colonia y de

raza blanca o mestiza en la proporción de setenta y cinco por ciento la primera y veinticinco por

ciento la otra. Maceo se obligaba a desmontar y quemar no menos de doscientas ni más de

cuatrocientas hectáreas de las diez mil que se determinaban; también a construir habitaciones a

los arrendatarios y dos edificios adecuados para el depósito y elaboración de tabaco, para

talleres de herrería, de carpintería y depósitos de instrumentos. Además, enseñaría a los

costarricenses que quisieran, el cultivo y beneficio de tabaco y algodón. El gobierno daba a cada

familia los gastos de pasaje, traslado y manutención desde Cuba a Nicoya; concedía a Maceo,

de veinticinco a cincuenta pesos, a juicio del Ejecutivo, por hectárea de terreno que preparase en

condiciones de labrar; trescientos pesos por todo alojamiento que construyera a los ocupantes;

la suma que fijasen peritos nombrados por las partes, por los edificios que enumeraba la

cláusula cuarta; cinco yuntas de bueyes; dos mil pesos destinados a compra y transporte de

semillas, las que deberían distribuirse entre los hogares en posesión de la tierra; un empréstito

de diez mil pesos que le serían entregados por partidas de noventa, pagaderas al

establecimiento de cada familia. El Estado cedía a la colonia: exención, por el período de cuatro

años, de impuestos de importación por mercaderías que se introdujeran en provecho de ella;

cada familia recibiría al instalarse en Nicoya, una superficie de dos a cuatro hectáreas de terreno

limpio, una vaca de leche, un caballo, utensilios de cocina, tres azadas pequeñas y tres grandes,

igual número de cuchillos y de machetes, un pico, un rastrillo, un albarda y tres hachas; quince

pesos reembolsables durante el tiempo del contrato, por hectárea que se desbrozara, hasta

completar una porción equivalente a la que hubiese percibido; derecho de explotar, libre de

tributos, hule, zarza y maderas en el perímetro señalado. A los colonos que se afincaran, en los

primeros treinta meses de su residencia el gobierno suministraría alimentos y vestidos. Esta

obligación no excedería de veinte pesos mensuales por cada persona mayor de veinte años,

quince por cada una menor de esa edad y mayor de diez, y diez pesos por los menores de diez y

mayores de tres. Otorgaba la propiedad a cada jefe de familia por la tierra que este sembrara de

tabaco, caña de azúcar, cacao, algodón y café, siempre que no pasara de cien hectáreas por

familia. En la cláusula IV del Contrato el gobierno pondría en uso común de la colonia cinco

yuntas de bueyes aperadas y dos carretas; serian aumentadas a ciento las primeras y a

veinticinco las últimas. Cuatro arados de surco grande, ocho de surco pequeño, un trapiche de

hierro, veinte escopetas con provisión de pólvora, tubos y pianos, ocho barrenos, media docena

de barras de acero, cinco redes de pesca, dos botes, dos canoas, una lancha de carga, una

maquina de aserrar madera, surtido completo de herramientas de carpintería y fragua con útiles.

Fuera de la yunta de bueyes, las demás cosas continuarán perteneciendo al Estado. Los auxilios

para alimentos y vestidos de los pobladores, el valor de la vaca, el del caballo y el de los bueyes,

eran hechos en calidad de adelantos y deberían ser restituidos. Con este objeto tenían los

habitantes que entregar el tabaco que obtuvieran de sus primeras cosechas hasta saldar la

cuenta. El cómputo del precio haríase convencionalmente y el gobierno pagaría, como máximo,

un peso por kilo. En la cláusula IX, dentro de la zona marcada a la colonia, se reservaría el

Estado un lote de mil quinientos metros por cada lado, en el punto que se designara, para el

levantamiento de una población. Asimismo, el Ejecutivo edificaría, cuando lo exigiesen las

necesidades del poblado, una escuela primaria de ambos sexos.

En la cláusula XI el gobierno tendrían privilegio sobre todas la parcelas para el pago de dineros

que los adjudicatarios le adeudaran. En la XII las concesiones del contrato subsistirían

solamente por el termino de cuatro años, contados desde su probación por el poder legislativo.

El 7 de enero de 1892, fue firmado el convenio No. XIX de aceptación por el concesionario.

El sucesor de Rodríguez, Rafael Iglesias Castro, de preclaros talentos, estimuló a los colonos.

Ambiente y aliento al cubano. Se instaló un ingenio. Producíase azúcar en grande escala, Se

levantaron comisariatos adaptados al clima. Meses después ingresaron en Nicoya Tomas

Carrillo, Manuel Amaya, Federico Montero, Ángel Noguera y los hermanos Santiesteban. En este

grupo sobresalía doña María Cabrales, mujer de A. Maceo, que asociaba, a las virtudes

hogareñas, cuán de veras!, brío patriótico. María -manifestaba Martí a Maceo - es la más

prudente y celosa guardiana que pudo dar a Ud. su buena fortuna. Indiquemos de paso. Esta

matrona, residiendo en Costa Rica en enero de 1897, recibió una esquela del general Máximo

Gómez: le informaba que Antonio Maceo había muerto en Punta Brava el 7 de diciembre de

1896, en un encuentro con la columna del comandante Francisco Cirujeda.

Luego concurrieron más insulares. Moreno, Suárez, Pretel, Milanés, Batista, Quesada, Abadía:

otros campeones. La colmena se acrecentaba a ojos vista; pero no había zánganos. Todos

tenaces, todos laboriosos en la empresa de cultivar la tierra, ocupados en encender los hornos,

para convertir la cana en azúcar que rutila y en licor transparente, sus fatigas y afanes.

Conquistaba pujanza la región. La naturaleza presentaba su abundancia y lozanía. En convivio

constructivo aquellos soldados veían desfilar los días, en regazo campero. Por las noches, en

ratos de esparcimiento, se dedicaban a tocar la guitarra, a jugar al tresillo y a tirar al sable.

Asistían a la lidia de novillos; al rodeo; o al herradero: en corrales eran enlazados y derribados

los becerros, aplicándoles de seguida el hierro candente, con la marca del propietario. Algunas

mañanas, la montería. Penetraban en el llano, guiados por mastines. En ramas cabriolaban

monos vocingleros. Guacamayos y chorchas refugiábanse en lo alto de cedros. Andar, andar. Al

cabo, ladridos de la jauría. Silbidos, voces, carreras, tiros. ¡Tiros certeros! Y regresaban los

cazadores, a la espalda un venado o con la cabeza de un tigre que horrorizaba a la vacada. Es

probable que, alegres cuál viento entre palmas, bailasen el "punto" con muchachuelas de camisa

de gola y vistoso pañuelo, y que echasen coplas brillantes, aunque punzadoras como las púas

de sus espuelas:

Yo prefiero los cartagos

porque son gentes aseadas,

paran y pintan ligero

y se alzan con las casadas .

Cantaban, y su canto era la expresión de su sueno. Recitaban, y su poema, desbridado y

ardoroso, lleno estaba de bizarras cyranadas. En el entretanto, el ministro de España en Costa

Rica, García Ontiveros, tenía en atisbo a los cubanos reconcentrados en La Mansión, temeroso

de una arremetida corajuda de los rebeldes.

Los domingos, al amanecer, se dirigían a la villa de Nicoya, -Neco Yaotl-, con el objeto de oír

misa en el templo construido en la esquina N. E. de la plaza. Iban a caballo, es fama. Calzadas

las espuelas. Bien endomingados; con la camisa más luciente y bayeta alrededor de la cintura.

Chanceros y alegres embromaban a los vecinos que ventaneaban y curioseaban. Travesura y

desenfado en el viaje. Eran pintorescas las cabalgatas, ruidosas de voces y de galopes. Los

corceles, todo nervio, de buena estampa, menudo el trote, oreja alerta y ojo perspicaz; de cola

anudada o esparcida; livianos para el salto; relinchaban curvando el cuello con donaire y

arrogancia.

Suenan allí, de tarde en tarde, las mismas campanas que escucharan cubanos y nativos, y que

antaño invitaron a orar a los chorotegas, encomendados a fray Manuel de Arroyo.

¡Campanas fundidas con místico afán, de tonos suaves; blasonadas de historia y de leyenda!

Nosotros las palpamos, en el propio andamio que las sostiene, muy cerca de la techumbre

cubierta de tejas que aprisionaron en sus poros las vibraciones de estos bronces. ¡Campanas!

¡Sonad como en viejos festivales, en la Nicoya circuida de selvas, animada de marimbas

indígenas que alzaban su cantinela, - "Amores de Guardia"," Nicoyanita",- por caminos en donde

asordaba el estruendo de las caballerías desbocadas!

Todavía quedan en La Mansión descendientes de los colonizadores. ¿No viven Quesada, el

decidor, y Arauz, el fogoso? Hay fluidos en el aire vivífico, que evocan cosas de Cuba, en la

jornada de la independencia. Se repiten anécdotas orladas de sangre de héroes. Mientras ayer

los isleños sembraban caña, ideaban el modo de darle libertad a su patria. Con sudor de

libertadores permanecen fecundizados aquellos acres costarriqueños. Se movía el ingenio de

azúcar, en medio de la paz que ofrece el trabajo; y asimismo, en intensas rumias, vagaba el

pensamiento de los antillanos, en rutas de liberación. Allí, entre el conjunto de emancipadores,

estaba forjada una como vértebra del empeño. Aun desfilan, en calles de La Mansión, antañeros

personajes que legaron hermosura ilimite, —de conducta americana, de fe, de virilidad,—a los

pueblos del Continente. Uno de los patricios, en 1878, antes de abandonar a Cuba, proscrito,

arrojó el sombrero en sus playas jurando volver a alzarlo. Ignoramos si algún escultor ha

recogido en mármol este gesto y lo ha perpetuado con la elocuencia del arranque. Otro valiente,

Calixto García, después de vencer en bélicos encuentros, posesionado de un soplo de ardor

romano, prefirió dispararse un tiro debajo de la barba a caer preso entre los adversarios de

uniforme de rayadillo y escarapela roja y gualda. Pero la herida no fue mortal y una cicatriz habló

de lo que era la disposición pudorosa.

Al declinar de un día, hermoso como la honradez, entramos en La Mansión. Visitamos el ingenio.

Esta en pie. Recorrimos sus departamentos. El edificio es sencillo, amplio. De madera y zinc. Se

levanta a la espalda de un arbolado. Alta suma de dinero se invirtió en la industria, si se

considera el coste de calderas, hornos, pailas, recipientes para el fermento, tuberías y

maquinarias. El material, de marca norteamericana, fue transportado al Guanacaste con ingentes

dificultades. En grietas se arraigan yerbas bravías y anidan lagartijas. Canos subterráneos,

ramificados técnicamente; por ellos pasaban jugo, mieles, vapores, todo bien distribuido, para el

buen resultado de la zafra. Sobre el techo, en horas de trabajo, humo en rizos. Los jueves y

sábados, en la molienda, habían desusada animación con el transito de carretas, envanecidas

de cana, cortada a ímpetus de machete, que al ser agitado dejaba en el aire un son de oro, un

trino de pájaro victorioso.

Antonio Maceo y compañeros se carteaban a menudo con José Martí, que residía en Nueva

York. Del norte, pues, recibianse consignas.

En carta remitida desde Nueva York, el 25 de mayo de 1893, al general Maceo, expresaba Martí:

"Mañana tomo el vapor con rumbo a Ud. —Costa Rica— aunque parándome por el camino a

arreglos previos, y espero, sin aparato y anuncio de ninguna especie, estar en Puerto Limón del

15 al 30 de junio". En efecto, el 30 de junio de 1893, Martí se encontraba en nuestra tierra.

El 1 de julio de 1893, en "El Heraldo de Costa Rica", el director Pió J. Viquez en, sección

editorial, con el título de Cubano Ilustre, saludo al visitante:

"Un hombre muy notable, un escritor y literato muy distinguido, está con nosotros desde ayer

noche. (Ingreso Martí en la capital el viernes treinta de junio). El señor don José Martí acaba de

llegar a San José. Aunque sabemos de memoria cuantos son los merecimientos y hasta donde

sube el precio de esa alta personalidad latinoamericana, no podemos decidirnos a tributarle hoy

nuestras frases de alabanza y consideración. Para decir de las personas que imponen respeto,

se necesitan mucho más tiempo, meditación y esmero. Ahora acabamos de ver al señor Martí, y

apenas hemos tenido tiempo para reponernos de la sorpresa causada a nuestro animo con la

presencia de ese enérgico luchador americano, por el triunfo del derecho democrático y la

cultura racional de los pueblos de América. El señor Martí es persona de nombre. En los mismos

Estados Unidos del norte, nación donde ha vivido y desempeñado oficios muy recomendables,

cuenta con muchos aprecios y admiraciones que lo enaltecen. Que el patriota cubano, tan

inteligente como culto, se digne conceder acogida al testimonio que le ofrecemos de nuestro

cordial saludo".

Hasta aquí el editorialista.

"El Diario del Comercio", que dirigía José Ma. Gutiérrez, del 2 de julio, en columna de honor,

consagro una salutación al huésped. Entre otros conceptos espumosos de simpatía, tiene este:

"En nuestras humildes regiones se le conoce, se le admira y se le ama".

El domingo 2 de julio, Martí fue obsequiado con un almuerzo, en el Gran Hotel. Hombres de

ciencia y letras ofrecieron al enamorado de la causa de la democracia, en irradiadora anfictionía,

esta demostración de aprecio. Al terminar, el homenajeado, calor todo el, hablo extensamente, el

idioma del Derecho y en manera particular la bienhechora lengua del idealismo neto, al decir de

la crónica inserta el 1 de julio, en El Heraldo de Costa Rica".

El lunes —tres de julio— Antonio Zambrana dio una conferencia en el Colegio de Abogados,

situado en esa sazón den varas al sur de la Iglesia del Carmen, donde hoy esta instalada la

Ferretería Rodríguez Hijos. Trato de la filosofía platónica; de Sócrates; del Logos y de Grecia. Su

discurso fue interrumpido por instantes como motivo de haber entrado al salón José Martí, en

compañía de don Mauro Fernández y del general Antonio Maceo.

Ascensión Esquivel, que presidía el acto, les recibió y les brindo a su lado un asiento. Zambrana

continuó enseguida su oración. La asamblea, al concluir el orador, rompió en un aplauso largo.

Datos estos extractados, para fidelidad histórica, de las publicaciones de la época, del 5 de julio.

Este día, Martí se traslada a la ciudad de Cartago. Julio hacia algodón en los limoneros.

Chicuelos, al presente de una mentalidad de brillo, oyeron su plática, en el club Punta Brava: los

hermanos Volio y los hermanos Sancho.

El viernes siete de julio, a primera hora de la noche, pronuncio Martí una conferencia en la

Escuela de Derecho, a instancias de unos cuantos jóvenes, dedicada a la Asociación de

Estudiantes. Concurrieron al acto Antonio Zambrana y Ascensión Esquivel. Sobre el disertante,

expresó Emilio Pacheco, el 9 del mismo mes:

"Vimos entrar a Martí al salón, pálido y ligeramente encorvado, apoyándose en su amigo el

doctor Zambrana, a ocupar lasilla que se le avía señalado. Martí esta enfermo: hace apenas tres

meses fue victima en Cayo Hueso de criminal asechanza, que no logro matarle; pero si

envenenarle la vida".

Efectivamente, se hallaba muy quebrantado de salud. Los pulmones le fallaban, y el corazón se

le quejaba. Antes de emprender viaje a Costa Rica había realizado una precaria escapatoria al

campo, —a los pinos de las Castskill,— para recuperar fuerzas pérdidas.

Discurrió el orador acerca de la palabra patriota. Habló con vehemente entusiasmo de la

juventud, del porvenir del Continente, de poderosas influencias extranjeras bajo las cuales se

desenvuelven y crecen los pueblos de la América Latina. Declare que los hispanoamericanos

tenemos vigor bastante para no vivir dominados por la vida y la literatura francesa y española. Se

refirió a España; a su arte, a la decadencia sufrida después del Descubrimiento. Al finalizar, con

enfervorizado acento, recordó a Cuba, su patria. En el hermoso poema de la independencia de

América, hay un verso enlutado: Cuba esclavizada. El conferenciante, "incansable a pesar de

sus energías debilitadas, aparentaba agotar en arranques de suprema elocuencia el fuego divino

de su inspiración, con frases ora impetuosas y robustas, ora suaves, dulces y llenas de

encantadora poesía".

Así, con la sinceridad artística de una fecha que redondea los cuarenta años, comentaba el

cronista.

Por espacio de dos horas le oyeron más de cuatrocientas personas. Gran número de

admiradores, de ahí a poco, le acompañaron a su domicilio. Muchos le vitoreaban. La Asociación

de Estudiantes redactaba un periodiquito, "Picio", escrito a mano. La edición alcanzaba a cinco o

diez ejemplares. En él, reseñas festivas, versos humorísticos y caricaturas. Fabio Baudrit se

iniciaba con las finuras y sonrisas de sus escritos. En el "Picio" sé público una crónica de la

disertación de José Martí, Para despedir al Independizador, en párrafos epilogales, expreso

Zambrana en "El Heraldo": "cómo conozco en lo íntimo, y quiero con entrañable amor, la

inteligencia singular, el carácter afable y viril, el corazón de oro, el espíritu sublime de mi ilustre

paisano, gozo con su gloria, y hago constar, con delicia, mi nueva deuda de gratitud a Costa

Rica por haber colocado un laurel fresco, en la corona de Martí", (11 de julio de 1893).

El sábado ocho de julio, Martí partió a las siete de la mañana, con dirección a Nueva York. En

una gacetilla de "El Heraldo" aparecieron estas letras:

"El señor Martí ha sido entre nosotros objeto de innumerables muestras de respeto y cariño.

Desearíamos que el ilustre cubano, conserve de Costa Rica el recuerdo de los buenos deseos

de sus amigos".

En el "Diario del Comercio" —8 de julio,— Manuel Arguello de Vars dio su adiós a Martí, en

desbordada efusión. Dijo del hombre enfermo, de cutis muy pálido. En su semblante se

adivinaba el rastro vivo que había dejado una intensa labor intelectual y física, y una

abrumadora, constante pesadumbre moral. Era una persona que conversaba con voz tímida y

serena; de ancha frente y hundido pecho; inclinado hacia adelante como si el peso de su cerebro

le impidiera mantenerse erguido; de cabellos y bigotes negros, caballero de exquisita educación

y cultísimas maneras.

Así Martí, el año 93. ¿Se parecía al retrato pintado al óleo del natural por el sueco Herman

Norman? Añadamos que Martí queda patentizado, en este su primer viaje permaneció nueve

días en Costa Rica, del 30 de junio al 8 de julio de 1893.

De la conferencia de Martí, algunos concurrentes recuerdan aun períodos martianos, con el

encanto de la añoranza. La sinceridad y manera unciosa de la palabra, atrajeron desde el

comienzo simpatía y admiración del auditorio. Conceptuoso y firme. Para Martí las razas india y

negra son bondadosas y sumisas. Las desfiguran o desdeñan solo los malvados. El tiempo

confirmó la estima de Martí por esta gente, de generosidad nativa. Fue hombro para ellas. Las

alentó; las ensalzo; las protegió. Quísolas para orgullo de su vida. Por temperamento de su

naturaleza; por colmar, hasta los bordes, de licor de bien, en impulse virtual de un intimo clamor,

las ánforas de sus ideas. En La Edad de Oro —1889— hay un cuento: " La Muñeca Negra".

Resbalan en él perladas gotas de amor. Del amor de Martí para el hermano negro. ¿En México,

Pedro de Alba, no se ocupa en escribir ahora "Martí y los Negros?” Montalvo, en "El Espectador",

exclama: si mi pluma tuviese don de lágrimas, yo escribiría un libro titulado El Indio, y haría llorar

al mundo.

El paso de José Martí por Costa Rica adquiere, dentro del valor histórico y de los destines fastos,

un significado del todo lumínico, Momentos de solemnidad, aquellos. Fecundadas por el

patriotismo, las horas se enorgullecieron; los costarricenses realzáronse con la visita de un

señalado, que congregaba a sus coterráneos disperses a lo largo de los Andes, que admiraban

sus fervores y el evangelio de su redención en marcha. Vino el discípulo de Rafael María

Mendive, sin pompas, humilde en su grandeza, de puntillas si se os antoja, a la conquista de

corazones. Abrió sus brazos. Le vieron alas en el alma. Era un ave con nido de llama. Gorjeaba

para consumirse en la lumbre de su aspiración. Fueron de él los hombres de espada y los de

sentimientos. Y en el sosiego de nuestra tierruca, manaron aguas más cristalinas y abundantes.

Tal vez nuestros volcanes —esos profetas que escriben versículos con lava y ceniza— adrede

no retumbaron para oír en su cabal majestad, el verbo del romero, espejo de la raza.

A la Humanidad, cuajada de mortales chatos, —¡oh, las turpitudes de los fofos!—, Dé tiempo en

tiempo la deja en cinta lo Desconocido y nace un ser superior, que irradia gallardía, abnegación,

fortaleza. Costa Rica acogió a Martí. Le brindo su espíritu, su paz. Por eso él quiso servirla corno

hija. Nuestra patria arrullo, como madre, a Martí.

En aquella ocasión, el pasado de Costa Rica estaba en relieve en los símbolos cívicos de

nuestra historia monetaria. El 10 de mayo de 1823 salían de los troqueles, monedas de oro y

plata que mostraban en el anverso una estrella con la leyenda: Costa Rica Libre. En el reverso y

al centre una palma cruzada por fina espada y fúsil con bayoneta; debajo de estos un cañón. El

19 de marzo de 1824 se acuñaron monedas que llevaban en el anverso una cordillera de cinco

volcanes. El Sol comenzaba a descubrirse por detrás del muro de montañas. En la haz opuesta

traían un árbol, emblema de libertad, con la inscripción: Libre Crezca Fecundo. El 27 de octubre

del mismo ano el Poder Ejecutivo procedió a la amonedación de piezas de oro y plata. Esta

moneda ostentaba en el anverso las armas del Estado. En noviembre de 1838, por disposición

de Braulio Carrillo, presentaban al reverse, un árbol que figuraba al café, en monedas de oro; y

al del tabaco, en la plata. Se autorizo nueva acuñación de monedas por Ley de 29 de septiembre

del 48. Al anverso, una india en pie, armada de arco, carcaj y flechas. Y en septiembre de 1864,

se ponía una guirnalda de laureles, en la pieza.

Estrellas y palmas: soñaciones e idealizaciones. Espadas, arcos, saetas estremecidas: defensa,

vigilancia, heroicidad. Volcanes para vivir como ellos, con altivez. Astros para alzar el

pensamiento hacia la inmensidad. Laureles dignos de Dame. Árboles que invitan al trabajo, a la

riqueza; signo de arraigo al surco y a la heredad. Y mujeres autóctonas, aljaba al hombre, bellas

de autonomía.

En escrito dirigido a Serafín Sánchez, de regreso a Nueva York, —julio 25 de 1893— declaraba

Martí que Antonio Maceo no le puso el menor obstáculo; le llevo el mismo al presidente de Costa

Rica —era D. José Joaquín Rodríguez;— se libertó Maceo del contrato que lo entrababa, y dejó

ajustado con Martí su modo especial de ir. En este viaje Martí había logrado con tacto

restablecer las relaciones de Máximo Gómez y Antonio Maceo, quienes estaban distanciados por

cosas volanderas.

Costa Rica, excelente. Para nuestro país, siempre tenía conceptos laudatorios. Llamábala

industriosisima colmena, inspiradora de cariño por la cordialidad de sus habitantes (de "los

hermaniticos", como en Centro América se nos distingue), y respeto por nuestra laboriosidad e

industria.

En los días en que vivió Martí en San José colaboraban en nuestros periódicos escritores de

valer. Antonio Zambrana, cuya pluma fue dicha de luz; Pió Viquez, de estro relevante; Mauro

Fernández, todo ingenio en las disputas en que se espacia el vuelo de dialécticos y águilas;

Justo A. Facio en las calidades de su técnica y la pulcritud de su dicción; Manuel Arguello de

Vars, que conocía las briosas ascensiones del espíritu; Buenaventura Carazo, aficionado a

cuestiones hacendarias; Rafael Iglesias, cual heráldico gallo de bien firme ala, sorprendía a la

multitud, en alardes tribunicios, con la diana de su verbo, José Ma. Gutiérrez, hacedor de

camafeos, admirable por el indeficiente garbo de estilo; Emilio Pacheco, en suma, insusceptible

de confusión por su semblanzas y acuarelas donde se externaba la belleza. Además,

reproducianse meditaciones de Hugo. Rubén Darío acababa de abandonar el país, camino de

Nicaragua. Se abrían paso, en animado aprendizaje, las corrientes nuevas de la filosofía y del

Derecho.

Tal el medio, en el escenario de nuestra nacionalidad. Aires favorables, para el cubano.

A Martí le rodearon varones de escogida superioridad. En torno de él los inteligentes y los

pundonorosos. Por manera que fue comprendido y amado.

Nuestros compatriotas sabían que debemos honrar al que nos honra. No vive vida de hombre

sino el que sabe, advirtió Baltazar Gracian, para el corazón de los tiempos. La juventud solicita

su palabra que señalaba rumbos y deberes, hacia los impulses afirmativos de América.

Nuestros valores de fuste, en las milicias del pensamiento, lograban ardorosas victorias, no solo

en los esmaltes y juegos de forma y en el modo de colorear de fantasía páginas de arte, sino

también en el dominio y difusión de ideas alboreantes. Credos de libertad, se propagaban.

Diarios y universidades invitaban a pensar en problemas de altura, para, con el entusiasmo de la

acción, hacer ambiente a lo que implicaba religión de anhelos. Por eso Martí y acompañantes

encontraron en nuestra Republica hospitalidad como no otra. Al talento, reverencia. A la rectitud,

devoción. Al proscrito, abrigo. Al cruzado que pedía patria, las dos manos. ¡ Manos efusivas, al

Hermano!.

Cuando Martí llega a Costa Rica apenas había trasmontado los treinta y nueve años.

El 8 de julio de 1893 José Martí, al alejarse de San José dirigió una carta a Pió Viquez, su amigo

muy querido, publicada el nueve en "El Heraldo de Costa Rica". En ella los párrafos chispean.

Costa Rica fue para él "tierra que siempre defendió y amó, por culta y viril, por hospitalaria y

trabajadora, por sagaz y por nueva". En nuestro seno vióse tratado como hermano por los que

casi no conocían su nombre. Brillaron a su alrededor la inteligencia enérgica, la palabra discreta,

la lisonjera amistad de quienes no la hubiesen acordado de seguro a quien no trajese al sagrado

de su hogar el miramiento del huésped y el corazón limpio. Tuvo cerca de sí a hombres buenos

de América. Y este ruego; "Solo de un modo puedo responder a esta merced grande: y es pedir

a Ud. y a mis amigos de Costa Rica que me permitan servirla como hijo".

A decir verdad, fue hijo de nuestro terruño, porque admiro el libérrimo espíritu costarricense,

porque exaltó en el exterior las ejecutorias republicanas de aquí, porque en su alma hubo frescas

de cariño para esta nación. Cuna en que esculturamos con el cincel de la voluntad empeños de

resalte. En ella reposa el preceptor que nos lego conocimientos y siembra el labriego de cejas

encenizadas que en la calle pueblerinario nuestro dicho. Hogar bueno. En el se yergue aún la

casuca, chiquita lo mismo que un corazón, morada del condiscípulo que nos brindo amistad; y

vimos, cuando éramos inocencia, el portal que nos convido a sonar y recibimos la primera

amargura y asimismo, el goce primero.

¡ La patria! ¡La patria!

Costa Rica, para alabarte resultan rusticas las palabras: nada puede alcanzar a embellecerte de

manera acabada; pero a ti, el amor de tus hijos, envuelto en un trueno de glorias.

A la llegada de Martí a estos países, los puertos se orlaban de emigrados. Hombres enteros,

pujantes, lucidos, de médula de león, aquellos. Las adhesiones a la causa se hacían visibles. El

allegamiento de recursos se acrecentaba. La estructura educativa del anhelo, en medio de tanto

riesgo, le rodeaba, por doquiera, de cordialidad. Hechos posteriores comprobaron la santidad del

movimiento. Dábale el Apóstol tono y fisonomía a su credo. Martí ya había dicho, para galanura

de la verdad: escribo con sangre y muero. Marzo de 1894. En esta fecha no deseaba el viaje de

Maceo a Nueva York. En caso de urgencia, Martí se daría el gusto de abrazarle en Costa Rica, si

una entrevista se estimaba indispensable. De Nueva Orleáns, el 30 de mayo de 1894 escribió a

José Maria Aguirre: "Me embarco al amanecer, con el hijo de Máximo Gómez por compañía —

Francisco Gómez Toro—". El 5 de junio siguiente, a bordo del vapor noruego "Albert Doumois",

(capitán, Horgen), avisa a Alejandro González: de Puerto Limón, donde vamos a entrar, le

saludo. "Va conmigo Pachito, el hijo mayor del general, y con él voy allá a verle". Salud ni fortuna

venían con él. De este viaje, en realidad, se sabe poco. Los periódicos registraron datos breves.

En " La Prensa Libre" del viernes 8 de junio de 1894, se lee; "Ayer tarde, procedente de los

Estados Unidos de América, Ilegó a esta capital el ilustre orador don José Martí, delegado de la

revolución de Cuba. En su primer viaje dejo numerosos y gratos recuerdos, principalmente con

su admirable conferencia en el Colegio de Abogados. Reciba el notable huésped nuestro atento

y cariñoso saludo de bienvenida". Martí, en San José, el día 7. Se hospedó en el Gran Hotel, El

domingo 10, " La Prensa Libre" rindió en Notas y Noticias otro saludo para Marti, visitante que

"sintetiza la suprema aspiración de todo un pueblo hacia su independencia".

El lunes 11, en la mañana, partió para Puntarenas.

El 18 de junio de 1894 salió del país. Siete días, en nuestro Puerto del Pacífico. Saludo a los

mensajeros de la colonia de La Mansión y a Flor Cronbert, de quienes se separó "sin una sola

duda ni lastimadura". Conversé con José Maceo, Juan Barracoa y León Castro. En carta dirigida

a Antonio Maceo, de Puntarenas, se refería a la posibilidad de hacer en Tortuguero una

embarcación, con el propósito de realizar sus planes. Los más de los cubanos estaban

reconcentrados en Mohín y Nicoya. En Puntarenas supo de la muerte de Pardo y Perozo. Fue a

la ceremonia de un vapor nuevo, y mostró deseos de describirlo a Pió Viquez; pero le

imposibilitaron contrariedades inesperadas.

Los puntareneños le festejaron y regalaron con excepcionales atenciones. De Puntarenas —

observe— cuánto cariño. Convites, visitas, servicios. Del costarricense llevaba "toda especie de

gratas memorias".

El 22 de junio, en Panamá. De allí escribió a Eduardo Pochet, a Enrique Boix, a Loynaz. (De

Estados Unidos, el 4 de mayo de 1894, Martí mando a Costa Rica a Enrique Loynaz del Castillo).

El 25 entraba Martí a Kingston. Se detuvo en México y por último siguió con rumbo a Nueva

York. Anhelaba el regreso para desarrollar un plan rápido y simultaneo.

En este su segundo viaje a Costa Rica permaneció catorce días: del cinco al dieciocho de junio

de 1894.

En San José pidió auxilio a los que no habían contribuido, y fue asunto de horas, con resultado

auspicioso para el desenvolvimiento de la revolución. A José Dolores Poyo advertía Martí que lo

que se recogió fue sin súplica excesiva, sin dolor de la dignidad, con gozo de los contribuyentes.

Mencionaba el esfuerzo de los cubanos de San José y el respeto de los costarricenses. Los

antillanos que residían en Panamá y en Jamaica, respondieron, asimismo a su solicitud.

José Maceo y Flor Cronbert, por disensiones suscitadas, ibánse a batir en duelo. (Sobrevivientes

de La Mansión reservan el nombre de una guanacasteca, linda como una flor; — el ojo

adoselado; de alas de pirausta, los labios—). Era necesario evitar este lance. No debía

derramarse sangre entre los hijos de la patria que les reclamaba por igual. Enterado a tiempo

Martí de tal conflicto, un día, día de sorpresa, se trasladó a Puntarenas, —junio de 1894-. De los

señoríos nicoyanos vinieron Cronbert y José Maceo. Martí, con frase amorosa, provocó

reconciliación y armonizo a los duelistas, quienes, después de hacer un juramento ante la

bandera cubana, en un abrazo reanudaron su camino al unir sus corazones, al ruego martiano.

En aquella ocasión los cubanos tuvieron pensamientos más puros que nunca, come cuando se

reclina la cabeza en hombro de la madre o en pecho de hijo.

Vuelto a Nueva York, en carta para Antonio Maceo, aparecen estos renglones: "De Pochet, ¿por

qué no he sabido? ¿0 esta bravo con quién tanto tiene que agradecerle como yo y le quiere y

estima tanto? Enrique, ¿adonde se quiere ir? Le escribo que se quede, a no ser que desee Ud.

otra cosa. Pongo unas líneas a Flor, por Boix. El sábado escribo a José y a Nicoya,"

El 3 de noviembre de 1894, puso a Maceo este recuerdo: "Veo claro el camino. No-menos claro

que aquella tarde hermosa en que vi alejarse por el agua del golfo (de Nicoya) e bote cargado de

mis bravos amigos".

El 17 de noviembre de 1894, en despacho enviado desde Nueva York, Martí preguntó con

ansiedad a Antonio Maceo sí era cierto que estaba herido. Había acaecido lo siguiente el general

Maceo, con varios connacionales, - Loinaz del Castillo, Casimiro Orúe, José y Alberto Boix -,

asistió la noche del sábado 10 de noviembre del 94, a una representación de la comedia "Felipe

Derblay" de Jorge Ohnet, por la compañía dramática Paulino Delgado, en la capital de Costa

Rica. A la salida del Teatro Variedades, fueron atacados los cubanos por algunos españolas,

ofendidos por un editorial de Enrique Loynaz del Castillo, inserto el jueves 8 en " La Prensa

Libre", periódico que redactaba este general en San José. Él -epígrafe "Bandolerismo en Cuba".

Contestábase una publicación de " La Estrella de Panamá" sobre e incremento del pillaje en

Cuba. En la noche del viernes nueve, en La Cabaña de Tomás Soley se celebró una reunión

para protestar del artículo. El párrafo mas violento, expresaba: "Vamos a responderle a La

'Estrella de Panamá' con la elocuente realidad esas enormes rentas que alcanzan en el

presupuesto a veintinueve millones de pesos oro, sin contar los inmensos caudales que cobran

los gobernantes españoles en la sombra, sirven de hartazgo a esa 'nube de empleados', legión

innumera de vampiros, que viene cada año a América para vivir del sudor y de la sangre de los

cubanos. El buitre vive de lo que su garra apresa. ¿Y que han sido desde 1492 los

conquistadores de América, sino buitres?". Prosigamos. Loynaz del Castillo iba con tres amigos;

y adelante, a una distancia de quince varas, el general Maceo y cuatro personas más. Detrás de

estos, un grupo de españoles que sumaban quince. (Entre ellos Subiros, Feo, Incera,

Chapresto). Al pasar por el almacén de D. Juan Hernández, provocó Chapresto a Loynaz del

Castillo. En la refriega, que principió en riña a palo y puno, resulto muerto el español Isidro

Incera. Una bala le perforó la cabeza de parte a parte. Se cruzaron diez tiros. Maceo recibió una

herida por la espalda. Alberto Boix un balazo en uno de los hombros.

En casa de Eduardo Pochet atendieron a Maceo los doctores Durán, Uribe, Calneck, Céspedes y

Ulloa. El choque lo buscaron los peninsulares y el proyectil mortal salió de cañon cubano. El 15

de noviembre Loynaz del Castillo se alejó de Costa Rica. Partía al destierro. En carta pública

dirigida al presidente Iglesias, el 14 de noviembre, anotaba Maceo: "Cualesquiera que sean mis

opiniones políticas en los negocios de mi tierra, he respetado y respetare siempre de un modo

profundo la hospitalidad de este país, y he mantenido y espero mantener cordiales relaciones

con muchos miembros de la Colonia Española tan respetada aquí por su laboriosidad y sus

virtudes. Para las cuestiones de Cuba no puede ser Costa Rica, sin duda, un campo de batalla."

El 25 de noviembre, Martí escribió a Maceo: "Al fin supe de Ud. Sé que por su noble herida me lo

quieren más. ¿No me ha sentido en estos días cerca de Ud. al lado de su sillón?".

Siempre Martí, por sus amigos, se preocupaba. Y quería más a sus compañeros si el dolor les

atenaceaba. Incontaminadas tradiciones morales, le hicieron hidalgo. Alma abierta al horizonte

de una humanidad dignificada. Por esto los isleños le comprendieron, y a su voz se aunaron, con

la impaciencia de los que se disputan la estima y confianza de los superhombres.

Enfermedades, pobrezas, le asediaban. A menudo, quisquillas de localidad; disposiciones

hostiles del gobierno de Washington. Sufrir, callar. Impulses malogrados. Insinceras

obsecuencias. En el convencimiento de deslealtades, disimular, olvidar. De los cincuenta que se

apuntaron en un monte —recordaba Martí— a que fue para abrir a la cumbre una vía nueva,

llegamos cinco. Yo no conté con los cincuenta, sino con los cinco.

El trabajo, recio. Discursos, articulaos, correspondencia; clases traducciones(1), calculo de

facturas en la oficina Lyons & Co., Visitas, viajes. Sometido a una inhibición de recreo.

Penas por la familia ausente. Veinticuatro años vivió lejos de Cuba; en ese lapso solo dieciséis

meses permaneció en su país, sumado el tiempo de los tres viajes realizados. Echaba leña en la

hoguera; el ideal reclamaba combustible. Llenaba de claridad las vidas. Resquebrajado de rayos,

su orbe interior; como mar cargado de tempestad, la mente. En adquisición de armas, custodia,

cautela y sigilo. En la tarea cien brazos como Briareo; un Argos en el avizoramiento. Con la una

mano cuidaba de sus siembras cívicas, con la otra se defendía de la ignorancia espesa lo mismo

que barro. Actividades centrifugas y centrípetas, al par. Su faena, en beneficio del hombre. Todo

empuje, este carácter. Todo lumbre, el hijo de Mariano Martí. Todo acción heroica, este dador de

dignidad. ¡Y era nervioso, de pardos ojos vivaces, delgado y pequeño este gigante que creo un

deslumbramiento de esperanzas americanas!

En servicio de su causa ofrecía pedir limosna de rodillas. De Martí idas, venidas y retornos en

busca de fondos. Solicitaba cuotas a los paisanos, primero; a los hijos de América, enseguida.

Necesitaba poner armas en brazos corajudos. —Rémington calibre 43, machetes Collin 22,

cuchillos Haning Knife,— y disponer del condumio diario.

Los libertadores, por lo general, efectúan su obra con ayuda de los pobres. De estos viven los

pueblos; por los pobres realizan su misión los genios. El rico subsiste para sí. Le importa un

adarme la cristalización de la justicia. Con dinero —razona— se reside a cuerpo de rey en los

términos todos del planeta. Por ello es insensible al reclamo de la libertad. Apellida loco, archí

loco, al que empuña la espada y marcha en defensa del prójimo. ¿Quiénes colocaron recursos

en manos de Bolívar? A Martí, ¿cuántos le socorrieron para la hermosura de su empeño?

¡Hay tantos que niegan por negar!, Reflexionaba Mariano José de Larra, comentando el egoísmo

de sus contemporáneos.

Las mujeres, al llamado patriótico, vendían sus joyas. Ramón Ortiz, en Costa Rica, compró

anillos a varias damas, entre otras a María Cabrales de Maceo.

Martí no perseguía créditos ni famas. Humilde, en su labor. Pero imperioso de esfuerzo. Brega

de principios jugosos; de supremas convicciones. Es suya esta frase, que para entendimientos

que penetran el sentir e intensidad de las palabras, están henchidas de alboradas: "Si me dan

diez mil pesos para la revolución, salgo desnudo en mulo". De su parte, vida franciscana. Comía

en lugares donde fuese más barato; los amigos le prestaban trajes con que presentarse

adecuadamente en la tribuna. Hacía en tercera o en segunda, sus viajes incesantes.

De regreso en Nueva York, en septiembre, anduvo Martí cuatro días buscando quien pusiese

dinero, por cable, en Costa Rica. Las áreas, escuetas. Estuvo a pique de fracasar. Le halló

después de mucho ruego y fue remitido a Antonio Maceo.

En noviembre, dijo Martí a Maceo, en una página de su correspondencia: "Siempre supliqué a

Ud., por mayor seguridad, y para, evitar la zozobra y el cansancio, que la gente allá siguiese en

sus labores hasta el último momento, y de ellas se deslizaran al punto de embarque. Y así creo

que lo habrá logrado Ud. a no ser que las cosas hayan hecho salir de ellas a los compañeros".

En sus cartas, con insistencia, preguntaba por Flor Cronbert, Boix, Pochet y Palacios.

Caso no incurioso. Esta Martí preparando la guerra, en colectas de fondos, en adquisición de

armamento, en atisbo de lo que comporta avance en el pronunciamiento, en propaganda de una

lucha orgánica y homogénea, mano a mano y pecho a pecho, y se preocupa por los fueros del

idioma. A Juan Fraga avisa que ira con puntualidad a la junta. "El no emplea él termino meeting -

anota-que es lo mismo que junta o reunión en castellano. Y no vaya a interpretar esto de regaño

-agrega- sino de cariño, por el placer de travesear con Ud. A Eva Canel, observa: deseo que

tome en paz su lunch, -¿por qué no lonche?" Y a Gonzalo de Quesada, refiriéndose a su labor

literaria, le manifiesta que prefiere verle entrarse impaciente por el castellano, tronchando con el

gusto de la vuelta una que otra flor, a verle de mendigo de las literaturas extranjeras, fatigándose

en vano por acomodar a un molde exótico el alma criolla. Proclama: El vino, de plátano; y si sale

agrio, ¡es nuestro vino!.

Es Martí el revolucionario que, arma al brazo, o en caballo caracoleador, afila el lápiz ansioso de

darle matiz, lustre y legitimidad a las palabras. Quiere patria. Quiere asimismo, inviolabilidad y

propiedad de lengua, para esa patria.

Sus versos son fragmentos de su vida. cada estrofa, encendida de emoción, es un trozo de

historia. Versos Sencillos reflejan naturalidad y sencillez. Martí recuerda episodios de juventud.

Algunos poemitas palpitan de énfasis, de nervio y de riqueza verbal. En Versos Libres hay

osadías de versificación precursora y transiciones nítidas. En ellos, rebeldías de lucha, bravas

ideas en los años de campaña. Se oye el paso de escuadrones de altivez, firmes de dignidad. Se

siente el estremecimiento de las selvas, bajo la trepidación de la tierra. Ismaelillo dibuja su

intimidad espiritual. Lo dedica a Pepito. Ternezas de padre para el hijo. La cuna en brazos de

Martí. El subjetivismo que le domina es teresiano, por la suavidad de sus embelesos; Martí es

gracianesco por la hondura de pensamiento y novedad de sintaxis.

Sus cartas están aperdigadas en tres o más volúmenes. Las terminaciones, no infrecuentemente

son de un brillo total. Fuerzas del músculo y calor de su sangre, en sus frases. Juegos de alma,

en arquitectura de panal, en ellas. "Junte a su casa en un abrazo". "Nuestra alma entera: el

agravio olvidado y la fe encendida". Para sus ansiedades, he aquí resumido su civismo:

"Valgámonos a tiempo de toda nuestra virtud, para levantar, en el crucero del mundo, una

república sin despotismo y sin castas".

Tiene Martí visiones de su fin: "Caeremos y nos refuerzan. Esto lo he leído en el cielo, y Ud.

llevara una cinta de mi caja vacía; pero moriré dando luz". Y una muestra de los dulzores de su

humildad: "bajo la cabeza y bendigo".

Este eximio libertador, con la mano en la conciencia, blindado de franqueza, traza en esquelas,

para reserva de la amistad, lo que le dicta su meditación honrada. Es la suya honradez de alba:

un despliegue de resplandores. Forma, para su alzamiento victorioso, tropas de luz, cuyo pecho

es capaz de resistir balas y maldades.

No engolosina con promesas. Conjura el engaño, la falsía, la encrucijada de envidias. A los

pequeños, de temor pueril, de preocupaciones enmohecidas, a los arrimadizos y segundones,

desdén. Sin esperas ni melindres, a los bravos, a los leales, presenta un convite a la muerte, en

comunidad de propósitos, a cambio de una patria desclavizada digna de su historia.

Cuando se acerca el impulso inicial de la rebeldía, expresa: "crece la hora grande". Y estotro,

meduloso: "Óiganme con sus corazones. Y a un camarada. Dígame que lo he conocido, que

vemos él.

"En busca de óbolos para fortaleza de la causa: yo insisto, yo argumento, yo me arrodillare, yo

no dejaré nada por hacer. En cierta ocasión, en conceptos rutilantes, videntes: "yo me llamo

conciencia"

Ya en el estribo del vapor, camino de la guerra, envía estas letras a su madre, el 25 de marzo de

1895; "Ahora bendígame, y crea que jamás saldrá de mi corazón obra sin piedad y sin limpieza.

En Cuba, presto a entrar en combate: la divina claridad del alma aligera mi cuerpo".

Manifestaciones arcangélicas, hay en Martí.

Quiere con todas veras morir el primer. Aguarda con gozo el sacrificio. Escribe con frescura de

viento de cumbre: "nos caemos riendo", cuando el y Máximo Gómez suben rocas, rifle en mano,

al encuentro del enemigo.

Produce con la naturalidad con que cae sobre musgos un rayo de sol de la mañana. No

obstante, Aurelio Mitjans tacha a Martí de ingenio amanerado. Lo corriente. Criticas inevitables.

A Sarmiento le encuentran descuidado; a Rodó, retórico, fraseólogo; a D. Juan Montalvo, afecto

a rebuscamientos; a Darío, preciosista, ¡Qué se ha de hacer! El egoísmo es así: guarda gusanos

en la sangre. ¡Oh Envidia, en balde echa toneles de veneno en el Océano! Naciste de los

estercoleros de Belcebú, y no hueles bien. ¿Sabes? Te pareces a la raposa, la ladrona.

Martí se siente puro y liviano y descubre en él algo como la paz de un niño. Incrustado, dentro de

sí, lleva ese alado anuncio de una muerte venturosa, prodiga en revelaciones. Casi nunca fecha

sus cartas. Afirma que vive un día que no termina sino con la emancipación de Cuba, Él escribe

"para siempre". Así Tucídides.

Por Rafael Maria Mendive, su maestro, Martí daría a cada momento su vida. ¿Semejante

devoción no consagraba Bolívar a su mentor Rodríguez? Blanca de Montalvo, niña sonrosada y

rubia, asomada en Zaragoza a una ventana de la casona de Platerías, es su primer amorcillo,

ingenuo "como el césped al margen de los ríos". De su novia Rosario de la Pena — 1875, meses

de amor y rosa en México— no quiere apartar sus pensamientos; la llama numen pudoroso, la

pide que le despierte a la exaltación y alas esperanzas; mujer suya es mas que mujer común. A

María García Granados, su adorada de Guatemala, hubiera querido "colgarle al cuello esclavos

los amores", Fermín Valdez, amigo de infancia y de juventud, es su mejor hermano. ¡Oh, la

mañana de su niñez, cuando tiene él un juguete de pluma: el gallo, diestro gladiador, que le da

Lucas de Sotolongo! Leonor, Carmen, Amelia, Antoñica y Ana, sus hermanos, son como lirios

para su alma, que hunden las raíces donde las tiene su vida. De este mundo desea llevar la

copia que hace el pintor Manuel Ocaranza, de Ana, la hermanita que muere a los dieciocho

años. En Carmen, su esposa, y en su hijo, por transfusión prodigiosa, esta el calor de sus

afectos; en vano él busca su espíritu; Queda en ellos. Es cosa de huir de si mismo esa de no

tener cabeza de hijo que besar en el destierro. Cuando manda un abrigo y un sombrero a su

"dueño" a La Habana, gasta Martí en salva de amor sus últimos cartuchos. Su libro Ismaelillo lo

publica —1882, Thompson y Moreau— por ser mariposa que echa a volar para que se pose en

el hombro de "su reyecillo". A su madre, matrona fuerte, mucho la necesita; mucho la ama. Es

nobilísima. Hereda las virtudes de su suelo; Canarias. El día que es urgente despedirse de su

viejecita, ella le va detrás de un cuarto a otro y el va huyéndole. Su padre, de cabellera de plata,

valenciano de cuna, asmático desde mozo, es de temple enérgico, de aptitudes extraordinarias,

de excelsos, raros meritos. Martí olvida, por siempre, las intolerancias e irritaciones de su padre.

Las justifica, las perdona.

Hay palabras qué tienen alma: selva. Qué aprisionan matiz: rosal. Qué poseen acento: beso, que

es el amor hecho música. Qué arrastran los corazones: Hijo, Madre; que son salud del mundo.

Otras, saturadas están de santidad cívica: Martí, Sarmiento; que se incautan de las fuerzas

virtuosas de la Humanidad. Un razonamiento montalvino, resume el valor de estos últimos

términos: fuego, santo fuego, arde en el pecho de los varones ínclitos, llámate locura, y fomenta

los desvaríos que son la gloria del genero humano.

En el recuento de estas germinaciones de arrojo, de coraje, echemos en olvido la hora solar,

dentro de una filosofía de efectividades humanas, y reconsideremos la hora mental, que

preconizaba un acontecimiento, hacia lumbraradas sin fin, de la evolución de la raza. Asequible

era el propósito. Concurrían naturaleza y tiempo. Dominaba lo rojo. Cada época y cada tiempo

se distinguen por su color. El brío de los átomos, en el éter, tiene resonancia en las potencias

terrenas. Cosas creadas e increadas, de las posiciones celestes y de los dominios de Adán, se

asocian, en momento dado, y estampan personificación a una voluntad redentora. Intervienen lo

invisible y lo impalpable. Hecho este escarceo, digamos que Martí, representativo de la Libertad,

fue esencia de energías universales.

La honradez caracterizó a Martí. Pero preocupación, no inconstante, en negocios de rectitud.

Honradez en sus múltiples aspectos: respeto por lo ajeno, culto a la verdad, consagración al

trabajo, desprendimiento en el servir, alteza. Su epistolario esta nutrido de sinceridad. Mina esta

en donde se palpa la excelencia de sus arrestos íntimos y de sus virtudes patricias. A Miguel de

Unamuno, lo que le reveló un singular escritor, en José Martí, fueron sobre todo, sus cartas. Con

su mano por mesa, —sus maluqueras le obligaron a meterse en cama,— o en el borde de la silla

o en el estribo del tren o al pie del vapor, trazaba sus epístolas porque no había tiempo de

reparar en comodidades. Lujoso de cariños, sin veleidad, en misivas escritas desde Nueva York,

en el cuarto piso de una casa vetusta y sombría con escalera de hierro, 120 de la calle de Front,

comunicaba con sus lugartenientes, regados en América Central y Sudamérica. También

pergeño sus esquelas en el bohío, —¡oh, sus letras hechas con tinta morada!— a la luz de una

vela fija en ventruda botella, mientras cerca se oía el tecleo de la batalla. Del estudio de la

escritura de Martí, realizado por Rael Fakir, redactor de la Sección grafológica de "El Mundo" de

La Habana —enero 29 de 1933—se deduce que fue un emotivo.

Caballero en el sosiego del hogar: caballero en el combate. Transparencia en actos:

perspicuidad en pensamientos. De oro su vida: impulsada en sendas de bien.

Moralidad, entereza, en cifra y resumen, aureolaron su nombre. En su sentir, la amistad era

dulzura única de la existencia. Útil fue a su país; necesario, por sus generosidades, a sus

semejantes. Desde pequeño abrió un cauce amoroso. De almohada: la muerte. Nada de

maculas ni de desvíos. Luchó sin desmedro de la dignidad. Como un niño, —advertía a

Fernando Figueredo,— me voy limpio, a la tumba. Grande hombre este que hizo horas grandes

de una época grande. Patria y libertad y perdón y amor. Para escribir la biografía de José Martí

es precise internarse en un huerto pintado de frutos, de flores incomparables, de pájaros de

Zorrilla de San Martín, adonde descendiesen, de cuando en cuando, águilas vestidas de

relámpagos. Miel y seda para celebrar sus ternuras; ala y garra y golpes de tempestad, al

rememorar sus empujes épicos y sus empeños tras el logro de la emancipación de su pueblo.

En América muy a menudo atrapa el poder caciques de una tribu desconocida, si gustáis, porque

sus métodos de mando son tan primitivos que evocan la edad de piedra. Ya en el gobierno

proditorio, principian a consumar destines a diestro y siniestro. Leen mal y escriben peor.

Cuentan con los dedos. Unos tienen predilección por bueyes y terneros, —¡oh Facundo!—; otros

se pirran por los caballos, —¡oh, Ignacio Veintimilla!—. A los mas les obsesiona el juego, —los

Ezeta en Centro América—; todos se embriagan, todos... son Guzmán de Alfarache en el

merodear. ¡Su vocablo favorito es p...!; se rodean de poetas pilongos y farfantones.

Entran en la iglesia con el sombrero encasquetado hasta las orejas, clausuran universidades y

escuela, mandan a pegar fuego a las imprentas, violan la correspondencia, destierran, vapulean,

encarcelan, castran, envenenan, degüellan.

Si el pueblo exterioriza un sentimiento airado, el cacique, nombra el derecho, da sus alzacolas y

pelafustanes, —mozos de cuerda o gomosos de cabo de barrio,— saca a la calle ametralladoras

y tala el cuerpo de jornaleros y mujeres y acribilla de balas el pecho de niños que van tras sus

padres, los ojos levantados al cielo y fundida en una plegaria, su devoción patriótica.

El cacique nada realiza al disimulo. Es toro para la embestida. No rehuye responsabilidades. Él

es él. ¡Muy él! Dictador, déspota, hiena: lo que se quiera. Dueño de sí y de su pueblo. Altanero

con la naturaleza y la Humanidad. Constitución, justicia, paz, son para las baratijas en la ratonera

de su país. A veces, en cualquier festividad, un orador turiferario hace el parangón y compara al

tirano, —el feroz Machado—, con tal cual genio. Entonces recuerda el gobernante que alguien a

quien él dispuso matar, le llamó ilustre perverso. Echa a correr, acude al cementerio, abre la

tumba, y rabioso y dementado, el sacapotras golpea el cadáver del gran rebelde yaciente, honor

de la patria y de la libertad.

América necesita hombres de la contextura ética de Martí. Nuestros conductores de pueblos, por

lo común, no son de pensamiento integro, de alma Integra, de acción íntegra. Bastardías,

falacias, latrocinio, crueldades, en ellos. Irrespetuosos con las leyes; inescrupulosos con los

bienes del Estado. Se rodean los politiqueros del Continente, de dogos y de espías. Pagan el

dolo, la traición, el robo, el crimen. Se adueñan del mando, con artimañas, con amaños; saturan

el aire de pólvora y de picardía. Con sangre apagan su sed, ya por falta de luces y de cordura, ya

por sobra de malicia. En recompensa, de Europa reciben condecoraciones, a voleo. ¡Premios

que ofrece la Civilización a la Barbarie! El vicio les fascina. Juegan a los dados; son mujeriegos.

Beben; riñen a tiros. Comerciantes en tierras, si les viene en gana venden su patria; y se meten

al bolsillo, junto con el fajo de dólares, decoro, soberanía, porvenir. Todo, todo. ¡Y se ríen con

toda el alma, los monstruos!.

No nos cansemos de pregonarlo: varones de la talla de Marti, ha menester, permanentemente,

América, para seguraza del mañana. Gallardos de corazón. Diáfanos de ideas. Límpidos en su

vida hogareña y pública. Con una veintena de republicos de tal estatura, se harían luminosos

estos nuestros tiempos y la naturaleza misma estallaría en un alumbramiento de promesas.

Es conveniente trasladarnos al pasado. Reconstruir con prolijidad acontecimientos en el pretérito

que presencio esfuerzos de resalte, de horas de lanza, de energía y de Asunción. Ver los

preámbulos: el fermento de ánimos que antecede a la acometida. En la guerra de 1868, jefeada

por Céspedes, se inicio una era de lucha, contra la Corona y los capitanes generales. Los

sublevados quemaron sus ingenios y sus zonas de caña. Nueva vida, para sus hijos. La

metrópoli desatendía el desarrollo de la cultura. No había mas que la tolerada por la economía

de los burócratas extranjeros. Actividad educativa, pues, nula. Eran abrumadores los impuestos.

El pillaje administrativo llegaba al exceso. El convenio del Zanjón — 1878— fue una tregua del

movimiento libertador, para combatir con eficacia el poder coercitivo de la monarquía. Los

discípulos de José de la Luz lanzaban sus llamas de decoro. Se buscaba la estructura de una

democracia capaz de producir un despertar de espíritu ciudadano. Por sus cálculos, los

dirigentes semejantes ser, en punto de detalles, ajedrecistas en ciencia militar. Ingeniería,

matemática, en los estudios. Los insurgentes extendían el mapa, e indicaban un rió, una cumbre,

un escondite en costas escarpadas. Sorpresas aquí, en perspectiva. Barricadas allá, en atisbo

de cualquier revés. Reorganización de caballerías allí donde cabía un alarde de centauros, en la

embestida. Escogimiento de voluntarios de hierro. Prevenir, encarar situaciones, hasta en sus

meandros más ocultos. Resistencia a prueba de

emboscadas y sinsabores. A falta de triunfo, ni un desmayo. En la acción, tenacidad. Sobre el

fracaso, el rehacer; sobre tropiezos, calma, destreza, ingenio. Ulises y Marte en entendimiento

enjundioso. Y en América toda, mujeres, chicuelos y ancianos, a ratos en oración, en ocasiones

en el quehacer. Artesanía santificadora. Zurcían morrales; preparaban venda; componían armas;

mientras esposos, hermanos e hijos, por la emancipación de Cuba, la adorada, pegaban fuego a

los reductos del opresor, y caían cubiertos de bendición y de inmortalidad; o vencían, halagados

por los rompimientos matinales, del porvenir.

En diciembre de 1894 Martí envió a Alejandro González a Costa Rica. Avisaba a Maceo que en

embarcación por arribar cerca de Limón mandaba armas disfrazadas de herramientas de

agricultura, cuatro barriles, tablones para una balsa de desembarco, y botes; uno de treinta pies.

El barco cargaba carbón para veinticinco días y provisiones abundantes. También hachas para

romper algunas cajas en tierra y un mapa de la costa sur de Cuba.

En enero de 1895 Antonio Maceo y Flor Cronbert debían salir de Costa Rica en el barco

"Amadis" hacia Santiago de Cuba, con el objeto de invadir la isla. La expedición marchaba del

puerto de Fernandina, en Florida. En el barco "Baracoa" iban Serafín Sánchez y Roloff. En el

"Lagonda", Máximo González y José Martí. Pero este plan fracasó por la denuncia y malignidad

de Fernando López de Queralta.

Estaba listo para zarpar el "Lagonda", rumbo a Centre América, cuando el Departamento de

Hacienda de Washington ordenó la detención y registro del vapor.

Intentos fallidos, como se desprende, que implicaban doblamiento de trabajo.

Se acercaba el arranque de la rebeldía. Independencia o muerte, el dilema. Martí aprontaba lo

necesario, sin tardanza. El tiempo, breve. Martí veíase obligado a nuclear la revolución, a ratos

desmigajada. Tenía que descabezar intrigas con frecuencia. Desdenes de ánimos

matusalénicos, innoblezas del adversario, le cercaban. A veces era conveniente atemperar a los

atribularios. Algunos sujetos sobrado injustos le acusaban de sonador. Precise era trasladarse a

todas partes. Pensar a escape. Cablegrafiar, en clave, al vuelo. Y darse prisa en el desempeño.

Estar presente allí donde surgiera una dificultad o una felonía de cualquier descastado. En su

taller de almas, no cabían quietud ni descanso: la obra se fraccionaba. Dentro de plazos

improrrogables, Martí, sopesando sus responsabilidades, esforzabase por imprimirle dinamia,

unidad y eficacia a la insurgencia en gravidez.

Para hacer el bien, a cada paso se encuentran dificultades entre los mismos que van a disfrutar

del beneficio. Se oponen a la libertad los que dejaran de ser esclavos. Martí conoció este

encrespamiento de obstáculos, residuo de ignorancia, de ruindad. ¿No intentaron envenenarle

con falso vino de coco, dos infelices? ¿No le traicionó Queralta?

Sarmiento, profundizador de la sicología de estos países nuestros, manifestaba que no se

renuncia a la lucha porque en un pueblo haya millares de hombres egoístas que sacan de él su

provecho; indiferentes que lo ven sin interesarse; tímidos que no se atreven a compartirlo;

corrompidos, en fin, que conociéndolo, se entregan a el por inclinación al mal, por depravación;

siempre ha habido en los pueblos todo esto, y nunca el mal ha triunfado definitivamente.

En febrero de 1895 estallo la revolución en Cuba. Los emigrados principiaron a tornar, en sigilo,

al suelo nativo. Les congregaba el clarín de la grande hazaña. Soberbio, aquel regreso de

hombres que llevaban la honra de su país. Martí remitió a Maceo seis mil pesos, para que se

embarcara con sus bravos, en una cáscara o en un Leviatán, pues urgía su contingente. La isla

estaba en guerra. Martí encareció abandono de todo; menos de la idea de subir al tren y mar.

Los ciudadanos residentes en San José debían bajar a la costa. A Julio Lassús, cubano

empleado con puesto importante en la aduana de Puerto Limón, se le mandaron en tres cajas,

veinticinco equipos.

De antemano Martí aconsejó a Maceo: "La tarea de Ud. por allá (Costa Rica), fuera de tener bien

escogido el puerto y los detalles de llegada de la embarcación, será tener los hombres

preparados, y sin salir del trabajo hasta el instante último".

Antonio Maceo y sus hermanos, Flor Cronbert, Valdez y Rodríguez se embarcaron hacia Cuba,

Marchaban veinticinco independizadores.

Revolución que aspira al bienestar de todos, es revolución que acendra. Rebeldías de esta

índole germinan en corazones divinos. Arrancan de cuajo árboles de crueldad, de iniquidad. Son

arados cuya esteva se adentra, ¡varios codos!, en la tierra; se quiere gleba nueva y nueva

simiente. La siembra es proficua, con abono de sangre de mártires. El planeta siente, en su

entraña, una renovación vital. ¿Quiénes se oponen a estas agitaciones saludables? De los

redentores,¿cuales abominan? Los que nacieron para malquerer. Los que son sombra de una

sombra; garra y demencia. Demencia de hachas. ¡Picaras hachas! Bribones! ¡Vergüenza sois de

todas las latitudes, de todas las razas!

La América que esperamos, —aclara Reyes, no sin razón—cuando brote de cada uno, habrá

brotado al mismo tiempo de todos.

La corpulencia del pensamiento designa un rumbo: unidad varonil para la vida de la honra.

Revolucionar, —jóvenes visionarios en crisálida,— es disponer una sucesión de amaneceres, en

lo porvenir. Aire, espacio, patrimonio de destellos, para el futuro de los que deben heredar, de

sus mayores, recaudos de virtud, y ejecutorias, muy diáfanas —como el éter del señorío de los

dioses— de Pundonor.

En el triunfo no improbable, ya Martí hacia ante sus conciudadanos juramento de desinterés.

Pasada la guerra, cuando disfrutaran sus coterráneos de los atributos de la Republica, el, con

religiosa ansiedad, educaría al indio, instruiría al guajiro. El Versos Sencillos -1891,— quería

echar su suerte, "con los pobres de la tierra". Contestaba: ¡Bajarse hasta los infelices y alzarlos

en los brazos! En La Edad de Oro —1889— al igual de Amicis, brindo su primicia a los niños de

la escuela. El proclamo: "Se han de reclutar soldados para el ejercito y maestros para los pobres:

Debe ser obligatorio el servicio de maestros, como el de soldados: el que no haya enseñado un

año, que no tenga el derecho a votar". Rodó afirmaba que nacionalidad que soñaba Martí era

libertad, era superioridad, era paz; pero era también inteligencia, cultura e idealismo. El pensar

rodoniano es exacto, si ahonda la vida martiana Solemnemente rechazaba la designación de

presidente de la Republica, como recompensa: de sus desvelos. Martí, con probidad, se opuso a

los ofrecimientos. "La patria necesita sacrificios, —reflexionaba—. Es ara y no-pedestal. Se la

sirve, pero no se la toma para servirse con ella".

Sometíase a disciplinas aceradas. Se adelantaba, así, a prejuicios y malquerencia Entraba en la

contienda, libre de pasiones. Su predica, pues, asentada sobre rectitud. Sus actos, frondosos de

hombría de bien. Su obra, pulida por el sufrimiento. En tal fragua se plasmó su vida procera.

Casqueado de fe. La duda o la malicia de los otros quizás le exigió todavía más. Sin embargo, la

posteridad le cobijo con todas las banderas, y en la misa de libertad, se levantan plegarias que

reverberan en su memoria. No en vano la poetisa chilena le compara con Ezequiel, el profeta

que crepita. Y Ventura García Calderón le llama el último santo de la libertad. En Cayo Hueso las

tabaqueras cubanas, para despedirle, le regalan una cruz de plata. En ella estaba el sentido de

la vida de Martí.

Once de abril de 1895. Picado